La importancia de contar la Historia

La importancia de contar la Historia

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Recibir el premio Luca de Tena es un gran honor para cualquiera, pero para un anglosajón, es algo verdaderamente especial. En mi país, hay muchos premios periodísticos, pero son otorgados solo por periodistas y solo para periodistas a los que ya conocen. He llegado a la conclusión de que los concedemos solo porque nadie más nos quiere. Como dice el refrán, «silbamos en la oscuridad para mantener el ánimo». En Gran Bretaña, es absolutamente inconcebible que un premio de estos se vea honrado por la presencia de un miembro de la Familia Real. Nuestra Familia Real, al igual que Vuestras Altezas Reales, es cortés y tolerante, pero hay límites, y uno de ellos sería pedirle que entregue premios a los que en el palacio de Buckingham, según creo, a veces llaman «los reptiles».

Además, en los premios británicos, no tenemos en cuenta al mundo en general. Para nuestra vergüenza nacional, no conozco ningún premio de prensa que se otorgue, en mi país, a ciudadanos no británicos. Ustedes, por el contrario, muestran una gran generosidad de espíritu. Han mirado más allá de sus costas y me han concedido a mí ese privilegio.

Su amable dictamen ha sido bastante inesperado; la verdad es que me ha dejado estupefacto. Algunos de mis amigos menos amables se rieron a carcajadas cuando vieron que uno de sus criterios era la «innovación técnica». Afirman, falsamente, que ni siquiera sé cómo funciona un ordenador. Pero sin duda me siento orgulloso de que, durante mi mandato como director, «The Daily Telegraph» se digitalizó por completo, por primera vez. Y no me corresponde a mí poner en tela de juicio la sabiduría de nuestro jurado, y por eso mi esposa y yo estamos aquí esta noche, llenos de gratitud.

No estoy tan versado en literatura española como debería estarlo, pero he leído y admirado dos de sus mejores novelas. La primera, «Don Quijote», la leí cuando tenía 20 años o así. Mi periodismo ha sido tachado a veces de quijotesco, pero naturalmente me lo tomo como un cumplido.

El año pasado, me senté durante una cena junto a Miriam González, que es la mujer española de Nick Clegg, viceprimer ministro en la primera coalición en tiempos de paz que ha tenido Gran Bretaña desde la década de 1930. Le conté lo mucho que me había gustado la novela «Fortunata y Jacinta» de Galdós. Ella me dijo que era buena, pero ni la mitad de buena que «La Regenta», de Clarín.

Me avergüenza decir que nunca había oído hablar de esta obra, pero enseguida me hice con una traducción. La señora Clegg tenía razón. Me parece una de las cinco mejores obras de ficción que he leído nunca. Mi única desazón es que el periódico de Vetusta, la capital de provincia que Clarín satiriza, es turbadoramente parecido a la clase de cosas que yo he publicado a menudo, y quizás incluso escrito, en «The Daily Telegraph». Por eso me sentí todavía más sorprendido y complacido cuando Catalina Luca de Tena me informó de que iban a entregarme el premio que lleva el nombre de su familia.

Visité España por primera vez hace 35 años, cuando la libertad de prensa básica que en Gran Bretaña conocemos desde hace más de dos siglos no estaba ni mucho menos garantizada. Me resulta muy emocionante ver lo mucho que han conseguido en los años siguientes, y el buen ejemplo que ahora dan, no solo en su país sino en el mundo en general.

En Gran Bretaña nos sentimos muy orgullosos de nuestras tradiciones periodísticas. Podemos afirmar que hemos dado a luz a los periódicos. Sin embargo, en estos momentos, sufrimos una crisis de financiación, de confianza, y de respeto popular. Nos merecemos algunos de los ataques de los que somos objeto. Pero sería una tragedia que la gente olvidara que, sin periódicos, la opinión pública dejaría de saber muchas de las cosas que necesita saber, y muchas cosas que la gente poderosa quiere ocultarle.

Desde mi punto de vista particular, como periodista durante algo más de 30 años, reconozco que nuestra profesión tiene muchos fallos. Pero también sé por propia experiencia lo importante que es que la Historia se cuente. Como bien señaló nuestro gran genio, Oscar Wilde, «hay solamente una cosa peor que hablen de ti, y es que no hablen de ti». Wilde se refería, por supuesto, a la reputación personal; pero lo mismo es válido para los asuntos de las naciones, y de continentes enteros.

Mientras estamos reunidos hoy, el continente que compartimos se ve convulsionado por enormes crisis financieras. No sé cuál será el resultado. Pero lo que sí sé es que no podríamos empezar a entender lo que está pasando si no pudiéramos hablar sobre ello libremente en la prensa. Esta libertad nunca está garantizada. Los premios como el suyo contribuyen a mantener su valor alto. Por eso, Altezas Reales, acepto este premio con lo que espero sea una verdadera percepción de su valor.