EL ECO DE SU FAMA

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Conocí a Jorge Semprún en varias ocasiones, siempre por motivos literarios, como la publicación de «La montaña blanca», una conversación en torno a la España de los años sesenta, de sus personajes y de la clandestinidad cuando vio la luz «Veinte años y un día», que escribió en castellano, lo que no deja de ser significativo, y siempre tuve la sensación de que era un escritor francés que nosotros habíamos adoptado como nuestro porque él nos había adoptado a nosotros como suyo.

Desde luego que pertenecía a una familia de alto abolengo emparentada con Antonio Maura, con los Cabarrús y los Casa-Pombo, pero desde que su padre fue nombrado embajador en La Haya en 1939, y fue a estudiar filosofía en La Sorbona, donde le pilló la guerra, la entrada en la Resistencia y en el Partido Comunista y su reclusión en Buchenwald marcaron un destino fijado de antemano como pocos, bien puede decirse que su imaginario sentimental e intelectual fue francés casi en exclusiva.

España era otra cosa, una suerte de patria íntima, un país incluso idealizado a medias, no se engañaba mucho al respecto, pero cuyas diferencias afloraban en cuanto tenía que enfrentarse con el genio del lugar.

No otra cosa ocurrió con Alfonso Guerra cuando Felipe González le nombró ministro de Cultura allá por el año 88, en realidad un choque de sensibilidades arropado bajo auspicios ideológicos.

Controvertido hasta el extremo en que lo fue su propia época, hoy día la figura de Jorge Semprún emerge como la de un intelectual de izquierdas de un momento determinado, el momento de Costa Gavras, de Yves Montand, una época barrida por los aires de los tiempos y que parece haber quedado en el olvido.

Asombra echar una mirada atrás y comprobar la enorme importancia otorgada a aquellos modos de pensar en esos años.