Directores que crecen

Blanca Portillo y Andrés Limafirman como directores sendas destacadas propuestas

JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN
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La avería

«La avería» parte de una narración del suizo Friedrich Dürrenmatt (1921-1990), dramaturgo y novelista con predilección por las historias de intriga cargadas de escalofríos morales. Lo es esta tan divertida como inquietante fantasmagoría jurídico gastronómica en la que se agita el gusano de la culpa latente en algún rincón de todas las conciencias. Como el Josef K. de «El proceso», el viajante Traps se ve enredado en una telaraña kafkiana mecida por la sombra de un crimen que desconoce haber perpetrado. Dürrrenmatt juega con los conceptos de ley y justicia para tensar la peripecia de ese representante de una firma textil cuyo automóvil se avería junto a un caserón solitario, habitado por un antiguo juez y su ama de llaves. El viajero acepta la hospitalidad que el anciano le ofrece y la invitación a la cena que se celebrará esa noche, con asistencia de otros tres invitados: el fiscal Zorn, el abogado Kummer y el verdugo Pilet, todos retirados y en mayor o menor grado de decrepitud. Entre fastidiado e intrigado, Traps asume el papel de acusado en el simulacro de juicio que le proponen los comensales. Limpio de delito alguno, ya le encontrarán algo a lo que hincar judicialmente el diente.

Portillo conduce el desarrollo de esa farsa moral por los senderos de un hiperralismo cómico y crítico que estiliza los caracteres de los vejestorios hasta rozar la caricatura, pero manteniendo siempre una clara densidad de fondo que carga de sentido y hondura la aparente ligereza de una función compleja con partes de hedonista ritual pagano en torno a los goces culinarios y ceremonia secreta de una secta de orates de la justicia. Estupenda la respiración dramática de la versión de Fernando Sansegundo, e imponentes la escenografía de Andrea D’Odorico, el vestuario de Elisa Sanz y las caracterizaciones de los actores, que realizan un gran trabajo de precisión al borde del exceso pero no más allá. José Luis García Pérez, el único sin afeites, compone un Traps de angustiosa verosimilitud; Emma Suárez (la cocinera convertida en deidad de los sabores sublimes), Daniel Grao (el juez), Fernando Soto (Pilet), José Luis Torrijo (Kummer) y Asier Etxeandia (Zorn) ejercen de mascarones (de proa) de esta sensacional propuesta.

Falstaff

En su artefacto shakesperiano, Andrés Lima y Marc Rosich rescatan un Falstaff que trasiega destellos del que llenaba aquella aventura cinematográfica, entre el azar y la necesidad, que se llamó «Campanadas a medianoche», es decir, que su orondo protagonista es wellesiano en sus hechura y rabelesiano en sus desmadres. La dos partes de «Enrique IV», más una pizca de «Ricardo II» y otra de «Enrique V», han sido comprimidas en algo más de tres horas sin cuartel para el aburrimiento. Lima hace que las criaturas de la tragedia se paseen ante los espejos del callejón del Gato y, a través de los mecanismos del esperpento, expende un espectáculo magistral lleno de ruido y de furia, pero para nada contado por un idiota. Los feroces personajes de la corte, empeñados en sus guerras por el poder, son el contraespejo fantasmal y terrible de las putas y malandrines que pueblan La Cabeza del Jabalí, una taberna cabalmente fantástica.

La función está llena de hallazgos y guiños y las transiciones se realizan sin pausa alguna: casi todos los actores doblan como cortesanos y miembros de la grey facinerosa, despojándose de unos aliños indumentarios para colocarse los otros a la vista del publico. Lima, jefe de pista de este circo de los horrores, acota, explica, se mueve en el soberbio espacio escénico firmado por Beatriz San Juan. Encabezados por el Falstaff arrollador de Pedro Casablanc, todos los intérpretes realizan magníficos trabajos.