BAYREUTH

La crisis (de público y de montajes) lastra el futuro del festival wagneriano

BAYREUTH Actualizado:

El Festival de Bayreuth va por mal camino, piensan no pocos fieles mantenedores del estandarte wagneriano. Los primeros signos premonitorios palpables del desencanto son asientos vacíos y la aparición de revendedores de entradas, incluso semioficiales, que las ofertan hasta a mitad de precio, cuando antes sólo había buscadores dispuestos a pagar una fortuna en el mercado negro. Últimamente se ha implantado en Bayreuth la adulteración escénica de las obras wagnerianas, bajo el señuelo de una modernización orientada a captar nuevos públicos alternativos y juveniles. Sumado ello el persistente estancamiento canoro en la mediocridad —exceptuados el coro, orquesta y contados cantantes— muchos wagnerianos dudan no volver o no venir.

La nueva dirección de las bisnietas Wagner, parapetada tras la alta demanda de entradas, parece, oficialmente al menos, no sentirse alarmada, atribuyendo la tendencia a factores externos, como el demográfico, la competencia de otros teatros o la disminución de la burguesía culta. Está decidida a proseguir férreamente el camino iniciado, o sea, el de un teatro musical moderno, no convencional y arbitrario, por mucho que irrite a los wagnerianos acérrimos, antiguos y modernos.

La minimalista, estática y árida reposición de «Tristán e Isolda» —¡inalterada por sexta vez!— cumple un simple papel de relleno en el programa. El culmen de la insolencia es para muchos la codirectora Katharina Wagner y su radical producción iconoclasta de «Los maestros cantores de Nuremberg» —fue su bautismo de fuego en las tablas de Bayreuth e igualmente su pecado original—. Todo lo mucho criticable reseñado en estas páginas en años pasados lo reproduce, corregido y aumentado en esta quinta última reposición regular. El nivel canoro, salvo Eröd, Zeppenfeld y el fabuloso coro, no da la talla. En suma, la peor prestación escénica, canora y orquestal del ciclo. Con representaciones de esta facha o del abroncado «Tannhäuser» inaugural, Bayreuth espanta a su público sin atraer otro nuevo.