Bernard Pivot: «Los intelectuales me atacaban porque tenía demasiado poder»
El divulgador y periodista frances, Bernard Pivot, durante la entrevista con ABC en Madrid - IGNACIO GIL

Bernard Pivot: «Los intelectuales me atacaban porque tenía demasiado poder»

La persona más influyente de la televisión cultural europea recibió anoche el XV premio Antonio de Sancha de la Asociación de Editores de Madrid

MADRID Actualizado:

—Con el Antonio de Sancha se premia su labor por haber mantenido en vilo a cuatro millones de almas cada noche en la televisión francesa hablando de libros. ¿No se siente un marciano?

—Me siento muy honrado, indigno de tan alto galardón. Ha sido satisfactorio darme cuenta de que diez años después de jubilarme, y veinte de terminar «Apostrophes», el recuerdo de estos programas sigue vivo, latente.

—Se da usted cuenta de que ha creado escuela. Igual le guillotinan...

—Si me hubieran dicho cuando creé «Apostrophes» que iba a convertirse en un mito jamás me lo habría creído. Nunca fu consciente de su importancia. Se trataba de incitar a la gente a leer libros; yo no pretendía pasar a la Historia.

—¿Cree que la televisión hoy es el opio del pueblo?

—La televisión era el opio del pueblo hace treinta años; cuanto más se multiplican las cadenas de televisión menos importante es la televisión. El opio es el fútbol, y como yo también soy ferviente defensor del fútbol, el fútbol es mi opio.

—Practicó músculo e intelecto.

—Jugué hasta los veinte años. El fútbol es un muy buen opio del pueblo.

En «Apostrophes» ¿era un «correo del zar literario»?

—Más bien era un camarero que llevaba en su bandeja los libros a gusto del consumidor diciéndoles: «Tengan, en lugar de beberse una cerveza, ¡lean!».

—724 programas de «Apostrophes». ¿Al revisarlos no aprecia que los escritores a los que entrevistó, y que sobreviven, han envejecido muchísimo? Usted ha tenido que pactar con el diablo cojuelo, Pivot.

—Jajaja! Por desgracia sí, también he envejecido. Antes tenía el pelo muy oscuro, ondulado, no llevaba gafas, y lucía corbatas absolutamente estrafalarias. Durante mis 28 años de programas televisivos semanales se puede seguir la evolución de la corbata francesa.

—¿Cuántos libros ha leído?

—Es imposible dar una cifra; no lo sé. Centenares, centenares, centenares...

—¿Catorce horas al día leyendo?

—¡Se acabó! Leo intensamente en junio, julio y agosto, ya que pertenezco a la Academia Goncourt y hay premio literario. El resto, entre dos y tres horas al día.

—¿Un libro cambia Gobiernos?

—Y los cursos de la Historia. Estoy convencido de que hay libros que pueden modificar la opinión pública.

—Es usted mitad monje literario, mitad soldado de Maratón.

—Nooo! Hay un cierto aspecto monástico en mí. Sacrifiqué parcialmente mi vida de familia, privada, en favor de mi vida profesional. Me he visto retirado del mundo, de la familia, de la amistad para poder leer y leer y preparar los programas. Vida monástica sí, monje, no.

—Usted ha sido como un panadero libresco: sus espectadores, a la mañana siguiente, compraban el libro calentito que amasó la noche antes.

—Un programa literario que no implica que se vendan libros es inútil, no sirve de nada. «Apostrophes» tenía tal influencia que, en algunos casos, los intelectuales me atacaban porque decían que yo tenía demasiado poder.

—¿Y cómo contraatacaba usted?

—Les decía que no me gusta el poder; que yo no era presidente. Me gusta la influencia. Tenía influencia, que es facultativa, fluida, relajada, agradable.

—¿Por qué abomina del poder?

—Es rugoso, instantáneo, no me gusta.

—El pirómano Bukowski casi incendia su programa sorbiendo dos botellas de vino blanco. Eructos, gorgoritos, tocó y denigró a una mujer...

—...Fue un escándalo. La televisión no era tan libre como ahora, y hubo una petición para «Salvar al soldado Pivot» ya que temían que me echaran .

—Termino asaeteándole con una versión del Cuestionario Proust con el que fulminaba a sus escritores. ¿El rasgo principal de su carácter?

—La impaciencia y la curiosidad.

—¿Un defecto que no domina?

—La curiosidad y la impaciencia.

—¿Se considera buena persona?

—Soy un hombre agradable y afable.

—¿Por quién se cambiaría?

—Por la vida de Jorge Semprún.

—¿Cuál es su precio?

—Soy incorruptible; no se me puede comprar.

—¿De quién siente envidia?

—De los hombres hermosos, atractivos, de las mujeres y los hombres muy inteligentes, o que jugaban al fútbol mejor que yo. Me da envidia incluso Dios, que ha creado el mundo.

—¿Su ideal de felicidad?

—Mi vida actual.

—¿Ante qué es intolerante?

—Ante la falsedad y la crueldad.

—¿Qué despierta su cólera?

—Nunca me enfado porque llevo una castaña. Si veo que me voy a enfadar, meto la mano en mi bolsillo, aprieto la castaña, la acaricio y no me enfando. Mi ira, cólera, se contagia a la castaña.

—¿Su palabra favorita?

—Hoy.

—¿Su máxima en el trabajo?

—Considera seriamente tu trabajo, no te tomes a ti mismo en serio.

—¿Música favorita?

—El concierto número 23 de Mozart.

—¿Un poeta?

—Baudelaire.

—¿Un color?

—El amarillo.

—¿Cree en la eternidad del alma?

—Me gustaría hacerlo con todas mis fuerzas; a veces ocurre, pero los momentos en los que no creo en ella son más frecuentes.

—¿Y si Dios existe, cuando muera, qué le gustaría que le dijese?

—¡Ah Pivot! ¡Expliqueme la regla del participio pasado de los verbos pronominales porque con todo lo Dios que soy no he comprendido nada.