Xirau: «Hablábamos en catalán no por nacionalismo, sino porque era natural»

Anthropos acaba de reunir las obras completas de Joaquín Xirau Palau, filósofo, pedagogo y decano de la Facultad de Filosofía y Letras de Barcelona durante la República. Fue el gran introductor de la fenomenología en España, muy en especial de autores como Scheler, Husserl y Bergson. Su hijo, el poeta y filósofo transterrado Ramón Xirau glosa su figura y también habla de poesía en primera persona.

MADRID. Tulio Demicheli
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Su padre, fue un miembro prominente de lo que se ha llamado «Escuela de Barcelona».

—Mi padre estaba en contra de la división entre «Escuela de Madrid» y «Escuela de Barcelona». La de Barcelona tiene varias tradiciones filosóficas, pero, en especial, las de la filosofía inglesa y escocesa. Y también de la alemana. Xirau Palau hizo el doctorado en la capital y conoce a Ortega y a su grupo, pero también a los impulsores de la Institución Libre de Enseñanza, muy particularmente Manuel B. Cossío, de quien fue gran amigo. En fin, entre los filósofos alemanes, mi padre fue el primero que se ocupó, mucho antes que los franceses, de Husserl. Allá por 1941 publicó «La filosofía de Husserl. Una introducción a la fenomenología», en Losada. Había leído a Heidegger, pero no era heideggeriano; en aquella época se conocía «Ser y tiempo», pero claro, no al filósofo posterior, el de los años 50 y 60 (ni José Gaos conoció bien al penúltimo ni al último Heidegger). A mi padre le interesó Husserl porque la suya era una filosofía con mucha disciplina, ordenada y descriptiva. Menos teórica como epistemología y como introducción a la filosofía. Aunque hay un Husserl más tardío, al que «descubrió» en 1937 en el congreso que se celebró en París y en el que representó a España a petición de Negrín. Entre los franceses, se interesó por Bergson, y mucho menos de lo que se dice por Maritain, porque estaba más ligado a la gente de la revista «Esprit», como Mounier, que eran más, digamos, «modernos» que Maritain, un hombre y un escritor muy respetables por otra parte.

—En la obra de Xirau Palau es fundamental la pedagogía y se habla de una «paideia republicana»...

—Eso de una «paideia republicana» no lo entendí muy bien cuando lo dijeron el otro día. Curiosamente, la familia de mi padre eran liberales católicos (aún existía la división entre carlistas y liberales). Que mi padre y sus hermanos eran republicados no hay duda. Pero como paideia, teoría de los valores y de la pedagogía, a mi padre lo que sobre todo le interesaba era hablar con los estudiantes. Era y se sentía un maestro.

—Usted ha sido el compilador para Anthropos de estas Obras Completas que han presentado José María González, Javier Muguerza, Alfredo Pérez de Armiñán y Manuel Reyes Mate en la Residencia de Estudiantes.

«AMOR Y MUNDO»

—Sí, el primer tomo reúne la obra dedicada a sus estudios fundamentales: al sentido de la verdad, a los valores, a la objetividad, a los conceptos de ágape y cáritas, y contiene el libro que más me gusta: «Amor y mundo». Hoy no se habla mucho de amor en filosofía, pero el asunto tiene una larguísima tradición, ya desde Platón y Agustín. Están el Eros y el Logos, en eso insistía mucho mi padre; y está la necesidad de reunir Amor y Razón. Amor es una palabra muy complicada, que tiene muchas connotaciones. Y una de ellas es la «simpatía», entendida como relación. En fin, el segundo tomo está dedicado a sus estudios sobre pedagogía, universidad y enseñanza; y el último  a sus trabajos sobre historia de la filosofía, con ensayos sobre Leibnitz, Descartes, Llul, Husserl o Bergson.

—Ramón, háblenos de usted como poeta. ¿Cómo fueron sus comienzos y cuáles sus amigos literarios?

—Lo primero que escribí fue un libro sobre Gorostiza, Villaurrutia y Paz, que lo publicó Díaz Canedo en su editorial Joaquín Mortiz, y en la que trabajaba Eugenio Imaz, que había hecho con Bergamín la revista «Cruz y Raya». A mí, como yo digo, me «salieron» de España a principios de 1938, cuando tenía quince años. Aquí, ya en México, conocí a Manuel Durán. En la Universidad me relacioné con Rosario Castellanos, Jaime Sabines y  Rubén Bonifaz Nuño. Los españoles publicábamos una revista, «Presencia»; el sentimiento de la «presencia» tenía, es claro, una gran realidad. Allí estaba Jomi García Ascot, un poeta por desgracia muy poco conocido en España, y también Angel Palerm y Jacinto Viqueira. En la universidad conocí a Emilio Uranga. Y claro, a la persona que traté y respeté muchísimno fue a Alfonso Reyes. El padre de Ana María Icaza, mi mujer, era muy amigo suyo, ella y yo íbamos a cenar a solas con Reyes cada quince días. Paz decía que Reyes era un gran poeta y yo creo que es cierto, pero su obra completa es tan grande que... la mata un poco. Hay un libro suyo que me gusta mucho: «Homero en Cuernavaca». Alfonso Reyes tenía un gran sentido del humor.