Volver a la Mallorca de Cela y Graves
El escritor Robert Graves, fotografiado en su casa de Mallorca ABC

Volver a la Mallorca de Cela y Graves

José Carlos Llop traza «En la ciudad sumergida» (RBA) la crónica sentimental de una Palma de Mallorca habitada por los fantasmas de la memoria

SERGI DORIA | PALMA DE MALLORCA
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En la plaza de la Reina, el escritor José Carlos Llop nos guía libro en la mano. Es «En la ciudad sumergida», o la inundación literaria de los recuerdos. Título y circunstancia: «En 1962 yo tenía 6 años y llovió sin parar muchos días seguidos. La Riera se desbordó y el agua volvió a correr por su cauce natural: la Rambla y el Born, camino del mar». La Palma de la infancia devino Venecia con acqua alta. Cada domingo, Llop asciende al castillo de Bellver; la estructura circular de la fortaleza convoca el eterno retorno: «La verdad es que nunca he sido capaz de vivir Palma como si fuera una sola ciudad. Palma es un buque que recala en otros puertos sin dejar de ser una ciudad mediterránea».

La comitiva observa un ombú en el que un Llop adolescente columbraba la pata de un elefante. Subimos la escalinata entre la Casa March y la Almudaina donde Llop residió; seguirá el claustro de la basílica de Sant Francisco que alberga el sepulcro de Llull: su claustro -el mejor de Mallorca- inspiró a Camus una luminosa reflexión: «Allí estaba todo mi amor a la vida».

En el número 15 de Estudio General, la casa de Lorenzó Villalonga; el autor de «Bearn» compone el póquer literario mallorquín de antes de la guerra junto a Miquel dels Sants Oliver, Mario Verdaguer -traductor de Thomas Mann- y el poeta Rosselló-Pòrcel. En el Café Riskal ejercía Villalonga su magisterio y en sus mesas conversaba el invierno del 63 con un joven Baltasar Porcel y César González-Ruano, amigo de don Camilo. El autor de «La colmena» arribó a la isla con 38 años y se marchó con 72. Unos políticos miopes impidieron «que su memoria arraigara en la isla», lamenta Llop

La ceremonia de la tribu

En las casonas de la ciudad vieja que describió Villalonga residió una aristocracia de origen rural. El barrio que recorremos, a la sombra de la catedral, «es, aún hoy, vivido como puede vivirse un pueblo, otra costumbre rural importada de la ciudad», apunta Llop. Por la estrecha calle de Zavellá accedemos a Can Vivot. Un umbrío jardín con escalinata ondulada por la erosión da paso a una viscontiniana biblioteca. Manuscritos de Plutarco, Flavio Josefo, Shakespeare, La Rochefoucauld y Goldoni. Puro microclima de Villalonga. El autor de «Bearn», acota Llop, pudo decirlo -escribirlo- todo: «De él aprendí que todo podía decirse -escribirse- mientras se dijera bien».

Una isla tiene mucho de cementerio y en Mallorca «los funerales son la ceremonia de la tribu... donde se honra a los muertos y se niega el honor a los vivos». Resuenan «En la ciudad sumergida» ecos recobrados. Un Borges ultraísta se emociona evocando el burdel de Casa Elena en el barrio chino palmesano; Robert Graves apura su dietario en las vísperas apuradas del 36; Miró aporta cromatismos y Barceló, una capilla submarina; el barítono Fortunio Bonanova que Cabrera Infante localizó en el reparto de «Ciudadano Kane» zarpa rumbo a Hollywood...

Ante la catedral, con el espectacular rosetón estrella de David que colorean los rayos del mediodía, una estatua humana encarna al hombre invisible de Wells. Aunque construidas en piedra, las ciudades son invisibles hasta que las acaricia la mirada de un escritor. Hace años, cuenta Llop, Joan Perucho le dijo al contemplar el mar azul desde el Museo Diocesano: «Palma es la ciudad más bella del Mediterráneo y he visitado casi todas».