Vidas de usar y tirar

Por Juan Ignacio GARCÍA GARZÓN
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«La muerte de un viajante».

Autor: Arthur Miller. Versión: José López Rubio. Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente. Esc.: Óscar Tusquets Blanca. Vest.: Rafael Garrigós. Iluminación: Juan Gómez-Cornejo. Coproducción: Centro Dramático Nacional y Focus. Int.: José Sacristán, María Jesús Valdés, Alberto Maneiro, José Vicente Moirón, Francesc Galcerán, Silvia Espigado, Zorión Eguileor, José Caride, Romà Sánchez y Javier Gamazo. Lugar: Teatro de la Latina. Madrid. 18 de abril.

Regresa Willy Loman arrastrando cansinamente los pies y aferrado a sus viejas maletas de naúfrago. La anatomía del fracaso escrita hace más de medio siglo por Arthur Miller nos asalta con ecos de ahora mismo. Frustración profesional, familiar, de una sociedad que devora vidas de usar y tirar. Antihéroe contemporáneo, este Ulises del comercio persigue una Ítaca que sólo existe en sus obsesiones, patria de los delirios que le acompañan durante una larga agonía íntima, poblada por los luminosos fantasmas de un simulacro de felicidad que crepita tenazmente en su memoria. Tragedia de un hombre ridículo, huérfano de épicas y cuya estatura moral se sustenta en una serie de ficticias cualidades: no es el respetado profesional, ni el marido fiel, ni el padre ejemplar que se proclama... pero tampoco vive en el mundo en el que cree vivir. Espejo empañado en el que nos miramos con desasosegante disimulo, «La muerte de un viajante» mantiene vigente su durísimo y al tiempo lírico diagnóstico del tiempo en que vivimos.

Juan Carlos Pérez de la Fuente ofrece una brillante lectura de este gran texto teatral, resaltando las claves necesarias, subrayando con la magnífica iluminación de Gómez-Cornejo las transiciones de tiempo: el sol de la memoria brilla en lo imaginado, el presente de la ación es más sombrío. La sugerente escenografía de Tusquets contribuye a potenciar este juego dramático entre pasado y presente (un apunte marginal: algún elemento escenográfico aplacaría las preocupaciones sobre fontanería teatral que inquietan a Javier Marías: del grifo de la cocina sale agua). La escena final es de una belleza sobrecogedora, un gran momento de teatro vivo.Los intérpretes realizan todos trabajos de altura, del emotivo Willy Loman de José Sacristán, pese a algún momento de engolamiento, a la Linda de María Jesús Valdés, intensa y contenida, pasando por los hijos servidos por Alberto Maneiro y José Vicente Moirón, y el resto del reparto.