Escenas finales de «Apocalypse now»
Escenas finales de «Apocalypse now» - ABC

«Apocalypse Now», la venganza de Benjamín L. Willard

¿Qué pasó con los personajes de Francis Ford Coppola? ¿Consiguieron olvidar Vietnam y el olor a napalm?

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Lance dormía, las aguas arenosas del Mekong, al amanecer despiden un olor áspero, desagradable. La lancha parecía como si flotara entre las leves olas que se formaban en su descenso hacia el Sur. Las llamas del campamento, la tormenta de naplam caída con una fiereza implacable había convertido en ruinas pagodas, pequeñas estancias budistas, el templo de Kurtz. Willard, dejó que el surfista, al que tanto admiraba el Teniente Coronel, del Séptimo de Caballería, Bill Kilgare, soñara con las playas de California. No será fácil el viaje de vuelta, algún sampán, ataques desde las orillas, sobrevivir al laberinto de la selva. Algo está claro, a las chicas «playmate of the year» miserablemente abandonadas en un campamento de infantería fantasmagórico, no las dejará ahí, si es que ahí seguían. Aquí el mismo infierno parecería un fin de semana en el Plaza de Nueva York.

Sabe, o sospecha, o teme que tras el salvaje episodio de la espantosa muerte que le dio a Kurtz, la vida ya está en otra parte. Ni aquí, ni siquiera en él, ni en el reencuentro con los elegantes y resistentes franceses de la plantación. De aquella cena, del recuerdo de Claudine, una cosa le quedó clara, fueron los norteamericanos los que liaron este drama. Recuerda cómo Philippe de Marais le recomendó que para entender lo que estaba pasando en Vietnam leyera «El americano impasible» de un novelista inglés. Willard leía poco. Informes, documentos oficiales. Nunca había tenido una biblioteca en casa. Pero ¿cuándo había tenido una casa? Quería una misión y la tuvo. Pero como le advirtiera Kurtz él no era sino «el chico de los recados». Un mierda. Una pieza más sin nombre. Un chacal. Un asesino. Pero tenía su misión. ¡Ah, la misión! Cumplió ejemplarmente con su misión. Y ahora, mientras el colgado de Lance roncaba como un bebé en su cochecito, le asqueó su misión y se asqueó de sí mismo. No habría vuelta a atrás.

La muerte de Kurtz no abandonaba la memoria de Willard
La muerte de Kurtz no abandonaba la memoria de Willard

En Saigón abandonaría el Ejército. Kurtz era el espejo. Su locura no era tal. Había cumplido hasta más allá de los límites. Pero ¿quién decidía los límites? Contaría la historia. Buscaría a un buen periodista y se confesaría con él. A Kurtz le matan quienes lo han creado y Willard decide que será, a la vez, su asesino y su redentor. Alguien le recomendará meses más tarde que su historia parece copiada de una gran novela de principios del siglo XX, «El corazón de las tinieblas» de un tal Joseph Conrad. Desconfía, pero la busca. Antes de su larga conversación con Tom Wolfe, lo leerá. Pronto ve en Marlow un antepasado, pero al menos el Marlowe de Conrad no tiene que matar. Esa debe ser la diferencia, le confiesa al escritor y cronista. Wolfe le pregunta si le sorprende el giro infernal de un siglo desquiciado. El Pentágono trataría de que el libro no se publiquara. Las amenazas nunca le llegan por conductos oficiales. ¿Cómo lo harían para mancharle a él y salir ilesos los que le encargaron los «recados»? Wolf está entusiasmado con el libro. En pleno lío de Vietnam. Un best-seller. Willard sabe que muchas de sus misiones no aguantarían hacerse públicas. No era un libro sobre Vietnam, le advirtió a Wolfe, era el jodido Vietnam.

Durante años, entrada la larga noche, le despierta una imagen, el cuerpo roto, descuartizado de Kurtz y una voz que le repite: «Villard, es el horror, el horror».