Una escena de «Metrópolis», de Fritz Lang
Una escena de «Metrópolis», de Fritz Lang - ABC

Las vanguardias o la libertad convulsa

Mentira creíble: la eternidad de las vanguardias artísticas o políticas. Verdad increíble: el poso totalitario y exclusivo de sus integrantes

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Mentira creíble: la eternidad de las vanguardias artísticas o políticas: Verdad increíble: el poso totalitario y exclusivo de sus integrantes. La gran época de las vanguardias artísticas podría situarse en los arranques del siglo XX, en los tiempos que, en un libro magistral, Alan Blom tituló «Años de vértigo», entre el «Manifiesto Futurista» de Marinetti en 1909 y el «Manifiesto Surrealista» de Breton y amigos en 1922. Entre ambos se suceden los Ismos -que tan divertidamente describió Ramón Gómez de la Serna-. Cualquier grupo plástico, literario, musical buscaba su ismo: dadaísmo, imagismo, ultraísmo, vibracíonismo, cubismo, maquinismo, expresionismo, orfismo, instantaneísmo, estridentismo, fauvismo... En cada manifiesto una intención única: somos los únicos, somos lo máximo, somos «la vanguardia», término tomado, no es raro, de la terminología militar.

Marinetti enuncia que un coche de carreras contiene más belleza que la Victoria de Samotracia. Los clásicos son vilipendiados, ridiculizados, enterrados. La belleza será convulsa o no será. Ese tono de eliminación del resto, por putrefactos, rancios, antiguos, entumecidos, es una prolongación del ascenso paralelo de los totalitarismos políticos surgidos de manera relevante tras la atroz y criminal Primera Guerra Mundial. La sociedad liberal es lo que se derrumba. El arte, qué curioso, no será ajeno a ello. Baste leer algunos de los manifiestos. La vanguardia va por delante. Ezra Pound, creador del Imagismo, sugeriría que «los artistas son las antenas de la especie». El culto a la velocidad, a los trenes, grúas, fábricas, electricidad, la ciencia, la tecnología como las nuevas materias artísticas que amplían los sentidos y la sensibilidad de los nuevos individuos, del nuevo siglo es la consigna. Todo es un laberinto de declaraciones y exclusiones. La ciudad, la « Metrópolis» de Fritz Lang (1927) o el extraordinario documental «Berlín, sinfonía de una ciudad» (1927), de Walter Ruttmann, son el emblema.

Las vanguardias, es cierto, abrieron el horizonte artístico de una manera desconocida hasta entonces; rompieron las invisibles fronteras de la creación, arrancaron de cuajo los cánones y las escuelas. Eran, no lo sabían, los nietos del romanticismo. Eran un «cul de sac». Cerraban una vía abierta por los románticos. Nadie saldría ileso de tanta fanfarria y ruido. Cocteau, atento a los disparates y atento, también, a las genialidades -que de todo hubo, pero más de lo primero- hizo su histórica «llamada al orden» hacia la mitad de la década feliz de los veinte. Y Borges en « El Aleph» certificaría la imposibilidad de la simultaneidad en la literatura. La crisis económica de 1929 sería el aldabonazo para el ocaso de la verbena vanguardista. Octavio Paz fue quien fijó esa herencia romántica en los vanguardistas y lo llamó «la tradición de la ruptura», para describir, magistralmente, el mito intocable de Vanguardia para el resto del siglo. Había que romper, radicalmente, con lo anterior. Después de Picasso o de Joyce ¿qué? Lo que vimos, epígonos. Empeñados algunos en repetir cada tanto el levantamiento, con más candor que talento. Pero la cosa fue derivando a farsa, salvados y elogiados los que correspondan.

Hoy, ya solo definir una obra, y no digamos autodefinirse, como vanguardista, causa rubor, una conmovedora sensación «naïf». Cuando el artista de vanguardia entró en los Museos (¿no era lo que perseguía?), esas ruinas enmohecidas, se acabó el vanguardismo, al menos el de sus orígenes. Las que llamaron «palabras en libertad» chocaron con la sintaxis, la página en blanco de Mallarmé debía regresar a Horacio o Shakespeare. Nada sería igual después de las vanguardias, pero sin la inmensa bóveda de la tradición empezar desde cero se convirtió en una ingenua provocación adolescente. Sin embargo, aún ahí brilla la mentira creíble: la fe inquebrantable en sentirse vanguardia, el hombre (o la mujer) superior al resto, lo más. Verdad increíble: lo que representó en la historia de la creación y en lo que derivó por abuso e ignorancia. Cuídense los césares del arte, de la literatura, del cine... de los idus vanguardistas. Porque esos sí que serán antiguos. Pero ahora de verdad.