Una turista en la playa de Benidorm en 1962
Una turista en la playa de Benidorm en 1962 - ABC
EL VERANO YA NO ES LO QUE ERA

Vacaciones con mi padre

En la década de los 60, Alicante era un paraíso rodeado de playas con un puerto en el que pasaba las tardes pescando

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Decía Talleyrand que nadie que no hubiera nacido antes de la Revolución podría haber disfrutado de la dulzura de vivir. Yo, que nací en la década de los 50, conocí aquel Benidorm que era un pueblo de pescadores y un lugar de veraneo de personajes excéntricos y bohemios. Solo había una línea de bloques de apartamentos que no excedían de tres o cuatro alturas. Las dos playas albergaban con holgura a los bañistas con tumbonas que querían disfrutar de sus templadas aguas. Y desde el centro se podía acceder a un paseo que acababa en una terraza sobre el mar desde la que se disfrutaba de los lentos atardeceres de verano como estando en un barco. Eran los años en los que todavía no había llegado el turismo masivo.

Mi padre nos llevaba en agosto a toda la familia a pasar dos semanas en el hostal Ventura de Alicante, un establecimiento situado en una calle paralela a La Rambla, llena de flores y palmeras. Lo que me ha quedado grabado en la memoria es el olor a jazmín en cualquier esquina, que sigue funcionando para mí como la magdalena de Proust. Otro recuerdo es un chiringuito de la playa de San Juan, donde se comía un excelente arroz negro, un plato que yo no había probado nunca.

Íbamos a la playa en el Seat 1500 amarillo que conducía mi padre, que lo aparcaba a unos metros de la línea de costa. Pero también utilizábamos un tren de cercanías que tenía una parada en una estación que parecía de juguete y donde una campana avisaba a los viajeros. Subirse a los vagones era como entrar en el túnel del tiempo.

Salvo por el excesivo calor, Alicante era entonces un paraíso rodeado de playas con un puerto en el que pasaba las tardes pescando. Ponía unos gusanos aplanados en el anzuelo y, aunque parecía mentira, los peces no hacían más que picar. Debo decir que los devolvía al agua porque pescaba por puro placer.

Me gustaba sentarme en una roca junto al océano y leer a Stevenson, Dumas, Julio Verne y otros autores que excitaban mi fantasía. Soñaba con Ivanhoe, los tres mosqueteros, Nemo o Jim Hawkins, en los que me reencarnaba en sus fabulosas aventuras. Nunca he disfrutado tanto de la lectura como en aquellos veranos de mi infancia.

Cuando se acababan las vacaciones en Alicante, todavía faltaba más de un mes para el comienzo del curso. Era una época que aprovechaba para ir a pescar cangrejos de río con mi padre. Usábamos reteles con un cebo de carne untada en vinagre, que se podía oler a kilómetros. Solíamos colocarlos en torno a las seis de la tarde y luego esperábamos al anochecer para retirarlos.

Como conocíamos las pozas de los ríos del norte de Burgos, no era raro que volviéramos con más de quince docenas de aquellos cangrejos que mi madre preparaba con una salsa de tomate y chorizo. No hace falta recordar que la especie autóctona se extinguió a mediados de los años 70 por una epidemia.

Tengo un amigo que se acuerda de que mi padre llegó a llenar un saco con más de cien docenas de cangrejos, capturados en el río Ayuda, cercano a Miranda de Ebro. Lo que sí guardo en la memoria es que, una vez acabada la jornada de pesca, cenábamos unos bocadillos de filetes empanados y una tortilla de patatas. A veces encendíamos una hoguera para protegernos del viento del norte.

Mi padre, que era abogado y un lector impenitente, llevaba siempre una bota con vino, a la que nunca me acostumbré por su sabor a grasa de pez. Yo prefería meter una gaseosa en el curso de la corriente, bien sujeta por las piedras del fondo. El vino tinto con Casera, que regalaba cromos de ciclistas bajo el tapón, era el Aquarius de la época.

Nada más placentero que estar reclinado en el tronco de un chopo junto a una hoguera mientras mi padre se fumaba un chester y se tomaba un trago de coñac de una petaca. El tiempo no existía entonces y parecía que aquellas tardes no se acabarían nunca.

Mi padre falleció de una cruel enfermedad hace 28 años. Había cumplido la misma edad que yo tengo hoy. Cuando pienso en él, me dan ganas de llorar. Discutíamos mucho de política, pero siempre estuve orgulloso de él por su exacerbado sentido de la honradez. Jamás le escuché decir ninguna mentira. Una vez le vi regalar su abrigo y comprarle un billete de tren a un inmigrante marroquí que se había quedado sin recursos en la estación de Miranda. Los veranos eran mucho mejores con su cercanía. Ahora que han pasado los años y las décadas, me he dado cuenta de que jamás llegaré a ser un hombre tan grande como él.