Cuadro de Samuel Scott con «La acción de Wager», el hundimiento del galeón San José
Cuadro de Samuel Scott con «La acción de Wager», el hundimiento del galeón San José - ABC

Así fue la última contienda del galeón San José ante la flota inglesa

El historiador Agustín Rodríguez González relata la batalla en la que se hundió el navío en 1708 además de toda su trayectoria desde su fabricación en el astillero de Usurbil, cerca de San Sebastián, en 1696

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Esta semana se ha reflotado un tema que, en verdad, no ha estado nada sumergido sino muy candente durante estos últimos años. Se trata del Galeón San José, embarcación española hundida en 1708 en el Caribe colombiano, y cuyos tesoros han sido embargados por un tribunal Superior del Distrito Judicial de Barranquilla.

Durante todo este tiempo, hemos permanecido atentos a todos los tiras y aflojas del Gobierno de Santos y ahora de Duque respecto a la situación de este navío español, temerosos en nuestro país de que los cazatesoros se quedaran con una parte de lo recuperado tal como se deriva de esta medida cautelar tomada por este tribunal por la apelación de la firma norteamericana Sea Search Armada (SSA), que reclama derechos sobre la mitad de la carga de la nave.

Pero, ¿cuál fue la última batalla del galeón? Aquí la recordamos, con las palabras del historiador Agustín Rodríguez González, toda la historia de este navío.

El «San José», como su gemelo y compañero hasta su fin, el «San Joaquín», había visto contratada por la Corona su construcción en 1696, en el astillero de Usurbil, no lejos de San Sebastián, botándose y entregándose ambos buques dos años después, y siendo ambos destinados a custodiar las Flotas de Indias. Su armamento, más bien débil para la época y para su porte, era de 26 cañones de a 18 libras de bala, otros tantos de a 10 libras y ocho o diez de seis libras en cubierta, más pensado para enfrentarse a corsarios que a buques de línea enemigos.

Ambos buques fueron a Cádiz, y ante el estallido de la guerra de Sucesión Española, contribuyeron a la defensa del puerto y de la plaza ante el ataque y desembarco de la escuadra angloholandesa del almirante Rooke, distinguiéndose en la victoria el ya viejo marino D. José Fernández de Santillán, Caballero de la Orden de Alcántara, que recibió por sus servicios el condado de Casa-Alegre y el mando, que ya tenía, de la Flota de Tierra Firme.

En plena guerra, y ante el dominio del mar de las escuadras angloholandesas, el anual viaje de la Flota se fue retrasando, hasta que una relativa calma hizo que partiera en 1706, con los dos navíos mencionados, transcurriendo la travesía sin novedad, unidas ahora las de Nueva España y Tierra Firme para más seguridad. La vuelta fue más lenta, pues tenía que confluir en Panamá, en las ferias de Portobelo, con las mercancías traídas por la Flota del Mar del Sur, desde Callao, cargas que atravesaban el itsmo por tierra, celebrándose en el puerto citado la consabida feria.

Los ingleses no tardaron en saber del caso, y para interceptar aquel valioso convoy, enviaron al comodoro Charles Wager, al frente de una escuadrón compuesto de los navíos «Expedition», insignia y de 74 cañones, «Kingston», de 60 y el más pequeño «Portland», de 50, así como la fragata «Severn», de 44 y un brulote o embarcación incendiaria, el «Vulture», de ocho cañones. Cabe señalar que el buque insignia inglés era mucho más potente que el español, pues su batería baja era de cañones de a 24 libras de bala, mucho más contundentes que las españolas de a 18.

Pero Wager no sabía si los españoles pensaban dirigirse a Cartagena de Indias o a La Habana, en su viaje de regreso a España y como escala previa, así que extremaron la vigilancia.

Aparte de problemas burocráticos y relacionados con las alteraciones de los precios en la feria por el ya tradicional contrabando, el jefe español se vió preocupado por el mal estado de sus barcos, haciendo el «San José» bastante agua, por lo que decidió recalar en Cartagena para su reparación, antes de abordar el largo y siempre difícil regreso.

Por fin salió la Flota de Portobelo, pero con pocos y malos vientos, que le obligaron a recalar ante las islas de Barú, cerca ya de Cartagena, en la atardecida del 8 de junio de 1708. Ninguno de los reiterados avisos que se les habían mandado sobre la presencia de la escuadra inglesa les pudo llegar.

Formaban la Flota española, lejos del número y poder de años muy anteriores, los dos navíos mencionados, siendo el «San José» la capitana o buque insignia y el «San Joaquín» el del segundo jefe, D. Miguel Agustín de Villanueva. Otro más, el «Almudena», tuvo que quedarse en puerto por las averías, substituyéndole el buque de un naviero particular, el «Santa Cruz», armado precariamente con 44 cañones, y la urca mercante «Concepción», con solo 24 cañones. El resto eran unidades ligeras, los pataches de la época, no aptas para el combate entre buques mayores, y once mercantes, incapaces de una seria defensa.

El ataque británico no se hizo esperar, cambiando andanadas las dos agrupaciones y batiéndose el «Expedition» con el «San José» a menos de 60 metros durante más de hora y media, hasta que con la caída de las sombras, el buque español estalló al reventar su Santabárbara por una u otra razón, hundiéndose inmediatamente, de forma que de sus casi 600 tripulantes y pasajeros, apenas pudieron salvarse entre 5 y 11 personas, según las distintas relaciones de la época.

Ante aquel desastre, el resto de los ya muy inferiores buques españoles tuvieron que batirse en retirada, siendo apresado el mercante armado «Santa Cruz», al mando de D. Nicolás de la Rosa, conde de Vega Florida, tras una más que heroica resistencia que duró hasta las cuatro de la madrugada, luchando solo contra tres enemigos, y perderse encallada la urca «Concepción», al huir, si bien pudieron salvarse sus ocupantes y quemar el casco, para que no fuera apresado por el enemigo.

Por su parte, a la mañana siguiente, el «San Joaquín» reagrupó a los once mercantes, y tras desarbolar a uno de sus perseguidores y utilizando habilmente su conocimiento de los fondos costeros, lograron entrar en Cartagena con más o menos averías el primero e intactos los indefensos cargueros por los que se había sacrificado la escolta.

Los británicos quedaron bastante defraudados pese a su triunfo, pues el «San José» se hundió con toda su carga y el «San Joaquín» logró escapar, y era costumbre que el oro y la plata se embarcasen precisamente en los buques de guerra, para mayor seguridad y control, por lo que el botín en el «Santa Cruz», único apresado, fue bien modesto para lo esperado.