Un trozo de hielo en las manos de un niño

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Al dramaturgo Tom Stoppard le gusta escribir sobre «personajes marginales», seres que han sido rozados por cometas humanas, pero que no han sabido convertirse ellos mismos en cometas. Oscar Wilde se lo dice al poeta y erudito Alfred Edward Housman al final de «La invención del amor», la ambiciosa, compleja y estimulante obra que se ha convertido en uno de los más sorprendentes éxitos de la temporada de Broadway (candidata a cuatro Tonys, entre ellos a la mejor obra y a la mejor puesta en escena): «Mejor ser un cohete caído que no haber resplandecido nunca. Dante reserva un lugar en su infierno para aquellos que deliberadamente viven en la tristeza». A sus 63 años, este escritor que huyó de Checoslovaquia con su familia para salvarse de la hoguera nazi, creció en Singapur y se afincó finalmente en Inglaterra, ha vuelto a demostrar su osadía y su talento para fabricar joyas teatrales dotadas de luz interior, a pesar de convocar a un plantel de personajes insólitos para la avidez del público contemporáneo: Housman al final de su vida y entre los 18 y los 26 años, el crítico de arte John Ruskin, el humorista Jerome K. Jerome, el editor W. T. Stead y el citado Wilde, entre otros profesores y estudiantes de un Oxford de la segunda mitad del siglo XIX que también acogió al exiliado y disidente español José María Blanco White, quien quizá hasta cruzó algunas palabras con A. E. Housman.

La obra se abre con Caronte diciéndole al viejo Housman a punto de atravesar la laguna Estigia que esperan a un segundo pasajero, porque le han asegurado que embarcarían un poeta y un estudioso. Housman, uno de los más consumados traductores de griego y latín y un poeta exquisito, dejó que su existencia se consumiera tras una cortina de «grandes silencios», una vida sin vivir. «Debo ser yo», le confiesa Hosuman al barquero, y las aguas de la laguna mitológica empiezan a fluir hacia el pasado y se mezclan con las aguas de los ríos Isis y Cherwell, en Oxford, donde atisbamos fragmentos de erudición y pequeñas y grandes miserias de la vida académica, con el resplandor en el horizonte de los juicios contra Wilde por homosexual y otras brillantes disquisiciones sobre el arte, la historia, la memoria y el amor. Housman se encuentra consigo mismo en sus años de estudiante, cuando su amor no correspondido por un atleta y compañero de universidad acaso clausuró para siempre su vida sentimental e hizo que se volcara en la traducción de los clásicos y en la poesía.

«La invención del amor» le sirve a Stoppard para proclamar el carácter del amor como artefacto netamente humano, como tantos objetos e instituciones que amueblan nuesto paso por este lugar de sombras y perplejidades: «Un trozo de hielo en las manos de un niño», como dirá el propio Housman. Celebrado por piezas como «Rosencrantz y Guildenstern están muertos» o la película «Shakespeare enamorado» (de la que fue co-guionista y le granjeó un Oscar), Tom Stoppard convoca en «La invención del amor» a los contrarios que pugnan en todo corazón humano e indaga en el alma de Housman, abrumada por el estoicismo y la represión de sus emociones más hondas, mediante un deslumbrante hallazgo teatral: el Housman de 77 años (encarnado por un convincente Richard Easton en estado de gracia), a punto de atravesar el umbral de la muerte, se encuentra con él mismo a los veinte años (bajo la máscara verosímil de Robert Sean Leonard). No hay sentimentalismo, sino genuina emoción y mejor química: el joven Housman no se reconoce en el viejo que le observa con curiosidad, y al viejo Housman le lleva unos instantes identificarse con el hombre que no sabe todavíaa en qué va a derivar su vida. Ambientada en un ensoñador decorado de resonancias bizantinas, esta «invención del amor» exige mucho del espectador que se acerca al teatro reticente ante unos personajes que discuten sobre las corrupciones que siglos de copistas han introducido en los textos clásicos y a veces hablan en griego y en latín, ajenos a la ignorancia supina en la que braceamos, para paulatinamente descubrir que esta navegación por la memoria, liberado Stoppard por su propia voluntad de los equívocos lindes del espacio y el tiempo, nos permite que palpemos ese hielo antes de que las sombras de la Estigia y el fuego fatuo del Hades lo derritan.

Alfonso ARMADA