Triunfo legítimo del pianista Michel Dalberto

Por Antonio IGLESIAS
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V Ciclo Complutense. Obras de Mozart, Liszt y Schubert-Mahler. Orquesta de Cámara Ferenc Liszt. Director: Janos Rolla. Solista: Michel Dalberto (pianista). Sala Sinfónica del Auditorio. Madrid, 17 de enero de 2001.

El «Cuarteto D. 810», de Schubert, en la versión que Mahler realizó para orquesta de cuerda, convierte a la obra que distinguimos como «La Muerte y la Doncella» (por tratar el famosísimo «lied» en su segundo tiempo) en página plena y robusta que estimaríamos muchísimo más, si no amásemos tanto la original schubertiana, con sus limpios perfiles, con sus líneas cuartetistas diríase que indeformables.

Gustav Mahler, al trasplantarla a un grupo más numeroso, da un ejemplo maravilloso para ser tratado en una cátedra de Composición, pero la fortalece innecesariamente, aunque la inclusión del contrabajo (por cierto, en esta ocasión a cargo de un profesor joven extraordinario) parezca tan deseable.

La interpretación de tan interesante partitura, resultó lo mejor de la total actuación de la excelente Orquesta de Cámara Ferenc Liszt, con el concertino-director, Janos Rolla. Sus dieciséis cuerdas lograron una admirable versión, muy emotiva, con su sonoridad de excelente adecuación romántica, logrados «pianissimi» corpóreos, es decir, preciosa en todos sus aspectos, y el público de la tarde del miércoles les aplaudió con largueza, a lo que el grupo húngaro, con generosidad advertida, quiso corresponder concediendo dos escuchados «bises», que quizá serían más, puesto que el entusiasmo crecía cuando abandoné la sala.

Antes, llenando la primera parte, admiramos una equilibrada interpretación de la célebre «Pequeña serenata nocturna», y también del «Concerto para piano y orquesta, KV 449», de Mozart, confiada la parte solista al pianista francés Michel Dalberto, triunfante legítimo de una intervención que se extendió a su participación en la «Malédiction», apenas conocido «concerto» que Liszt escribió en la plenitud de su carrera, y que dio lugar a que el solista luciera una técnica completísima, absolutamente apta para tanta diablura como su autor acumula por doquier, dentro de su siempre personal manera enriquecedora. Tanto en Mozart como en Liszt, triunfaron Dalberto y la agrupación que se honra con el nombre del genial húngaro. De buen grado, correspondió el solista galo con una «propina».