Un momento del montaje de «Orfeo», de Monteverdi

El triunfal regreso de Orfeo

Por Pablo MELÉNDEZ-HADDAD
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«L´Orfeo» (Mantua, 1607), «favola in

musica» en cinco actos y un prólogo con libreto de A. Striggio y música de C. Monteverdi. Le Concert des Nations. La Capella Reial de Catalunya. Dirección: J. Savall. Dir esc.: G. Deflo. Esc. y fig.: W. Orlandi. Ilum.: A. Faura. Cor.: A. Casas. Gran Teatro del Liceo, 2 de febrero.

Fue algo así como el regreso del hijo pródigo, un nexo con el pasado reciente, con el que media un incendio espantoso, una reconstrucción compleja y una nueva etapa llena de ilusión. Cuando «L´Orfeo» de Monteverdi se estrenó en el Liceo, en mayo de 1993, nadie imaginaba que nunca regresaría al mismo teatro: unos meses más tarde el centenario edificio sería consumido por las llamas en una de las situaciones más dolorosas de la cultura hispana reciente. Pero mientras el Liceo luchaba por regresar a la vida, este hijo pródigo se paseaba por Buenos Aires y Madrid. La producción que ideó con genio el director de escena flamenco Gilbert Deflo conoció al público del Colón y del Real antes de debutar en el nuevo escenario liceísta, al que regresó el sábado con algunos retoques, como ese impresionante cielo estrellado en el que Apolo y Orfeo deberán buscar por toda la eternidad los luceros que identifican a Eurídice.

RIGOR Y TRANSPARENCIA

Jordi Savall, desde el podio del Gran Teatro, nuevamente impuso su admirable manera de hacer música, rodeándose de talentos de calidad incuestionable. Desde la «fanfarria-toccata» del comienzo, desde ese «ritornello» obsesivo que persigue a los personajes del drama y que anuncia el triunfo de la bondad, Savall exigió transparencia en el complejo tejido orquestal, gozó con las bien consolidadas improvisaciones de solistas tanto instrumentales como vocales y consiguió el éxtasis en los «tutti», cuando todo el foso se unía a los coros -excelentes- para dar vida a lo mejor del genio monteverdiano.

Furio Zanasi interpretó sin problemas a Orfeo, con colocación emisión y proyección perfectas, aunque en su «Possente spirto» no respondió satisfactoriamente a la colocación de los ornamentos en su diálogo con la orquesta. La Messaggiera de Sara Mingardo representó una lección de estilo: su «recitar cantando» sin mácula nacía de una voz homogénea, en la que los registros de pecho y cabeza se hicieron uno solo, entregándose a un efectivo uso del «portamento» y de la «messa di voce» cuando era necesario en su canto de los «affetti». Al mismo nivel de excelencia se escuchó a Gerd Türk, un tenor desbordante de talento, y a Antonio Abete, rotundo y expresivo Caronte.

Los consagrados Adriana Fernández y Carlos Mena, en cambio, comenzaron coincidentemente por caminos de duda, necesitando tiempo para controlar un «vibrato» cansino, pero ambos salieron triunfantes del reto, imponiendo dos de las voces más bellas del reparto. A la expresiva Cécile van de Sant sólo la traicionó la afinación de los agudos en forte, lo mismo que al siempre eficaz Daniele Carnovich. Marília Vargas, Ariadna Savall y Francesc Garrigosa cumplieron con discreta corrección, las agilidades de Fulvio Bettini no brillaron como debían y, por último, Montserrat Figueras cantó sus partes abusando de los amaneramientos que la caracterizan -para otros gustos, léase «refinamientos»-, ahora, eso sí, inaudible en la zona media y en el registro grave.

Si el «Don Carlo» de Deflo no gustó en el Liceo, tanto este «Orfeo» como su «Dama de Picas» se encuentran en el polo opuesto. La veneración con la que el director se acerca a esa armonía perfecta que proponen el texto y la música de «L´Orfeo» ya ha sido glosada con generosidad, lo mismo que la imaginería brillante de William Orlandi, tándem al que se unió una pareja de maestros de su arte: la sensible y sabia coreógrafa Anna Casas -su trabajo fue interpretado a la perfección- y el genial diseñador de iluminación Albert Faura, cómplices protagonistas de este lujo que es «L´Orfeo» del Liceo.