Una tragedia doméstica

JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN
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Tres mil años de exilio acumula la Medea que con gabardina y un pañuelo en la cabeza arrastra su maleta por entre las gradas del Teatro Romano de Mérida en los instantes previos al comienzo de la representación. Un coro de periodistas la acosa intentando que de sus labios salga la historia que ellos tienen escrita de antemano y que no necesariamente es la verdadera: ella niega, balbucea, intenta hablar, pero es imposible horadar los firmes muros de un mito en el que se entrecruzan leyendas y versiones diferentes. Eurípides las embridó hace casi dos mil quinientos años en una de sus obras fundamentales que, según algunas fuentes, escribió por encargo de las autoridades de Corinto para limpiar la imagen de la ciudad, ya que, añade ese relato, fueron sus habitantes quienes tiempo atrás mataron en venganza a los hijos de Medea, cuya imagen de mujer virtuosa y entregada al amor de su marido quedó empañada para siempre tras el estreno de la tragedia en el año 431 a. de C.

Ese pulso entre una hipotética verdad y la robusta musculatura del mito -poderoso y seductor para autores de todas las épocas- es el aliento que anima el montaje de Tomaz Pandur, en el que desaparece Creonte, rey de Corinto, y se suma el centauro Quirón, que al fin y al cabo fue tutor de Jasón y aquí ejerce de catalizador y testigo de la historia. El director evoca el errabundo itinerario de Medea y su marido tras conseguir el vellocino de oro para dar al espectáculo una pátina balcánica con música de acordeones en directo, escenas rurales y elementos folclóricos. El suelo del escenario del Teatro Romano está cubierto de paja, un conjunto de pacas de ese material sirve de elemento escenográfico y forma en la zona de la orchestra un laberinto del que emerge un largo lienzo negro que sujeta un globo aerostático con forma de zepelín también negro, flotante en las alturas y tal vez símbolo de esa conexión entre cielo y tierra, entre el mito y la vida que vendría a ser Medea.

En esa órbita, Pandur ha elaborado un montaje ascensor, que sube y baja de una a otra zona con transiciones anticlimáticas. Así, la hechicera y Jasón pasan de un momento digamos «clásico» a protagonizar en el laberinto de paja una escena de comedia neorrealista italiana mientras en la radio suena «Perfidia» interpetada por Nat King Cole: vestida con una combinación negra, ella tiende la colada y él se viste de galán napolitano, discuten, se increpan, Medea golpea su hombre con la ropa mojada y él bebe una cerveza a gañote. El director sostiene en el programa de mano de la función que «la historia de Medea es, en esencia, una tragedia íntima de un amor desgraciado» y de esa manera ancla en tierra las dimensiones míticas del personaje y, aunque sin dejarlas de lado, las acerca al territorio del rifirrafe doméstico. El mismo Eurípides, frente a otros autores griegos, abordó la humanización de sus criaturas teatrales y las ató a sus pasiones humanas hasta colocarlas en el umbral de la tragicomedia, aunque tal vez nunca las imaginara en trances tan cotidianos.

Más comedido estilísticamente que en otras ocasiones, Pandur mueve con eficacia y belleza al coro de argonautas y mujeres de la Cólquide, que miden una y otra vez la longitud del escenario con caminatas y carreras. En el plano interpretativo, súper Blanca Portillo está eminente en su celeste Medea con los pies en la tierra, pese a los problemas de voz de la noche el estreno, igual que un prodigioso Asier Etxeandía en su doble papel de Quirón y Egeo; Julieta Serrano como la nodriza y Alberto Jiménez en la piel de Jasón alternan la pausa y el desgañitamiento sin lograr a mi juicio el tono adecuado. Marca de la casa, en el montaje hay momentos sublimes y otros que rozan lo grotesco, pero en líneas generales es potente, equilibrado y funciona. Tras un falso epílogo cínico de Quirón, el director riza el rizo con un broche en la línea del David Lynch de «Terciopelo azul»: un almuezo campestre de Medea y su dos niños que alude a la génesis de los milagros. Bajo un cielo estrellado que no mejoraría ni el más inspirado de los escenógrafos, el público del estreno emeritense, aplaudió larga y calurosamente puesto en pie a todo el equipo.