Telón

Por Adolfo MARSILLACH
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Cuenta David Trueba en «Blanco y Negro» que una tarde fue al teatro y, antes de empezar el espectáculo, un niño se subió al escenario para descubrir lo que había detrás del telón. Según el autor: «Eso es la vida, pensé, querer saber lo que se cuece allá dentro». Me gustó la metáfora y me hizo meditar: ¿qué esperan encontrar los espectadores cuando se levanta el telón?: ¿la verdad o la mentira?, ¿la realidad o la fantasía?

Desde el principio no ha habido otra disyuntiva: o el teatro era un retrato —y un análisis— de la vida o una oportunidad para escapar de ella. ¿El público quiere verse reflejado en el escenario o desea que se le transporte a un mundo que no es el suyo? Cada época ha tenido sus exigencias y así se pudo pasar, por ejemplo, del naturalismo al simbolismo sin demasiados sobresaltos. En el fondo, el espectador es un niño con vocación de mirón. Espera ver por el ojo de la cerradura lo que no ve cuando se despierta todas las mañanas. De ahí que el teatro sea, sobre todo, una sorpresa. Incluso el que se dedica a hacer crítica social o política.

La ceremonia teatral empieza cuando sube el telón. Es el primer signo de la semiótica de nuestro oficio y una de las primeras decisiones fundamentales que debe tomar el director de escena: un movimiento lento augura un drama profundo o una tragedia majestuosa; una subida rápida o, simplemente, ligera, anuncia una comedia alegre y divertida. Hay varias clases de telones: el «de boca», para abrir o cerrar la caja de los misterios; el «corto» que se utiliza como paso de tiempo mientras detrás se cambia la escenografía; el «de fondo» que se ilumina con poéticos amaneceres o con románticos crepúsculos; el «de gasa» que, con sus transparencias, nos incita a la magia y al encantamiento y, naturalmente, el «de fuego» o «de seguridad» que separa el escenario de la sal en caso de incendio. Sin olvidar, claro, a los que descienden del telar para delimitar espacios y sugerir ambientes. Pero el telón por excelencia es el que ve el público cuando llega al teatro y ocupa su localidad: ese que tiene la obligación de despertar el interés del espectador como despertó la curiosidad del niño de Trueba. Lamentablemente, por culpa de las escasas medidas de nuestros escenarios, los directores nos hemos visto obligados a adelantar la escena, ganándole espacio al patio de butacas e impidiendo así la utilización del telón de boca al que hemos sustituido por la luz. No es igual. Siento nostalgia de mi primer telón, como siento añoranza de mi primera novia.