Teatro de la memoria

Por Alfonso ARMADA
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Del carácter radicalmente efímero y fantasmagórico del teatro da cuenta que no hay territorio más fidedigno para conservarlo que la memoria. El teatro siente una aversión congénita hacia todos los artilugios mecánicos o electrónicos que pretenden hacernos tragar la impostura de que pueden derrotar al tiempo y suplantar la realidad. De ahí que sea en el «cuarto» de la memoria (cuyos lindes andan rectificando neurólogos y neurocirujanos en el mapamundi del cerebro, donde el teatro, que sólo «ocurre» en el momento en que es representado, cuando la palabra se convierte en acción), el único lugar, al margen de las propias tablas, donde encuentra acomodo el teatro. La sustancia esencial del teatro es el tiempo, porque transcurre en el tiempo, «es» en el tiempo y se consuma en el tiempo. Por eso se parece también tanto al lugar de la experiencia y no es tan sólo una triste evidencia reconocer que Tadeusz Kantor no volverá jamás, sino la expresión de una feroz nostalgia por los mecanismos que el director polaco encendía en la memoria del espectador con su compañía, Cricot 2, hasta el punto de que para muchos la expresión «teatro de la memoria» sea como decir Kantor.

INSPIRACIONES

De su estirpe es Simon McBurney, que con su Theatre de Complicité, compañía británica de nombre francés, lleva años («Las sillas», «Las tres vidas de Lucie Cabrol», «La calle de los cocodrilos» y «El sonido del tiempo», con inspiraciones respectivas en Ionesco, John Berger, Bruno Schulz y Dimitri Shostakovich) indagando en los patios traseros del teatro, dando vida a una experiencia fulgurante y cuyos hallazgos hay que rastrear en la memoria de los agraciados que han podido asomarse al tiempo efímero de sus representaciones. Como ahora mismo con «Mnemonic», que desgarra las sombras espesas de Nueva York (pese a la caligrafía tan rutilante que el paquebote «Manhattan» destila en la oscuridad) desde que McBurney, micrófono en mano, salta al escenario e improvisa un texto-conferencia-oración-trasunto de la memoria y pide a los espectadores que abran el envoltorio que les estaba esperando en su butaca: dentro, un antifaz de los que las compañías aéreas entregaban cuando volar era un placer y no otra forma de acarreo de ganado y una gran hoja cortada en alguna tapia cercana (porque también en Nueva York hay tapias donde la yedra sostiene el tiempo). Pide el tal McBurney, director, actor, autor y factótum de toda esta complicidad, que nos pongamos el antifaz, que palpemos las nervaduras de la hoja (la textura tan hermética y tan diferente del haz y del envés) y que pensemos en lo que hacíamos apenas dos horas antes de que entráramos en el teatro, luego dos días y más tarde dos semanas, que serán dos años, veinte años, y que nos imaginemos al cabo cómo sería la vida hace doscientos, cuatrocientos, dos mil, cuatro mil años.

Cada uno encerrado en sí mismo, pero compartiendo ese mismo instante de intensa e interior mirada retrospectiva. Extraño teatro de la memoria, vívido momento teatral que vamos a recordar siempre, que el propio McBurney se encarga de dinamitar cuando dice que nos lo quitemos y descubrimos a otro-yo-otro-nosotros en el escenario haciendo el mismo gesto (tal vez ridículo, tal vez revelador, tal vez ambas cosas) de palpar la hoja.

Entonces suena un teléfono móvil y entra el mundo de ahora mismo, con la ironía tan feroz que McBurney cultiva. Porque ya consiguió lo que quería: que entráramos en el territorio de la memoria, que es el del teatro.

Es «Mnemonic» un rompecabezas en el que Mcburney y sus extraordinarios actores rompen en pedazos la estructura y las expectaciones del teatro tradicional y de la vanguardia tradicional para poner en contacto la memoria particular de cada uno, el hallazgo de 1991 en los Alpes helados de Austria de un hombre congelado y desnudo de tal vez 5.000 años de antigüedad y una mujer que llena de preguntas con la ayuda de un omnipresente teléfono móvil el Este de Europa en busca de un padre al que nunca conoció y rastreando las huellas de tantas migraciones de ahora mismo, de tantas fronteras permeables y hostiles. Una silla articulada se convierte en una marioneta, la marioneta en el hombre congelado que da sus últimos pasos en el glaciar, y los actores ocupan su cama en el laboratorio de las preguntas. Y con ellas volvemos a las sombras de Nueva York. Con la memoria reconfortada por la complicidad de este teatro que no se da por vencido y nos ilumina.