Putin dirigió unas palabras al personal del Bolshoi en su 225 aniversario. Epa

El Teatro Bolshoi celebra sus 225 años a la espera de ser remodelado

Esta semana, el Teatro Bolshoi se vistió de gala para celebrar su 225 aniversario y aprovechó la ocasión para recordar a las autoridades que sin más apoyo financiero será imposible frenar la decadencia de esta joya, a la que se intenta devolver todo el esplendor perdido en los últimos años. El pasado miércoles tuvo lugar la sesión de gala en la que participaron las principales estrellas del elenco.

MOSCÚ. Diego Merry del Val, corresponsal
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Se representaron fragmentos de las grandes óperas y ballets rusos, vinculadas históricamente con la escena del Gran Teatro. Ruslán y Ludmila, Yevgueni Oneguin, Boris Godunov, el Lago de los Cisnes, Don Quijote. Todas las piezas más famosas tuvieron su recuerdo en la gala, que contó con la presencia de las principales autoridades (del presidente Vladimir Putin para abajo) y en la cual recibieron condecoraciones casi sesenta artistas del Bolshoi.

Cierto es que 225 no es una cifra muy redonda, pero cualquier ocasión es buena para recordar la historia gloriosa de lo que la Prensa llama «primer teatro de Rusia», en contraste con un presente más bien gris. La nueva dirección se ha volcado en ese sentido y ha organizado también una exposición en la Sala del Manezh (una de las principales de Moscú) en la que se puede penetrar en la historia del Bolshoi a través de los vestidos y decorados que se utilizaban desde sus orígenes. Lo que sea para atraer la atención y recaudar la ayuda financiera que se necesita con urgencia para salvar a este buque insignia de la cultura rusa.

UN BARCO A LA DERIVA

Con ocasión de la festividad, la viceprimera ministra rusa Valentina Matvienko prometió esta semana que el Gobierno hará todo lo posible para que el teatro pueda conservar su prestigio. El actual director artístico, Guennadi Roshdestvenski, ya dejó clara la gravedad de la situación tras su nombramiento el pasado mes de septiembre: según él, el Bolshoi se asemejaba a «un barco sin instrumentos de navegación, que viaja a la deriva y que se encuentra hundido en sus tres cuartas partes». El abandono de las principales figuras, que parten al extranjero en busca de mejor fortuna, es un síntoma inquietante de esta situación. Este fenómeno se parece más a un éxodo que a otra cosa, ya que los artistas aceptan tareas en el extranjero muy por debajo de sus capacidades y de su nivel.

La que otrora fuera una de las escenas más reputadas del mundo resiste ahora apenas la comparación con su tradicional «rival» nacional, el Teatro Mariinski de San Petersburgo, que según buena parte de la crítica ha sabido actualizarse con puestas en escena más modernas y con una gestión más ágil, mientras que el Bolshoi se ha quedado anclado en el pasado, siempre con los viejos decorados y funciones de la época estalinista.

Los defensores de la «pureza» del Bolshoi argumentan que debe existir un teatro «nacional» en el que se preserven las esencias de la cultura teatral rusa. Pero mientras unos y otros discuten, la situación se agrava.

CIERRE POR REMODELACIÓN

La historia reciente del Bolshoi se parece a la del propio país: todo el mundo intenta restablecer su pasada grandeza, pero lo único que se hace es repetir las viejas fórmulas probadas ya una y mil veces. Este año, el del jubileo por los 225 años, va a ser un año clave, y no sólo por la fecha en sí. Justo dentro de un año, el Bolshoi cerrará sus puertas y las volverá a abrir en el año 2005, concluidas las obras de remodelación del edificio por un coste de unos 400 millones de dólares, proyecto en el que participa la Unesco. Durante este periodo, la compañía realizará sus funciones en un edificio adyacente de la Plaza del Teatro.

EN CONTRA DE LA RENOVACIÓN

El Bolshoi tiene que ponerse en condiciones de superar esa travesía de tres años sin contar con su emblemático edificio y ése es un de lo principales retos que afronta la nueva dirección. Así pues, éste año del jubileo será clave para Roshdestvenski, cuyo nombramiento fue polémico, ya que se topó con el rechazo de los partidarios de su antecesor, Vasili Vasiliev.

De momento parece que Roshdestvenski ha optado por hacer caso omiso de los que reclaman una renovación en el fondo y en la forma y ha optado por recurrir a los clásicos de siempre. Así, la inauguración de los actos con motivo del 225 aniversario estuvo marcada por el reestreno del «Lago de los Cisnes» en su versión más puramente soviética, a cargo de Yuri Grigorovich, quien fue director del Bolshoi durante más de treinta años y enemigo encarnizado de cualquier renovación o apertura. Recientemente, la reputada crítica teatral Maya Odina afirmaba en el diario Segodnia que la nueva dirección «sólo repasa las viejas producciones soviéticas y no tiene la menor intención de reformar la ópera ni el ballet».

La dirección y algunos de los artistas defienden la línea actual con el argumento de que «los experimentos hay que hacerlos en otros lugares», ya que el Bolshoi es el teatro para las grandes representaciones clásicas.

Rusia es un país en un constante proceso de repensarse a sí mismo, que intenta (por lo menos desde la época de Pedro el Grande) definirse y encontrar su lugar en el mundo. La historia del Teatro Bolshoi es un reflejo de esta historia.

El jubileo ofrece la oportunidad para relanzar el debate e intentar llegar a un consenso. Sin embargo, por lo que se ve, las posturas siguen tan encontradas como siempre y el emblemático teatro continúa en crisis. Tal vez después del periodo de «hibernación» que se avecina con la restauración del edificio contemplaremos un verdadero renacimiento del teatro que con justicia merece el nombre de «Grande».