El director de cine José Luis Garci (i) acompaña al veterano columnista y poeta malagueño Manuel Alcántara (d) en una mesa redonda en 2014
El director de cine José Luis Garci (i) acompaña al veterano columnista y poeta malagueño Manuel Alcántara (d) en una mesa redonda en 2014 - EFE

La sentida Tercera que le escribió José Luis Garci a Manuel Alcántara: «eres el príncipe de los renglones»

Reproducimos el texto íntegro de «Manuel, de Málaga», que se publicaba en ABC el 28 de diciembre de 1998

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El poeta Manuel Alcántara ha fallecido esta mañana en su domicilio de Málaga a los 91 años. Uno de sus más allegados, el director de cine José Luis Garci, escribía en 1998 una tierna y hermosa Tercera en honor del maestro de periodistas que reproducimos íntegramente a continuación:

«Escribir un artículo sobre Manuel Alcántara es un suicidio, ya lo sé, y lo aconsejable es abandonar, gritarles a los del rincón que tiren la toalla o fingir una lesión en la mano. Porque Manolo es -desde que heredó el título de César- el campeón del mundo a treinta asaltos (líneas, en la jerga del gimnasio), y ningún aspirante ha podido arrebatarle hasta hoy este título de la media distancia, y menos a los puntos, que él coloca todavía mejor que las comas. Por ello, paso a teclear en trecho largo, que es una distancia más cómoda para los fajadores, pues ahí podemos trabarnos, manotear y golpear bajo a la máquina.

Manolo Alcántara es más que un estilista tan bueno como Gene Tunney, del que ha escrito párrafos asombrosos; Manolo es un genio, como «Sugar» Robinson. Y también un ladrón de vida, un atracador de emociones, un contrabandista de sentimientos. No sé qué tipo de interés, si compuesto o simple, si renovable o a plazo fijo, le ha cobrado a Manuel la calle, la ciudad, la noche, el mar, la literatura, el deporte, los amaneceres, el arte, los «gin tonics» de Larios o esa anestesia llamada amor. Pero el resultado, por goleada, está a la vista: nos ha vuelto mejores a quienes le hemos tratado y leído.

En serio, si yo pudiera enamorar las palabras sólo un tercio de bien de como lo hace mi hermano electo -estoy hablando de alguien que teclea en su olivetti encarnada una hoja imperecedera todos los días desde que España cantaba «Dos gardenias para ti»-; si yo supiera, insisto, redactar la cuarta parte de bien que este poeta que transforma a diario la melancolía en luz y el drama en ironía, quizá podría contarles dos o tres o cien cosas suyas que me estremecen cada vez que le veo o le leo o le siento: su tolerancia, en primer lugar, su bondad, su humor, su inteligencia, su autenticidad, su alegría, su sencillez, su anchura. Si yo hubiera sido Colé Porter, noche y día, le habría pedido a Ethel Merman que añadiera el nombre de Manolo a su canción «You're the Top» («Tú eres lo más», traducido al castellano neto). Porque Manolo, mi amigo, mi hermano, es «the Top». El Nilo y el Louvre, el MoMa y el Ganges, un soneto de Shakespeare y un sueño de Quevedo. Manuel es el mejor whisky, la izquierda de Muhammad Ali en Zaire y el fulgor vainilla: de Vermeer; la sonrisa lenta de Bogart, la voz de Sinatra y los pies de Fred Astaire. Manolo Alcántara, ay, es el caviar de Maxime a la temperatura exacta (es decir, rodeado por la nieves de antaño de Villon), los cuentos de arena de Borges y el Mediterráneo que juega con los hombres al olvido entre sus olas de Homero y disciplina; es «the Top», Manolo, como Di Stéfano corriendo sin balón, como cualquier vals de cualquier Strauss, como la Cumparsita, cómo los personajes de John Ford, que tienen ojos de horizonte, igual que los marineros; Manolo es los valles tranquilos de Pisarro, la soledad de Hammershi, los veranos nunca enterrados, el internet en la Edad Media; Manolo, «you're the top».

Lo siento. Pero no sé explicarlo de otra manera. No doy con el modo de transmitir la grandeza de esta persona tan humilde como los estanques de lilas de Monet, como aquel Sargento York de hombre, perro y Biblia. Pero os certifico que Manolo es de los pocos -muy pocos- tipos que he conocido que piensa por su cuenta, que no tiene miedo a la muerte y que jamás recurre a ese «bla bla bla» cultural por el que correteamos todos. Manolo Alcántara es un género en sí mismo y un psiquiatra de su tiempo, capaz de darle la vuelta a un argumento coherente con una coherencia superior, que es la suya. Sin cegueras fraternas, os aseguro que no creo que Oscar Wilde o Ernst Lubitsch fueran más brillantes en una tertulia que Manolo. Leyendo su prosa -que ya nace atravesada por una flecha de poesía, una prosa que siempre brota al natural, como las faenas de los buenos toreros-, leyendo sus palabras de oro, digo, adviertes que el arte no es un oficio, sino la forma en que se ejerce ese oficio. Manolo es un príncipe de los renglones. De niño, en esa Málaga azul picasso que le vio nacer, pelotas de trapo entre los escombros, abrigos mordidos en la solapa por la raya negra del luto, preparando ya segundo de jazmines, Manuel se tragó todo el mundo una noche, decía, y ha ido vomitando desde entonces algo que podríamos llamar el espíritu de su tiempo mezclado con el de otros tiempos, ese «dry martini» que se toman a solas los hombres hechos y deshechos.

En sus dos recientes y portentosos libros, «Fondo perdido» y «Vuelta de hoja», adviertes que Manolo es tanto Oriente como Occidente, el Sur como el Sur. Su poesía, mitad mar, mitad misterio, es la de un filósofo, la de uno de aquellos individuos que veían ponerse el cielo escarlata desde la Alhambra o, antes aún, en la Acrópolis, y se decían sin el más pequeño asomo de tristeza que el futuro ya no es lo que era; magos de las mil y una Españas que daban explicaciones naturales a los conflictos que se les planteaba. Uno de esos sabios es Manolo, modelo del 28, chiquillo del 40, que ha versificado como nadie el sentimiento lógico de la vida: la parsimonia, y que ha logrado, con su prosa de guardia cambiada, agrupar en unas cuantas docenas de signos llamados letras, algo que conocemos a este lado de la Vía Láctea como hondura, reflexión, humor y complejidad de la buena.

Y, además, tiene a Paula. Y a Lola. Y una afición creciente.

Manolo, amigo, hermano, te quiero, te admiro y te copio, no necesariamente en este orden.