Saramago presenta «La caverna»

MADRID. Trinidad de León-Sotelo
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La rueda de prensa que José Saramago ofreció ayer en Madrid con motivo de la presentación de «La caverna» estaba fijada a las 12.30. Desde mucho antes, los periodistas abarrotaban el salón de actos de la Casa de América. Las cámaras, más de cincuenta, cercan al escritor a su llegada. Todos quieren su imagen. Es más que satisfactorio que, en este caso, la «estrella» sea una personalidad de la cultura. Resulta gratificante contemplar la situación.

La complacencia no cesa cuando empieza un diálogo en el que el hombre que preside el acto da muestras de disfrutar respondiendo amplia y minuciosamente a las preguntas. «La caverna» (Alfaguara) vio la luz el pasado día 2. Ya está en la calle la segunda edición. Esta nueva novela del escritor que mereció el Nobel en 1998 forma parte de lo que él denomina una trilogía involuntaria, compuesta por «Ensayo sobre la ceguera», «Todos los nombres» y la que acaba de llegar a las librerías. ¿Qué las une? «Una unidad de intención en la diversidad de los temas. En la primera, se pierde la vista; en la segunda, es el nombre, y en la última, el trabajo». En efecto, los lectores de ABC ya conocen que en « La caverna» un humilde alfarero ve rechazado sus productos por el todopoderoso centro comercial para el que los hacía. Explotados y explotadores son el nudo gordiano de un libro que plantea graves problemas de la sociedad actual.

«La inseguridad de la ciudad ha convertido a los centros comerciales en las nuevas catedrales. Todo en ellos está limpio, organizado, no se viola, no se agrede....El problema no está tanto en la existencia del centro, sino en que es una consecuencia del desplazamiento del poder de un lugar a otro. Lo que sí critico es el espíritu autista que se apodera del consumidor obsesionado por adquirir cosas inútiles».

Responde con creces a cuanto se le pregunta y toca temas de actualidad. ¿Por qué no el conflicto de las vacas locas? Menciona a Celia Villalobos y deja clara su opinión con una frase: «Cuando hay motivo es necesario crear alarma social». Quizá esta vinculación con el día a día le viene del poso que dejaran en él sus años vinculados a la Prensa. «Cuando me quedé sin trabajo decidí dedicarme a la literatura por completo, pero había aprendido algo: hay que escribir 99 palabras cuando esas son las necesarias».