Tennessee Williams. ABC

El sabor amargo de la madurez en «Dulce pájaro de juventud»

Por Pedro Manuel VÍLLORA
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«Dulce pájaro de juventud». Autor: Tennessee Williams. Versión: José Luis Miranda. Intérpretes: Analía Gadé, Pep Munné, Gorgonio Edu, Lola Cordón, Francisco Lahoz, Francisco Piquer, Nathalie Poza, Luisa Fernanda Gaona, Pedro Casado, Juan Antonio Molina, Alejandro Navamuel. Dirección: Alfonso Zurro. Lugar: Teatro Principal, Orense.

Tras el éxito de «¿Quién teme a Virginia Woolf?», Juanjo Seoane ha vuelto a confiar en otro de los grandes textos que marcaron la mejor época del teatro norteamericano, y que encontraron cumplida adaptación cinematográfica de idéntico prestigio y alcance. Pero eran otros tiempos, cuando desde el teatro aún se creaban personajes poderosos y se contaban historias complejas, y cuando los cineastas aún consideraban que los diálogos y el entramado lingüístico tenían tanta importancia, si no más, como la factura visual de las películas.

«Dulce pájaro de juventud» (1959) corresponde a un tiempo en el que el espectador aún podía ejercer el noble arte de la escucha: la palabra se convertía en un elemento de seducción capaz de enganchar al espectador y conducirlo por senderos suntuosos que lo adentraban poco a poco en zonas que quizá no son fáciles de entender desde la razón y el análisis, pero que atañen directamente al sentimiento, a la emoción, a la pasión reprimida e insatisfecha.

UN CLÁSICO ACTUAL

Para ese espectador que podía tomarse su tiempo para que el personaje pudiese desarrollarse y mostrar su tensión interior por medio de la acción y la palabra, Williams creó una pieza larga, minuciosa y desasosegante que quizá sería difícil de aceptar hoy en toda su extensión por parte de un público más acostumbrado a la rapidez y a la concreción. Para este nuevo tiempo y este nuevo público, José Luis Miranda ha escrito una versión verdaderamente modélica. La historia, por supuesto, es la misma que escribiese Williams (un gigoló que empieza a perder su juventud pretende chantajear a una gran actriz en decadencia para que ésta lo introduzca en el centro del mundo del cine, a la vez que intenta recuperar un amor de juventud: la hija de un político sin escrúpulos que lanza sobre él toda la fuerza de su corrupción y su ira), si bien mucho más concentrada.

Se ha mantenido la elegancia de su lenguaje, pero se han eliminado digresiones y reiteraciones para centrar el conflicto; se ha variado la situación de alguna escena, para acercarse a la fragmentación de cierto teatro moderno; y se ha alterado sutilmente el final, a fin de hacerlo más atractivo y enigmático. Es decir, se ha tratado a Williams como el clásico que es: adaptándolo al gusto actual y sin perder su espíritu. Y lo mismo ocurre con la puesta en escena, que Alfonso Zurro ha hecho descansar sobre tres camas (la de Alexandra del Lago, la de la hija del Jefe Finley y la de la amante de éste) que expresan otras tantas formas de violencia y de angustia sexual.

Alfonso Barajas ha creado una escenografía excelente, de apariencia muy sencilla pero extraordinariamente efectiva, a base de una serie de paneles que remiten a las contraventanas y persianas de lamas de madera típicas del estilo colonial del sur de Estados Unidos. Permite el cambio de escenas con pocos y rápidos desplazamientos que nunca perjudican el ritmo de la función. Aparte, la iluminación de Josep Solbes, siempre atenta a la temperatura emocional de cada escena, especialmente con los verdes y rojos del más dramático segundo acto, contribuye en mucho a la buena factura de la producción. Pero el centro son los actores, con algún secundario espléndido, como el amenazador y violento Francisco Lahoz, y con dos protagonistas de gran categoría. Analía Gadé y Pep Munné hacen perfectamente verosímil la complicada relación de dos seres contradictorios y cuya personalidad va a ir a lo largo de la obra en direcciones opuestas. Ambos temen a la madurez, la rechazan, la escamotean, pero les acaba alcanzando y, con ella, también la realidad los atrapa. Transmiten al espectador esos deseos y esa angustia, y hacen a sus personajes dignos de una compasión que, tal vez, no merecen. Pero esa es su grandeza como intérpretes, y esta es la virtud de un teatro tan grande como éste.