El retrato de la duquesa de Aveiro, en la sala de restauración Real Academia de Bellas Artes de San Fernando
El retrato de la duquesa de Aveiro, en la sala de restauración Real Academia de Bellas Artes de San Fernando - Jaime García

El retrato olvidado de la gran intelectual del Barroco hispano

La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando ha adquirido una pintura perdida de María Guadalupe de Lencastre, una de las intelectuales más destacada del siglo XVII

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A veces, la memoria cabe en un olvido. Pongamos, por ejemplo, un pequeño cuadro del siglo XVIII que pasó inadvertido los últimos setenta años en una modesta colección particular, en mal estado por el paso del tiempo, con daños en la pintura que muestran que el lienzo fue doblado y torpemente restaurado. Hablamos de un óleo que encierra un personaje fascinante, una figura monumental que se sale de los límites cromáticos: la de una mujer que fue la gran intelectual de su época, una señora que se manejaba en todas las lenguas vivas de Europa y que dominaba el griego, el latín y el hebreo, que poseía una de las grandes bibliotecas del barroco hispano y que se codeó con los pensadores más ilustres de entonces. Hablamos, en fin, del retrato de María Guadalupe de Lencastre y Cárdenas (1630-1715) que acaba de adquirir la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Reverso del retrato, fechado en 1706
Reverso del retrato, fechado en 1706- Jaime García

«Ha entrado una gran mujer en la academia», comenta con orgullo José María Luzón, delegado del museo, mientras señala el retrato en la sala de conservación, donde lleva más de un mes. A falta del marco, la obra ya ha recuperado su lustre original. Lo ha hecho después de un minucioso tratamiento que ha incluido suturas, eliminaciones de retoques anteriores y barnices oxidados, según explica la conservadora Silvia Viana, responsable del procedimiento. «En el examen preliminar observamos el grave deterioro de la obra, que afectaba tanto al soporte como a la capa pictórica», añade.

Ahora todo eso es agua pasada y el retrato se revela como una obra de gran calidad, de una factura exquisita en el trazo, probablemente la de uno de los grandes pintores del siglo XVIII. «Posee rasgos precisos del estilo retratístico de Juan Carreño de Miranda o, en todo caso, de alguno de sus alumnos más dotados, que quizás pudiera ser Miguel Jacinto Meléndez», afirma Alfonso Rodríguez G. de Ceballos, catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid y autor del informe sobre la obra.

La reaparición de la obra

El cuadro reapareció en los años cuarenta gracias a que el poeta José María Álvarez Blázquez lo compró en un anticuario gallego. No estaba en buen estado cuando sus herederos lo pusieron a la venta por un precio modesto y la Academia, que lo adquirió como una obra interesante, ha tenido la fortuna de encontrar un pequeño tesoro.

No se trata del único retrato que se conserva de esta mujer, que ostentaba con orgullo el título de duquesa de Aveiro. Se conocen, al menos, otros dos. El más antiguo data de 1682 y nos presenta a una mujer joven, que no aparenta los 52 años que tenía cuando lo pintaron, junto con sus tres hijos. Es una obra anónima que está en el Monasterio de Guadalupe de Cáceres, donde descansan también los restos mortales de nuestra protagonista, profunda devota de la virgen del lugar. El otro es más conocido, pues cuelga en el Museo del Prado. Se trata de un lienzo de principios del XVIII en el que vemos a una duquesa envejecida, pero que no ha perdido un ápice de presencia.

Retrato de la duquesa de Aveiro en el Museo del Prado
Retrato de la duquesa de Aveiro en el Museo del Prado- ABC

Esta segunda obra, firmada por Francisco Ignacio Ruiz de la Iglesia, es muy similar a la adquirida por la Real Academia de Bellas Artes. En ambas vemos la misma pose y expresión de María Guadalupe, las mismas vestimentas, el mismo punto de vista. De hecho, se especula con que uno sea copia del otro. La diferencia más notable reside en la edad: en el retrato del Prado la duquesa parece mucho más envejecida (y enferma) que en el otro. «En todo caso, la existencia de estos dos retratos hechos en la ancianidad de la retratada viene a demostrar que esta mujer fue muy bien conocida y singularmente estimada no solo durante el reinado del último Austria, Carlos II, sino igualmente en el arranque de la nueva dinastía de los Borbones con Felipe V».

Fama internacional

Per su fama se extendía más allá de los límites de la península ibérica. En el entonces lejano México, Sor Juana Inés de la Cruz escuchó hablar de sus grandes méritos. Fascinada, le dedicó un extenso romance en el que exaltaba su figura y, en un alarde de modernidad adelantaba a su tiempo, reivindicaba su condición de mujer fuerte e inteligente: «Cifra de las nueve Musas/ cuya pluma es admirable/ arcaduz por quien respiran/ sus nueve acentos süaves;/ claro honor de las mujeres/ de los hombres docto ultraje,/ que probáis que no es el sexo/ de la inteligencia parte».

Tal y como se confirma en el mismo romance, las noticias de la duquesa de Aveiro llegaron a oídos de la escritora gracias a la expansión de la fe católica que la mecenas promovió en el Nuevo Mundo. De hecho, María Guadalupe mantuvo una extensa relación epistolar con uno de los grandes intelectuales jesuitas del momento: Eusebio Kino, el matemático y astrónomo responsable de la promoción cultural de las misiones en California, una figura muy respetada en Estados Unidos, pues fue contado entre los Padres Fundadores de la República y, a día de hoy, tiene su correspondiente estatua en el Capitolio de Washington.

A pesar de que fue uno de los grandes nombres del Barroco, el paso del tiempo ha sumido a esta figura en un olvido especializado: el de los (escasos) artículos académicos que recuerdan su faceta como impulsora de las misiones jesuitas. «Si en la historiografía de la labor misionera la figura de la Duquesa de Aveiro es mencionada con alguna frecuencia, su personalidad no parece haber interesado hasta ahora a los historiadores de la cultura», lamenta Luís de Moura Sobral, investigador de la Universidad de Montreal. Sin embargo, este pequeño retrato, de 40 por 44 centímetros, revela a una figura mucho mayor que su reconocimiento actual. Una figura que, como diría el filósofo Saint-Simon, era «excepcional por su espíritu y su erudición» y que murió con las botas puestas, redactando una gramática del chino para formar a los misioneros que marchaban a Oriente.