Carlota Carretero en «Salomé U» ABC

Repertorio español

Por Alfonso ARMADA
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Fundado hace la no pequeña friolera de 33 años, Repertorio Español es uno de esos destinos secretos que los viajeros que llegan del otro lado del mar raramente visitan, acaso demasido deslumbrados y atraídos (el turista es una mariposa nocturna) por las luces de Broadway, por los legendarios musicales de Broadway, y les importa una higa que los musicales no vivan precisamente su momento más glorioso, porque en el paquete que la memoria trae preparado de antemano un musical de Broadway es tan necesario para el neceser del visitante como subir al mirador del Empire State, pisar la hierba del Parque Central (perdón, Central Park) y darse un garbeo por los intestinos y los sesos de la estatua de la Libertad. Claro, no se van a volver a España contando que han estado en un teatrito de la calle 27 llamado Repertorio Español donde representan, en el corazón de Manhattan, teatro en español, cuando el teatro no es en España una de las bellas artes y mucho menos un arte de los que se puede presumir (oigan sino a Javier Marías explicar por qué detesta el teatro: entre sus argumentos dice que le gusta que de un grifo salga agua. Seguramente no tuvo la suerte de ver cómo en «Macunaima», dirigida por Antunes Filho, con una regadera sin agua recreaban el río Araguaia con más pureza y caudal para la imaginación que cualquier grifo abierto de par en par, o con periódicos recreaban un poblado amazónico y un ejército con más propiedad y recovecos para la imaginación que la más minuciosa película de la realidad. Pero ésa es otra guerra).

La batalla del Repertorio Español es la del teatro en esta lengua que ha empezado a plantar cara al inglés en sus propias fauces, no en vano el último censo dice que los hispanos ya son 35 millones y pronto habrá en Estados Unidos más hispanoablantes que en la lejana y a menudo insufrible madrastra patria. Es un teatrito modelo Cuarta Pared, pero más coqueto, con buenas butacas, alfombra, ventanas falsas con luz de imaginación y un escenario amplio, balcón en torno al patio que recuerda vagamente a un corral de comedias y el entusiasmo de hablar español en tierra ingrata. La República Dominicana ocupa estos días su cartelera con dos obras del Teatro Simarrón.

En «Salome U. Cartas a una ausencia», basada en la obra «Y no todo era amor», de Chiqui Vicioso, Carlota Carretero saca adelante un texto que no siempre acierta a darle pasaporte dramático a las palabras con las que la estupenda actriz se lava (sin agua, sólo con la memoria de los sentidos: manos que hacen como si se mojaran y escurrieran, pies que se meten en el mar imaginario y allí lo hacen comparecer, con el misterio del cuerpo en movimiento), pero que con raro coraje y la ayuda de Jorge Pineda y Henry Mercedes, responsables de la sobria y al mismo tiempo rica puesta en escena, hace fraguar puritito teatro. La historia de la poeta Salomé Ureña podía servir de homenaje a la de tantas mujeres abandonadas, a las que Rosalía de Castro llamo en un verso heroico «viudas de vivos e mortos», «viudas» de aquellos emigrantes gallegos que se iban a hacer las Américas y raramente volvían, y si regresaban muchos lo hacían para morir en la tierra, pobres y enfermos. En «Cartas a una ausencia» se recrea el viaje que Salomé hace en barco desde Puerto Plata a Santo Domingo «para ir a morir al lado de su madre». Las cartas a su amado, en París, acaban convirtiéndose en visibles barquitos de papel que ella dobla y desdobla. El catafalco hace de cama y barco y de rampa que baja al mar. Pese a sus ingenuidades y errores en la dirección, que le hacen toser una tos falsa e innecesaria, la obra, ante un teatro casi lleno un sábado por la tarde, rompe en pedazos el estereotipo de los hispanos que sólo alimentan el degradante esplendor de los culebrones en canales de televisión que mantienen a fuego lento el círculo de tiza de la ignorancia. Con teatros así se rompe el cerco.