Inés Argüelles

El Real, un teatro gestionado por las urnas

SUSANA GAVIÑA/
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El pasado 1 de septiembre sucedió lo que se esperaba, la gerente del Teatro Real, Inés Argüelles, remitía una carta a la ministra de Cultura presentando su dimisión, consecuencia de la falta de apoyo del gobierno entrante, elegido en las urnas el pasado 14 de marzo. Los votos que refrendaron la llegada al poder del PSOE se convirtieron en la mejor coartada para los sucesivos cambios de los responsables de instituciones culturales, elegidos durante el gobierno anterior del Partido Popular. Los más sonados fueron los del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Juan Manuel Bonet) y, más recientemente, el Teatro Real. La ministra de Cultura, Carmen Calvo, no se reunió con ellos para hablar de la gestión desempeñada durante sus mandatos.

A pesar de que la ministra anunció que «apretaré las clavijas en la gestión, que tiene que ser muy transparente, muy objetiva y muy eficaz con el dinero público», Calvo presidía el 19 de julio el Patronato de la Fundación Teatro Lírico, en el que fueron aprobados «por unanimidad» la liquidación de las cuentas de 2003 y el presupuesto de 2005, acto en el que también se «felicitaba» al teatro por la claridad en la presentación de los datos, según desvelaba la propia gerente en un comunicado remitido a la prensa el día de su dimisión. Esto hace pensar que no ha sido la gestión del dinero la causa de la falta de apoyo que ha mostrado Calvo en reiteradas ocasiones hacia Argüelles durante estos meses. Su decisión parece más ligada a la proximidad de la gerente saliente al Partido Popular -su última ministra de Cultura, Pilar del Castillo, fue quien la nombró en sustitución del dimitido Juan Cambreleng, a finales de 2001-, que los motivos profesionales.

«No heredo políticas del PP»

Calvo lo había dejado claro en un viaje a Asturias -precisamente la tierra de adopción de Inés Argüelles-, en unas declaraciones a la prensa en las que afirmaba sin tapujos: «Yo no heredo políticas culturales del PP».

Tanta falta de estabilidad puede llevar a un cierto desasosiego y plantear una interrogante, ¿la cultura en España está en manos de profesionales o de los políticos? Éste es un mal que, en lo que se refiere al Teatro Real, afecta por igual a políticos de muy distinto color. Sólo hay que remontarse a 1996, cuando aún se suspiraba por reabrir el coliseo madrileño tras largos años de obras y de dinero invertido (fue reinaugurado el 11 de octubre de 1997). A principios de ese año, el 12 de enero, Elena Salgado era nombrada directora general de la Fundación Teatro Lírico, encargada de gestionar el coliseo madrileño. En aquellos momentos, el Partido Socialista apuraba sus últimos días de mandato, y tenía como ministra de Cultura -y presidenta de la mencionada Fundación- a Carmen Alborch, quien abiertamente demostró su apoyo y confianza en Salgado. Dos meses después, en marzo, las urnas pasaban el testigo del poder al Partido Popular. Esperanza Aguirre sustituía a Alborch y el proyecto de Salgado comenzaba a hacer aguas.

A pesar de que desde el gobierno Popular la acusaban de tomar decisiones erróneas, la clave de su salida estaba entonces donde se encuentra hoy: el cambio de gobierno implica siempre un cambio de proyecto. Y el responsable del Teatro Real está condenado a depender de los cambios pronunciados en las urnas.

Muy distinto en Europa

¿Pero es éste el modelo de gestión que prevalece en los teatros o instituciones culturales de otros países? No. Dejando aparte los teatros norteamericanos, que dependen de la financiación privada, en Europa hay ejemplos de longevidad en lo alto de sus organigramas. Este es el caso de Hugues Gall, director de la Ópera de París durante 10 años y que por motivos de edad acaba de pasar el testigo a Gérard Mortier;en Austria, Ioan Holender, tras ser secretario general de la Staastoper y la Volksoper de Viena entre 1988 y 1992, fue nombrado director de la Ópera de Viena en 1992 y tiene contrato hasta 2007: el mismo Daniel Barenboim, al que siempre relacionan con el teatro madrileño, asumió la dirección artística y musical de la Staatsoper de Berlín entre 1992 y 2002, año en el que trasladó la responsabilidad artística a Peter Mussbach, mientras conservaba la musical; en Suiza, Alexander Pereira es director de la Ópera de Zurich desde 1991 y tiene contrato hasta el 2011. Esto es, veinte años al frente de esta institución. Sin salir de nuestras fronteras, hay que mencionar a Josep Caminal, director del Liceo de Barcelona desde 1993 -aunque entre 1994 y 1999 permaneció cerrado por el incendio, se continuó programando en otros espacios-. El cambio de signo del gobierno de la Generalitat no supuso un relevo en la dirección del teatro catalán.

Hace tan sólo unos días, el propio director musical del Teatro Real, Jesús López Cobos, que asumió la dirección general de música de la Deustch Oper de Berlín entre 1981 y 1990, lamentaba en una declaraciones a Efe que las instituciones culturales de países como Italia o España estuvieran «demasiado expuestas a los vaivenes de la política», algo a lo que él no está acostumbrado. «Sé lo bueno que es no depender de ellos». El músico reivindicaba, una vez más, «estabilidad» para el teatro madrileño.