El pasado 11 de abril, doctor «honoris causa» por la Universidad Autónoma. Efe.

Rafael Sánchez Ferlosio: «La patria es la criatura congénita de la guerra»

Rafael Sánchez Ferlosio, autor de cumbres de la novela española del siglo XX («El Jarama», «Alfanhuí»), abomina del «pensamiento único», porque ese tipo de expresiones, simples como consignas, amenazan convertirse en símbolos de mero reconocimiento personal. Tras el «honoris causa» de la Universidad Autónoma, ultima un demoledor ensayo sobre la educación en España, que ha estado a punto de titular «Borriquitos con chándal».

ANTONIO ASTORGA
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MADRID. -El mundo ¿está repleto de «adalides de la verdad universal», poblado de «paladines de la verdad moral»? ¿No hay otra punta de lanza para el «rearme moral» más que el bombardeo?

-No creo que el mundo esté «repleto» de tal clase de adalides. Las religiones protegen sus creencias y cuidan de sus fieles, unas con mucho celo, otras con menos. Tan sólo algunas son proselitistas. El judaísmo no lo fue más que a partir del siglo III a. C., con el predominio de los fariseos, pero por poco tiempo y sin ningún empeño desmedido; en el Imperio Romano fue la única religión oficialmente reconocida, merced a la gratitud de Julio Cesar, que cuando, después de Farsalia, pasaba por Palestina en persecución de Pompeyo, recibió de los judíos el apoyo de unos 2.000 mercenarios; su recompensa fue refrendada por Octavio Augusto con la «Lex Iulia de collegiis». Otros cultos importados, como el de Mitra o el de Isis, fueron tan sólo tolerados, -«disimulados», como se decía en el siglo XVI- pero en tiempos de Augusto había en Roma hasta siete sinagogas, todas en Trastevere, y el número de los judíos de religión se ha calculado en un 10 por ciento de los 60 millones de habitantes estimados por todo el Imperio. El cristianismo, que en un principio fue acogido por la sinagoga como una secta más, aunque con restricciones (basta seguir los viajes de San Pablo, yendo de sinagoga en sinagoga, en los «Hechos de los Apóstoles»), logró pronto tal auge que debió de desalentar el proselitismo judaico; las persecuciones contra los cristianos hicieron lo demás. Pero ni la destrucción del Templo en el 70 d. C. ni la rebelión de Bar Koshiba, en el 135, dieron lugar a que las sinagogas dejasen de ser respetadas en el resto del imperio, salvo con la restricción, impuesta por Adriano, de que los judíos no aspirasen a ningún poder político.

-El Islam ¿es proselitista?

-Sí, lo fue. Su instrumento de conversión fue desde el primer instante el de la guerra y la conquista, pero al judaísmo y al cristianismo, «religiones del Libro», les dieron a escoger entre la fe y el tributo. El Islam fue, en general, bastante tolerante con esos otros dos monoteísmos, especialmente los turcos otomanos, con su institución jurídica de los «millet». Los mahometanos transformaron en mezquitas casi sólo los templos cristianos o las sinagogas desalojados a causa de la guerra. Lo hicieron, desde luego, con Santa Sofía de Constantinopla, tras la conquista de 1453. Pero hoy el Islam ya no es proselitista y sólo persigue, ferozmente eso sí, a sus apóstatas o herejes. Es cierto que algunos andaluces de hoy en día, añorantes del Califato de Córdoba -mentalidades holgazanas, que no tienen cosa mejor que hacer más que ir en busca de su «auténtica identidad»-, se han pasado voluntariamente a «la secta de Mahoma», como se decía en el siglo XV, pero doña Marta Ferrusola puede dormir tranquila: los moros del Maresme no van a hacer mezquitas de las iglesias del románico pirenaico.

La Roma de Wojtila

-Y ¿el cristianismo? -El ardiente proselitismo cristiano no empezó usando la guerra para la conversión, sino la predicación pacífica; sólo en el entresiglo IV-V San Agustín cambió de opinión respecto de la Herejía Donatista y requirió contra ella las armas del Imperio. Sólo con la conquista de las Yndias el por entonces ya vetusto «Compelle eos intrare» entró en juego de veras, y la guerra (ya no como castigo contra herejes, sino como medio de conversión contra «paganos», o «sin seta» -sin secta-, como decía Colón) se hizo de facto o virtualmente el medio de predicar la Fe entre los indígenas. Hoy la Iglesia Romana intenta «el diálogo» con otras confesiones; un diálogo imposible, a mi entender, pues las «creencias» no dialogan, sólo pueden hacerlo las «ideas»: vaya a decirle usted a un creyente mahometano que someta el Corán a una exégesis, aunque nada más sea tan limitada como desde Santo Tomás y, sobre todo, desde Trento vienen haciendo los católicos con sus Escrituras. Pero si la Roma de Wojtila intenta el «diálogo» con otros credos, lo hace al menos con comedimiento y con respeto. No así, por el contrario, los 60 doctores y teólogos que han firmado la «Nonnunquam opus est», que han procedido casi arrollando como por monte en que todo fuese orégano -y orégano de genuino «flavour» americano- o como ameba dispuesta a fagocitar hasta la Piedra Negra de la Meca, con su explícita pretensión de «homologar», como diría un periodista deportivo, a todos los dioses y a todos los creyentes de este mundo, alcanzando el extremo de la indignidad en las frases finales dirigidas al Islam: «Nosotros queremos dirigirnos en particular a nuestros hermanos y hermanas (sic) de las sociedades musulmanas. Y os decimos sin ambages: nosotros no somos enemigos vuestros, sino amigos vuestros; no debemos ser enemigos los unos de los otros. Tenemos demasiados puntos en común (sic). Tenemos muchas cosas que hacer juntos (sic). Vuestra dignidad humana, no menos que la nuestra -vuestro derecho a una buena vida, no menos que el nuestro-, por eso es por lo que creemos combatir (sic)». Dígame usted cómo casan esas frases con la ciega actuación de los bombardeos, que hasta el momento ha sido prácticamente la única relación (dejando aparte empecinadas y casi conminatorias presiones diplomáticas sobre todo a Pakistán) con naciones del Islam, como no sea interpretando ese «por eso es por lo que creemos combatir» con algo así como «bombardeamos Afganistán por el bien de nuestros hermanos y hermanas de las sociedades musulmanas, en nombre de la amistad que deseamos, por su dignidad humana y su derecho a una buena vida, no menores que los nuestros». Lo menos que podríamos decir, y aun así no sin el más arduo esfuerzo de buena voluntad, es que no era, en verdad, ocasión mínimamente oportuna para lanzarse a tan fervorosas expresiones de fraternidad y benevolencia. No otra es la razón de haber sacado a relucir el bombardeo como tercera condición -maguer sea sólo implícita- que confiere a los Estados Unidos la prerrogativa de adalid, pues, en efecto, esparciendo la mirada en derredor, ante el carácter religioso-moral de la «Nonnunquam», los ojos no encontraban ningún otro instrumento activo que pudiese estar cumplimentando esa función de «adalid de la verdad universal», como no fuese precisamente el bombardeo. No podía ser más que él, y la explícita e inequívoca moralidad de nuestra encíclica obligaba a inscribirlo en el contexto comprensivo de un «rearme moral», aunque esto último llevaba también segundas intenciones de sarcasmo contra esa expresión tan repelente a mis castísimos oidos. «Rearme moral» connota una concepción de la moral que la reputa por cosa que pudiese deliberadamente fabricarse en un taller bajo proyecto y sobre diseño de la plantilla, como un instrumento o un electrodoméstico de reconocida utilidad para esta vida y acaso también para la otra. No es que «rearme moral» figure así, a la letra, en el texto de la encíclica, pero sí que parece como tácitamente sugerido en un pasaje que lamenta, incitando a la enmienda, la disipación o «el pasotismo», como dirían los españoles, de la sociedad actual: «¿Cuáles son nuestros valores? -dice-. Muchos americanos, y particularmente una mayoría de los firmantes de esta carta (ya que la encíclica trae presentación de «epístola») consideran que algunos valores americanos no son muy plausibles, cuando no hasta nocivos: el consumismo como forma de vida, la libertad concebida como ausencia de normas, la idea de que el individuo es soberano de sí mismo y se las compone de por sí, sin deber nada o casi nada a nadie, el debilitamiento del matrimonio y de la vida familiar. Y todo eso, sin entrar ahora en el enorme tejido de las comunicaciones, de toda suerte de productos culturales, que glorifican sin medida esos valores, sean bien o mal venidos, y los difunde por casi todo el mundo. «A nosotros, americanos, nos toca, pues, un gravoso cometido, y no sólo desde el 11 de septiembre: tenemos que mirar cara a cara, con objetividad, esos aspectos poco plausibles de nuestra sociedad y esforzarnos por mejorarlos». ¡La espada del arcángel!-Sostiene que la guerra contra Afganistán ha tenido una segunda utilidad «seguramente ya prevista por el Pentágono: la de servir de campo de experimentación del armamento».-Que las armas pueden ser causa de la guerra lo sugiere ya la presión de los traficantes «en busca de clientes». ¿No le parece que comunidades o grupos, sobre todo los descontentos con su situación, pueden sentirse fuertemente tentados por la oferta de un instrumento, a menudo mejorado y por tanto superior frente al que tienen sus rivales, que pondría en sus manos un poder capaz de estimular o renovar sus esperanzas? Los traficantes se ven a su vez tentados por las ganancias que promete una industria de armamento a la que la implacable presión de la competencia, en medio de la ya incontenible necesidad de «crecimiento», obliga a lanzar al mercado cada vez más sofisticadas novedades. Pero además, la prolongada competición entre las dos grandes facciones de la Guerra Fría por ganar posiciones «geoestratégicas» (y de paso note usted el significado y el alcance monstruoso que comporta esta palabra) ha venido enseñando y difundiendo hasta los más recónditos rincones de este mundo el mortífero vicio de la concupiscencia de las armas. Las leyes nacionales que restringen el comercio de armamento se rigen por el criterio de una sumaria distinción entre países «buenos» y países «malos», pero no habiendo ningún acuerdo entre naciones productoras de armamento sobre los que son lo uno o son lo otro, la diferencia acaba redundando en aquella famosa dualidad de Schmitt: «amigos» o «enemigos».  -¿En qué irá a parar la cosa?-No puedo saberlo yo, pero entretanto ya han asomado los cuernos de un viejo demonio: el ex secretario de Defensa americano, William Cohen, ha destapado la olla en la que hierve la letal ponzoña, con la premonición de que el peso del valor político de cada nación volverá a depender más fuertemente del peso en hierro de sus armamentos. Y esto es lo que define con suma precisión lo que en tiempos que ya creíamos pasados se llamaba «política de potencias». ¡La espada del Arcángel San Miguel nos coja confesados! Aparte de esto, el renovado impulso que puede recibir «la carrera de armamento» podría llegar a reducir enormemente las ya ridículas ayudas a los «países pobres», que son, por lo demás, congénitamente inviables para la economía de mercado, en la medida en que el inexorable imperativo «O crece o muere» de «la competitividad» y «el crecimiento» obliga a revertir las nuevas producciones sobre países que ya pueden pagarlas, aunque los «Arbeitgeber», los «dadores de trabajo», se lo den a los países que se conformen con los sueldos más baratos. El nacionalismo excluye-Ha hablado de la súbita «borrachera» del presidente Bush, al proclamar el estado de guerra, y del Capitolio, al concederle, en una explosión de euforia, los poderes de guerra, con el aplauso de una gran mayoría de la nación... -...Pero esto no responde a un achaque especial de los americanos, sino que es propio del patriotismo en general, pues la patria es criatura congénita de la guerra; si ha sido especialmente clamoroso entre los americanos es por su orgullo de ser «la nación más poderosa del planeta» o, en palabras de los predicadores televisivos, «la más bendecida por Dios a lo largo de la historia», que ante el atentado de Nueva York y del Pentágono no sólo han sentido una herida en sus carnes, sino un ultraje al prestigio nacional: «¡A nosotros!». El patriotismo de los americanos es distinto del de los europeos; no es, en un sentido específico de la palabra, «nacionalista». El nacionalismo tiene rasgos «muy históricos», en un sentido enfático de la expresión; lo que quiere decir que se refiere a contenciosos con enemigos que son «viejos conocidos», «vecinos de toda la vida», personajes bien caracterizados, como los de Moliére o del teatro de marionetas italiano -Pulcinella, Pantalone, Arlecchino, etcétera- en la comedia, no ya por cómica menos sangrienta, de la Historia, y es señaladamente fronterizo, «lingüístico cultural» y territorial. La diferencia entre la «res disputatae» determina la de las formas de representarse, concebir y protagonizar unas u otras guerras; y siempre será la guerra, madre de la patria, la que dé su fisonomía al patriotismo. El patriotismo americano presenta un curioso tinte como decimonónico, anticuado, ante los ojos de los europeos, que hasta les hace sonreír con ese culto ritual a la bandera o la teatralidad de llevarse la mano al corazón, a veces con el sombrero entre los dedos, a los acordes del himno nacional. Pero nada hay de «nacionalismo» en Norteamérica -el nacionalismo excluye, por definición, cualquier tendencia «aislacionista»- y no digamos de tentaciones «totalitarias» propiamente dichas: los americanos son anarquistas, antiestatistas -como acérrimos individualistas liberales-, y nada hay más disparatado que tachar de «fascista» el espíritu de ciertos grupos de la ultraderecha americana: serán racistas, «supremacistas» (grotesca palabra), fanáticos del culto de las armas, pero, por mucho que algunos se complazcan incluso con la cruz gamada, va contra su naturaleza la idea de un Líder nacional, de un Estado unitario que se mire en el espejo de la Historia. Es cosa paradójica, pero precisamente esos grupos ultraderechistas, aun los de cruz gamada, vienen a ser los más antiestatistas, más localistas, hasta el extremo de que algunos querrían rebajar incluso la autoridad de los Estados singulares que componen la Unión, en favor de los Condados, «Counties», como unidades administrativas dominantes. La paradoja del patriotismo americano confuta aquella distinción que, en uno de sus peores momentos, hizo Max Weber, entre naciones «con una misión en la Historia Universal» -su ejemplo era Alemania- y naciones «domésticas» -su ejemplo era Suiza-, porque la patria a la que se refiere conjuga ese antiestatismo particularista. De modo que la «borrachera» del momento, a la que yo me refería, hay que entenderla con la circunspección que sugieren estos rasgos peculiares, lo cual tampoco quiere decir que los Estados Unidos sean por ello una nación menos peligrosa para el mundo entero. Y acaso más peligrosa, si me apura, en la medida en que su «universalismo» padece la buena conciencia de una acendrada, amén de anómala, religiosidad.-Por último, díganos, si la patria no puede ser más que hija de la guerra, ¿el patriotismo, de quién desciende?-Algún historiador ha señalado que la primera vez que la noción de «patria» cobró, en la Antigüedad, un sentido enfático, y esa mala pasión del patriotismo fue ensalzada como una virtud, fue a raíz de las Guerras Médicas y por boca de los Helenos, con sus victorias sobre los Persas en Maratón y Salamina, en Platea y Micala; y entre los Romanos creo que fue Cicerón el que escribió: «Nobile e dignum est pro patria mori».