El escritor, ayer en su casa de Madrid, tras conocer la noticia

Rafael Sánchez Ferlosio: «La libertad no quiere decir nada»

POR ANTONIO ASTORGA/
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Mañana cumple 77 años este espíritu tímido, irónico, sutil, locuaz, sabio, libre, incisivo, generoso, sublime, feroz, polémico y tierno llamado Rafael Sánchez Ferlosio. Ayer cumplió con Cervantes, un premio del que espera que «aliente a leer todos mis rollos, que son muy pesados», dice el articulista de ABC

Rafael Sánchez Ferlosio no es un ser huraño (que huye y se esconde de las gentes); lleva dentro de sí a uno de los seres más sensibles y entrañables que uno pueda encontrar. Ayer no huyó de los periodistas; es más, los agasajó con exquisita generosidad. Pocos saben que en la portería está su refugio para escribir: «¡Pero ahí no entra nadie!». Es el «sancta sanctorum» del escritor. Su esposa, Demetria, una mujer encantadora, ordenaba el fabuloso ajetreo de periodistas que iban a alterar la paz en el hogar de los Ferlosio. Atendía las llamadas telefónicas -«es que aquí casi nunca llama nadie», se sorprende don Rafael- y organizaba la «tourneé» de radios y televisiones. Cuando Sánchez Ferlosio se disponía a pasar la tarde escribiendo, una llamada del Ministerio le «agobió»: le acababan de conceder el premio Cervantes. Le entró «agorafobia», «pánico», «terror»...

-¿Le enorgullece el premio?

-No sé lo que es tener orgullo. Me parece bien este premio, porque ayuda a que los libros se lean.

-¿Cree que en usted se reconoce a esa «olvidada» y maravillosa generación de «los niños de la guerra», de la que habla Miguel Delibes en «España 1936-1950: Muerte y resurrección de la novela». El grupo de Ignacio Aldecoa, Josefina Rodríguez, José María de Quinto, Jesús Fernández Santos, Medardo Fraile, Carmen Martín Gaite, usted...

-Yo tenía mis rasgos, pero eso de las llamadas «generaciones» es un redondeo que se hace con personas que han nacido en torno a la misma época. Es un «Ortegajo». A Carmen Martín Gaite, que fue mi primera mujer, se le ocurrió esa palabra del «Ortegajo» para hablar de generaciones. Yo se la he robado a ella. La utilizo para referirme a las citas de Ortega. Ana María Martín Gaite, hermana de Carmen, me ha llamado llorando, emocionada. Tengo que hablar con ella. Demetria, tenemos que llamar a Ana María.

-¿Qué le ha dicho la ministra?

-Que muchas enhorabuenas.

-¿Y usted qué le ha respondido?

-Pues que muchas gracias.

-¿Y qué le dice Cervantes?

-De Cervantes tengo bastante escrito. Cosas publicadas y anotadas. Lo guardo para el discurso en Alcalá.

-¿Para qué sirve un premio así?

-Lo que más me interesa de este premio es que aliente a leer todos mis rollos, que los hay muy pesados. Yo no soy un «best-seller»; yo soy un «worst-sellers» (worst significa en inglés peor), en el sentido de que no vendo nada. En estos momentos me interesa más que lean mis cositas.

-¿Qué cositas?

-Siempre me ha gustado que se leyeran aquellas cosas dignas de decirse. Tengo un ensayo sobre la lengua, titulado «Glosas castellanas», incluidas en mi libro «El alma y la vergüenza». Es uno de los textos que más satisfacción me ha dado. Hay también un relato que me gustó mucho cuando lo terminé. Se trata de un cuento de dos folios y medio que lleva por título «El reincidente».

-Este verano «reincidió» usted regresando a la literatura con un relato publicado en Blanco y Negro Cultural titulado «Carta de provincias». Estaba dedicado a Miguel Delibes, que le incitó a volver.

-Sí, quería terminar un cuentecito que tenía empezado y se lo quería dedicar a Miguel Delibes, una persona a la que siempre estimé, aunque con él he tenido muy poca relación.

-Las cinco personas que han avalado su candidatura al Cervantes han sido Miguel Delibes, Fernando Savater, José Jiménez Lozano, Gonzalo Rojas y Javier Cercas, autor de «Soldados de Salamina», novela que trata sobre su padre, Rafael Sánchez Mazas. ¿Es, tal vez, una forma de agradecimiento o «descargo de conciencia» de Cercas por haber utilizado a su progenitor en esa obra de tanto éxito?

-Hombre, Cercas tuvo la gentileza de mandarme mecanografiado el original de su obra, pero no leo novelas, porque me aburren. Y la de Cercas tampoco la he leído, ni he visto la película. En cierta ocasión me pidió permiso para venir a verme. Yo le dije que sí, «pero sin interrogatorios», le apunté.

-Dicen que este premio se concede a un «espíritu libre» como el suyo. ¿Vive, usted, don Rafael como un «ente autónomo» del siglo XVIII?

-Bueno, eso de la libertad, nunca he sabido qué es. Uno es un cruce de influencias, que se pelean y abrazan entre sí. La idea que tenían los ilustrados de la libertad o de la autonomía no me ha resultado. ¡Como si uno viviera en un mundo de muy pocos contrarios! No quiere decir nada o quiere decir muy poco para la experiencia individual.

-¿Es entonces usted un hombre a contracorriente?

-Cuando hay una corriente contraria o cuando hay una corriente que me agrede. Uno no puede soportar las guerras de agresión y de venganza en Afganistán e Irak, a quien han machacado a bombazos. Mire, Fidel Castro se comporta como un magnífico histrión cuando dice: «¡¡¡Aznarrssiitoo!!!» o pronuncia la palabra «Mariconssson». Es un histrión magnífico, aunque no me gusta nada. Pero como histrión es perfecto.

(De repente aterrizan en su domicilio más cámaras. Ferlosio las interroga: «¿Me van a hacer fotos? ¿Para qué? Si estoy aquí viejo, feo, desaliñado y malo. Además, se me ha roto la prótesis, aquí, miren, y tengo que acordarme de tener la boca cerrada»).

Pero Ferlosio, afortunadamente, no cierra la boca. No se acuerda de callar, lo cual entristecería a la legión de sus admiradores. Sigue escribiendo en su cuaderno «cosas tensas» o «reflexionando». Entre esas reflexiones, un apunte sobre la «paranoia» de Aznar tras su comparecencia ante la Comisión del 11-M: «Es una persona con un delirio paranoico -asegura-, porque se cree que todo gira en torno a él; piensa que si hubiera cambiado de fecha las elecciones, hubiera pasado otra cosa». Sostiene Ferlosio que en el terreno literario «no ha salido nada bueno después de Kafka», a quien él jamás se atrevería a imitar. Le aburre fabulosamente el panorama de la política nacional e internacional, a la que tilda de «espantosa». Literatura, apenas lee, y de su obra, cumbre de la literatura española, ni hablar.

-¿Le sigue abrumando, hoy, «El Jarama»?

-Esa novela la tengo perdida ya en la noche de los tiempos.