Los profetas olvidados de la Primera Guerra Mundial: los hombres que pronosticaron el horror

Varios políticos trataron de elevar su voz sobre el optimismo reinante, advirtiendo que el conflicto podía convertirse en una pesadilla de larga duración y millones de muertos

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En vísperas de la Primera Guerra Mundial el clima de opinión reinante entre los líderes políticos y militares del continente apuntaba a que el estallido de la guerra, ya inminente, iba a dejar paso a un conflicto rápido protagonizada por las estrategias ofensivas. Los teóricos militares, sin embargo, se estaban equivocando completamente en sus cálculos. «El fracaso de las estrategias ofensivas dio paso a una guerra de desgaste, con una enorme cifra de bajas», asegura Ian Kershaw, que estos días presenta su nuevo libro, «Descenso a los infiernos» (Crítica).

Desde 1871 no se vivía una guerra importante en Europa, y los cambios en armamentos se habían sucedido a un ritmo vertiginoso: fusiles de cerrojo, ametralladoras, obuses, pólvora sin humo, explosivos de nitrato, cureñas de cañón que absorbían el retroceso, aparición de acorazados, tanques, gases, aviación, etc. A su vez, los Estados Mayores europeos, inspirados en la estructura prusiana de principios de siglo XIX, se mantenían ajenos a los cambios, aletargados por el periodo de paz y la errónea impresión que aportaban las guerras coloniales –caracterizados por ser conflictos breves a muchos kilómetros de la metrópolis–. Así, cuando el 3 de agosto de 1914, Alemania declaraba la guerra a Francia, dando inicio a las hostilidades, por muchos rincones de Europa se recibió con euforia la noticia ante la previsión de que sería un enfrentamiento breve y decisivo.

«Veo un destino funesto sobre Europa»

Algunas voces trataron de alertar a los líderes políticos de su error. El secretario del Foreign Office británico, Sir Edward Grey, ha pasado a la historia por su premonición: «Las lámparas están apagándose en toda Europa. No volveremos a verlas encendidas en lo que nos queda de vida». No fue el único profeta en medio de aquel ambiente exageradamente optimista. El canciller del Reich alemán, Theobald von Bethmann Hollweb, advirtió a finales de julio de 1914: «Veo un destino funesto sobre Europa y sobre nuestro pueblo». Asimismo, el socialista August Bebel había afirmado tres años antes, en el parlamento alemán, que la guerra que estaba por venir tendría consecuencias catastróficas: «La Götterdämmerung del mundo burgués se acerca».

Mientras una minoría lanzaba sus advertencias proféticas, el Conde Alfred von Schlieffen apuraba el diseño de una estrategia que, supuestamente, resolvía la dificultad alemana de luchar en dos frentes (Francia, al oeste; Rusia, al este) y además barajaba una victoria en tiempo récord. Basándose en el movimiento envolvente de Aníbal en la batalla de Cannas, Schlieffen proponía flanquear las defensas francesas a través de Bélgica para atrapar el ejército francés de soslayo. Eliminado el Ejército francés por la vía rápida, el Imperio Alemán se centraría en apoyar a Austria –aliado en cuyas dotes militares nadie parecía tener mucha fe– en su enfrentamiento contra Rusia.

El plan alemán contaba con objetivos por fechas para el desplazamiento de 1,5 millones de soldados. Se preveía que en seis semanas, según un meticuloso calendario, se podría someter a Francia; después, las tropas se dirigirían con rapidez hacia el frente oriental. El plan se fundamentaba en la brevedad, sin estimar los problemas que pudieran surgir sobre el terreno o la dificultad política que conllevaba la invasión de Bélgica. Si este país no caída en pocos días, se corría el riesgo de que Inglaterra y EEUU se plantearan su entrada en la guerra.

El plan Schlieffen, el plan que cayó en las trincheras

Alfred von Schlieffen falleció en Berlín el 4 de enero de 1913, pocos meses antes de ver el desarrollo de su Plan. En el verano de 1914, los líderes del Estado Mayor alemán, Moltke «El joven» –sobrino del legendario general prusiano– y Erich Ludendorff, pusieron en marcha el plan Schlieffen. Como todos los planes trazados en la calidez de un despacho, éste no tardó en estrellarse con la realidad. Aunque el plan estuvo a punto de tener éxito, el retraso en el paso por Bélgica y el complicado esfuerzo de mantener una línea de abastecimiento, saboteada por los restos del ejército belga, hizo imposible la aniquilación de Francia.

Por suerte, o por desgracia para Alemania, el resto de líderes europeos tampoco preveían una larga confrontación. Nadie creía que una guerra moderna pudiera durar más de un año; y tampoco se confiaba en que los frágiles estados pudieran soportar mucho sin entrar en colapso económico. Por tanto el estancamiento del conflicto sorprendió a todos sin un plan de contingencia.

El corazón de Europa se convirtió en una masa informe de trincheras, barro y muertos durante cuatro años; mientras que la guerra que pretendía ganarse en unos meses se convirtió en el conflicto más sangriento hasta entonces conocido, con alrededor de 20 millones de muertos.