El escriror mexicano Juan Rulfo - ABC
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Juan Rulfo, el silenciero

Pese a que solo publicó dos títulos, su influencia no ha dejado de crecer. Ahora se cumplen veinticinco años de su muerte

Madrid Actualizado: Guardar
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En el silencio de la memoria, al pensar en Rulfo, de pronto estalla una sola palabra, una mera onomatopeya: ¡Boom! La reflexión contigua es una imagen: una mezcolanza de escritores que no responden a una estética, ni a una generación, ni menos aún, a una preceptiva escolástica. No, Rulfo no encaja en el renglón de las grandes construcciones histórico-sociológicas de Fuentes o Vargas Llosa, ni en la fantastiquería gigantomáquica de García Márquez, ni en el culteranismo neobarroco de Lezama y Sarduy; no es fatalmente urbano como Borges, Sabato y Onetti, pero tampoco hereda el silvestrismo rural de los regionalistas para aquerenciarlo en sus desérticos panoramas, acaso jaliscienses. ¿Entonces? En sus relatos hay evocaciones de la guerra cristera, pero ¿alguien sería capaz de pescar algún documento de esa postrimería revolucionaria entre los espectros de Comala?

La novela de la revolución mexicana había ya cumplido su ciclo cuando Rulfo mostró los dos títulos de su estricto y olímpico catálogo. En general, aquellos narradores emitieron lo que podríamos llamar voz oficiosa de la revolución, con un balance más bien pesimista, entre Azuela y Martín Luis Guzmán y el temprano Fuentes de La muerte de Artemio Cruz. Todos contaron historias, hileras de episodios conducentes a una conclusión desengañada: la revolución fue un cambio de señoríos. Vasconcelos, en cambio, optó por el arquetipo: la revolución es el retorno de Huichilobos, el dios azteca sediento de sangre, convocador de un pueblo en la altura de la pirámide sacrificial. México debía cumplir, a continuación, el deber de restaurar la legalidad hispana y católica, si fuera posible bajo la conducción del propio Vasconcelos, y si no, aguantar a Obregón.

Ciertamente, en «Pedro Páramo» pueden hallarse elementos míticos

Ciertamente, en Pedro Páramo pueden hallarse elementos míticos: la búsqueda del padre que legitime al sujeto filial y que declare la ley de la comunidad; los muertos que narran la vida evocan al Faulkner de Mientras yo agonizo y a La enterrada, de María Luisa Bombal; el bastardo ejecuta al patriarca, al sembrador de bastardos, como entre los Karamazov. Pero los mitos son historias, responden a una estructura cíclica y por eso guardan una capacidad de repetición. En cambio, la «tal vez novela», como ha sido a veces definida, está tratada con la técnica de un rosario de relatos, tal como los de El llano en llamas. La vida es una acumulación desordenada de momentos, de pedazos, de piezas sueltas. Cada cuenta del rosario es igual a las demás y se pueden sustituir mutuamente. El texto queda en manos del lector como un rompecabezas cuyas figuritas pueden caer al suelo y que se deben reunir conforme el mismo lector sea capaz de hacerlo.

Vendrá Dios

Desde luego, si los muertos cuentan la historia es porque no se resignan a estar muertos. No hay, estrictamente, pasado, y sin él, no hay historia. El desafío de Rulfo es contar una historia posible como texto pero inexistente como tal, o sea, como referencia. Y lo gana, a fuerza de una economía narrativa impecable que convierte la incentidumbre de la fábula en un dechado de estructura.

¿Por qué los muertos de Rulfo siguen haciéndose los vivos y emiten su vocalidad coral en el vacío del texto? No hay, por supuesto, una voz que se imponga ni tampoco un mudo director del coro, dueño de la disciplina. Octavio Paz, con su habitual certeza, dice que este libro describe un Purgatorio. Alguna vez les serán perdonadas a estos pecadores sus faltas. Vendrá Dios y dirá la verdad de lo ocurrido. Pero no hay Dios y los curas que dicen invocarlo son unos falsarios.

¿Es esta una imagen de la condición humana, de esa falla nativa que ninguna Historia Universal puede corregir? En la pregunta reside la universalidad de la literatura rulfiana. Es de tal modo tajante y está resuelta con tanta seguridad formal esa proclama de la incertidumbre antropológica, que sólo el silencio puede epilogarla. En efecto, cuando estalló el estallido a que aludí al principio, hacía más de diez años que Rulfo había dejado de escribir. Podía haber muerto hacia 1955 y su obra estaría en pie como ahora. Voz de ultratumba, parece emitida por uno de sus personajes. Rulfo siguió teniendo hasta 1985 la similar realidad que el Gran Chingón, o Juan Preciado, o Susana San Juan.

Se dedicó a fotografiar sus paisajes familiares, llenos de la oquedad mineral de sus narraciones

Taciturno, escasamente vistoso, dimitente de la palabra, se dedicó a fotografiar sus paisajes familiares, llenos de la oquedad desértica, mineral, ventosa y polvorienta de sus narraciones. De vez en cuando emitía declaraciones políticamente correctas, identificando a la civilización del mal y a los mesianismos del bien. Nunca alcanzaron los límites de su fabulado mundo, metafísicamente pesimista, apenas ablandado por las ternuras de la confesión.

Hay en tantos de sus momentos unos gestos efectivamente confesionales, pero esta gente que se arrepiente de haber hecho algo malo, o de estar por hacerlo, o de creer haberlo hecho, no sabe decir cuál ley ha infringido ni ante qué autoridad legítima admite su culpa. Es como si se hubiera llegado a ese limbo de la pureza culposa donde Paz ve un cuadro purgatorial.

Arriesgo decir que, no obstante estar dislocada, hay una suerte de comunidad rulfiana, que no llega a ser todavía una sociedad por la falta de un código expreso. Al menos, esa gente se declara culpable y busca deber algo a los demás. Demanda perdón o, al menos, compasión. Llegado a este punto, el lector –arriesgo de nuevo– se conmueve y se convierte en semejante de tal población. Soy yo, somos nosotros. Poco importa que hayamos nacido en aquel México de los almanaques revolucionarios. Estamos en el mundo y Rulfo, hosco y reticente, nos ayuda hoy como ayer y mañana, a comprenderlo.