Leopoldo Pomes, durante la presentación de su libro «No era pecado» en Barcelona
Leopoldo Pomes, durante la presentación de su libro «No era pecado» en Barcelona - Marta Arias

Pomés: «Nada es comparable al revelado fotográfico»

El premio Nacional de Fotografía rescata en «No era pecado» las miradas de una vida

BarcelonaActualizado:

Leopoldo Pomés (Barcelona, 1931) cuenta su vida en miradas. «No paro de mirar, es algo innato», confiesa. Su primera mirada con ojo fotográfico es de 1942. A los diez años retrata a sus padres entre viñedos y con un toque de estilismo: «Moví los sarmientos de las cepas para adornar la fotografía, quería dar la imagen de una pareja romántica».

En «No era pecado» (Tusquets en castellano/Edicions 62 en catalán), el premio Nacional de Fotografía de 2018 rinde homenaje a su padre. Aficionado al toreo de Domingo Ortega y Manolete, le enseñó la estética de la simplicidad: «La elegancia es una chica con una sencilla bata atada a la cintura», decía.

Elegancia de Margit Kocsis, melena rubia al viento, sobre un caballo blanco. «Conducía con mi esposa Karin, por Castelldefels cuando de repente, en un cruce, apareció Margit, como colocada por el dios de la belleza. Y, como además de brandy, los Terry también vendían caballos la escogimos para la segunda temporada de la marca», apunta. Con aquel anuncio, el erotismo penetró en los hogares españoles.

Erotismo y hedonismo, motores creativos. «No era pecado» alude a la doctrina del placer que Pomés identificó en su juventud con la culpa: «Sobre todo en la comida, ir al cine y mirar, o sea mirar y comer. Mirar piernas con zapatos altos, escotes y fabulosos maquillajes, decir en casa que me comía el yogur cuando en realidad lo que hacía era comprar churros o que me preparen el mejor pan con tomate y si he de compartirlo, que sea con una mujer».

El Premio Nacional de Fotografía 2018, Leopoldo Pomés, posa junto a su compañera profesional Karin Leiz antes de presentar su libro autobiográfico, «No era pecado»
El Premio Nacional de Fotografía 2018, Leopoldo Pomés, posa junto a su compañera profesional Karin Leiz antes de presentar su libro autobiográfico, «No era pecado» - EFE/ Quique García

La cámara de Pomés «miró» a Nico, musa de Warhol y los Velvet; envolvió de burbujas a Montserrat Caballé, Alejandro Sanz, Gabino Diego, Demi Moore, Estrella Morente, Pierce Brosnan, Gene Kelly y Gwyneth Paltrow, su peor experiencia: «Contemplando vestidos exquisitos con un insultante desprecio».

Del «boom» en Barcelona recuerda a García Márquez: «Le invité a casa y le puse "Esta tarde vi llover" de Armando Manzanero». O Cortázar: «Lo veía como un niño grande, con aquellas manos… Lo senté a una mesa blanca en la que preparé otra máquina cargada. A las seis fotos ya tenía lo que quería. Él tomó la máquina de la mesa y empezó a hacerme fotos».

Y el accidentado encuentro con Picasso. Pomés visita al pintor, junto a Pere Portabella y Modest Cuixart, en su finca de la Costa Azul, La Californie. Cuixart y Portabella le dicen que nada de hacer fotos para no intimidar al genio. «Picasso nos recibió con la mano extendida y entonces pasó lo más inesperado: en el momento en que le tocaba el turno de estrecharle la mano, Cuixart no lo hace, se saca un aparato fotográfico de debajo de la gabardina y comienza a ametrallar fotográficamente a Picasso, mientras este tenía aún la mano extendida. Nunca se lo perdoné».

A sus 88 años Pomés reconoce que cuanto más pasa el tiempo más le gusta mirar. De la mirada surgirá la imagen sobre el papel: «Nada es comparable al revelado fotográfico», concluye.