«La pasión del ánima»

Por Alberto GONZÁLEZ LAPUENTE
Actualizado:

Ciclo de Cámara y Polifonía. Orphénica Lyra. Dir.: J. M. Moreno. Música en la corte de Carlos V. Auditorio Nacional de Música.. 16 de enero.

Del más solemne romance popular «La mañana de San Juan» recogido por Diego Pisador a la más sencilla canción «Niña y viña» incluida en el Cancionero de Palacio, el Renacimiento español visto a través de Orphénica Lyra fluye arropado por el sonido de la vihuela. Es lógico, pues al frente del grupo está José Miguel Moreno algo más que un especialista de ese instrumento cortesano y recreador de todo género de música punteada. De su hacer preciso y virtuosismo dejó testimonio individual en las famosas diferencias sobre «Guárdame las vacas» de Luis de Narváez, en una fantasía de Alonso Mudarra y en alguna recercada de Diego Ortiz, de acuerdo con el rigor de una alternancia instrumental y de una fidelidad al canto a la que contribuyeron los demás miembros del grupo: la articulación dialogante de las voces de la soprano Nuria Rial y el contratenor Jordi Domenech; el flautista Fernando Paz y el violagambista Ventura Rico, descubridor de los afectos más recónditos de Juan del Enzina; también Pedro Estevan quien al cabo de los años se ha demostrado «inventor» de la parte más recóndita de la música antigua española, de ese «ruido» con el que dio forma a una abstracta y extraordinariamente sutil introducción al refinado «Más vale trocar» del salmantino.

Y es que Orphénica Lyra mira a la música del Renacimiento español afanándose por rescatar el valor expresivo de lo hecho para el goce, rebuscando en la suma de sus individualidades y la esencia del procedimiento, contestándose y «contrahaziéndose» con una naturalidad y sencillez que huye de lo que pudiera ser una más rebuscada e imaginaria recreación en el timbre. De ahí que un programa de repertorio como el presentado pueda adolecer por momentos de una unidad superior que ensamble las obras o, incluso sorpren-da por la brusquedad con la que se concluyen algunas, como sucedió en el villancico «Rodrigo Martines» o en el «Dindirindín» del Cancionero de Palacio. Es lo de menos, pues por encima de cualquier consideración el devenir de romances, canciones y fantasías, de la imagen sonora de la época de Carlos V que propuesta, logró reencontrarse con un fin que cuadra con la esencia de aquella música: promover la «pasión del ánima».