Argnes Balsa, Plácido Domingo y Matti Salminen, en un momento del ensayo general de «Parsifal» Ernesto Agudo

«Pársifal» en el Teatro Real, la purga de lo superfluo

Por Alberto GONZÁLEZ LAPUENTE
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Título: «Pársifal», . Wagner. Int.:F. Grundheber (Amfortas), A. Korn (Titurel), M. Salminen (Gurnemanz), P. Domingo (Pársifal), H. Welker (Klingsor), A. Baltsa (Kundry). Coro y Orquesta Sinfónica de Madrid. Coro de niños de la Comunidad de Madrid. Dir. musical: García Navarro. Dir. escena: K. M. Grüber. Esc.: G. Aillaud. Ilum.: V. y K. Lindenberg. Coproducción del Teatro Real y la Royal Opera House. Teatro Real. Fecha: 3 de marzo.

Ha vuelto «Pársifal» a Madrid desde su última puesta en escena en 1921. Puede sonar extraño tan largo olvido pero tras él está el largo período de cierre del coliseo madrileño. En cualquier caso, el dato no deja de ser una anécdota como tantas otras relacionadas con el mundo de la ópera, en el que la estadística lo vincula a su esencia teatral y a la grandeza del espectáculo. También sería una curiosidad sin mayor importancia las casi 150 representaciones de esta obra que dice llevar a espaldas Matti Salminen si no fuera porque tras ellas se encierra un poso de conocimiento y sabiduría wagneriana que ayer apabulló en el Teatro Real. Su voz robusta, el canto casi lineal, sacerdotal e inquietante del cantante finlandés lo convirtieron en el gran triunfador de una noche en la que «Pársifal» encontró una no menos exquisita explicación en el trabajo del escenógrafo Klaus Michael Grüber.

Con el apoyo del escenógrafo Gilles Aillaud, Grüber, ausente en los saludos finales, ha transformado la escena en la visión panorámica de un bosque que quiere ser infinito más allá del corte del manto con el que se achata la embocadura forzando la horizontalidad hacia una continuidad afín al tiempo prolongado. En ella, el hieratismo de Gurne-manz/Salminen incrementa la tensión dominando el espacio y a cuantos le rodean. Quedan como cosa menor los escuderos que le acompañan, como una piltrafa en el suelo el «animal salvaje» de Kundry, parece algo cómico el aspirante a héroe, Parsifal, cubierto por una «gasa» verdosa, y gesticulante más allá del cuadro estático que se contempla. Gurnemanz impone el mensaje pero no acobarda a su rey, Amfortas, de quien Franz Grundheber hace una defensa valiente y dolorosa mientras soporta un brazo rodante que más allá de la frialdad mecánica invoca al fallido empeño humano cuyo esfuerzo creador representan sus hombres armados y motorizados.

No es menos digno el trabajo de iluminación de Vera y Konrad Lindeberg capaces de crear una impresión contemplativa y una penumbra «sagrada» allí donde la imagen del «último ágape del amor» se convierte en la evocación de la «Santa cena»; donde el ambiente se idealiza con el diálogo espacial entre el robusto coro de la escena y las voces desde lo alto (megafonía) refinándose técnicamente hasta provocar un efecto evanescente. Incluso cuando la luz descubre la visión del castillo de Klingsor, trasunto de una posible Atlantia imaginaria, ciudad sumergida cuya belleza sublime se realza por la luz azulada y el color fosforescente que da al lugar una ilusión de vida. Y es que el maligno Klingsor de Hartmut Welker completa el mejor trío de un reparto, tal vez cuarteto si incorporamos el correcto Titurel de Artur Korn, cuya materialidad llega de la mano de Agnes Baltsa y Plácido Domingo empeñados en dar consistencia al hechizo y la seducción, en hacer tangible con su esfuerzo vocal lo misterioso. De ahí que el dúo del segundo acto sirva al momento más obvio de la representación tras el jugueteo ingenuo y poco seductor de Parsifal con unas muchachas flor más creíbles por su disposición en el jardín, que mágicamente y sorprendentemente se ha descubierto desde el interior del castillo, que por la exquisitez de su canto. A unos y otros, se les cuida desde el foso, pues se ve en García Navarro una pretensión de servicio a la escena y un elaborado trabajo de narración musical. También a la Orquesta Sinfónica de Madrid cuidadosa para no trascender a las voces y ejemplo de trabajo meticuloso.

Pero aún la acusada perspectiva del tercer acto permite una vuelta a la infinitud, a la pradera por donde Pársifal se pasea como desconcertado. Es allí donde Domingo saca su timbre más heroico y brillante, donde aparece el cadáver de Titurel trasladado en levitación esperando que un telón separe al «rey» Pársifal de su mundo, le deje solo y parezca transportarle a un cielo imaginario. El éxtasis orquestal final, el epílogo que García Navarro dirige con buena retórica y tensión, llevaron a la evocación final renovando la tensa quietud del espectáculo. Algo cercano a esa «belleza como purga de lo superfluo» que pretendió Miguel Ángel.