En la «Valkiria» las voces impusieron su dominio sobre la escenografía
En la «Valkiria» las voces impusieron su dominio sobre la escenografía - EFE

Plácido Domingo ingresa en el purgatorio de Bayreuth

Debutar en el templo wagneriano por excelencia, acostumbrado a los directores más avezados en las óperas del compositor exclusivo de la casa, no es tarea fácil

BayreuthActualizado:

Plácido Domingo ha debutado como primer director español en Bayreuth, con permiso de Daniel Barenboim y su pasaporte, ademas de convertirse en el único intérprete que tras consolidarse como cantante wagneriano ha sido capaz de descender al foso. De lo que allí ha sucedido dan cuenta la cinco horas de representación de «Die Walküre» tras las cuales, a telón bajado, Domingo asomaba en el proscenio. El veredicto de un teatro exigente y especialista se dividió de inmediato entre las protestas de muchos y los aplausos de algunos menos. Domingo aguantó la reprimenda aunque rápidamente fue arropado por todo el reparto que a partir de ese momento repitió la salidas en grupo mientras le felicitaban abiertamente por el esfuerzo realizado. Ellos saben mejor que nadie lo que supone actuar en Bayreuth y someterse a las exigencias de una tradición que acumula bajo su estructura de madera más de 150 años de experiencia wagneriana.

Es muy probable que la temperatura dentro del teatro superara los 40 grados. En días como este, cualquier espectador medianamente sensato encontrará absurda la falta de are acondicionado ademas de la dureza de los incomodos asientos sin apoyabrazos. Pero en Bayreuth el margen de negociación es estrecho frente los más conspicuos defensores de un misterio que se conjuga a partir del momento mágico en el que se apagan las luces, se cierran las puertas con llave y casi asoma un resplandor desde la profundidad del «foso místico». El martes sonó el preludio de «Die Walküre» y apenas un apunte de sombra sobre el telón, sutilmente borroso, dibujaba el gesto de un director que afrontaba la obra con nervio, radical, llevando la música a extremos expresivos. La excepcionalidad de lo que se proponía era evidente pues Domingo ha afrontado la dirección musical en Bayreuth a los setenta y siete años, estrenándose también en el repertorio wagneriano. «Die Walküre» es una de las obras más asequibles del canon de Bayreuth ademas de la segunda ópera de la tetralogía, en esta ocasión desgajada del conjunto por primera vez en Bayreuth.

Aún así, siempre hay que fabricar un sonido, caracterizar los «leitmotiven», aventurar el nervio de tantas figuras musicales que dan réplica al escenario y elevar el tono del discurso hasta crear un formidable y extenso arco cuya tensión ha de alcanzar la exquisitez del «fuego mágico». Es muy difícil afrontar esta música con madurez y sentido, algo que en el caso de Domingo se ha balanceado hacia el segundo término. Hay que creer que las circunstancias ambientales también han operado en contra de la versión, a veces demasiado temerosa ante los cantantes, particularmente en algún momento culminante. Por ejemplo el dúo de Siegmund y Sieglinde que con más arrebato que encanto cantaron Stephen Goulkd y Anja Kampe, ambos vehementes, algo rudo el primero, abierta de voz la segunda. O el monólogo de Wotan que con una categoría suprema cantó John Lundgren.

Domingo se aclimató despacio a las singulares características acústicas del teatro Bayreuth, según se evidenció en el primer acto. Se recuperó en el segundo y aún en el tercero, aunque asomara la mella del esfuerzo. La buena traza del reparto se consolidó con la contundente e irreprochable Fricka de Marina Prudenskaya, la expedita Brünnhilde de Catherine Foster y la seriedad de Tobias Kehner ante Hunting. Para estas representaciones excepcionales de «Die Walküre» se ha recuperado la producción de Frank Castorf que traslada la atemporal acción del Anillo al contexto de la sociedad capitalista dominada por el petróleo. En el caso de la primera jornada dilucidándose un pozo en Bakú, Azerbaiyán, a principios del siglo XX, asunto que en su día escandalizó sobremanera y hoy parece que se digiere por el público con mejor talante.

También porque el protagonismo de la sesión recaía sobre Plácido Domingo quien ya tiene asegurada su presencia en lo que Christian Thielemann, director musical del festival, llama la «galería de los criminales». El frío pasillo de unos veinte metros de largo, escasa altura, paredes de un tosco revestimiento da entrada el espacio escénico. En ambos lados están colgados los retratos de los directores que alguna vez han actuado en Bayreuth, el símbolo de una poder capaz de configurar su fisonomía musical. La mirada inquisidora es inevitable para quien lo atraviesa, tanto la de aquellos que triunfaron como de los muchos que, dice Thielemann, tropezaron con la piedra wagneriana. Algunos nombres llamaran la atención: por ejemplo, Karajan, Schippers, Zender, Elder, Sawallisch tras varios años de éxito y hasta Georg Solti primer director de una tetralogía discográfica. Unos y otros salieron escaldados de este teatro. A Domingo todavía le quedan dos funciones para dilucidar su posición futura.