ABC  Homenaje al general Mangada celebrado el 21 de septiembre de 1936 en el Teatro Calderón de Madrid. En el centro, agachado, aparece un casi niño Fati, bailaor de la dinastía de los Pelaos. En la fila central, de izquierda a derecha, el segundo es Manolo Caracol. A su lado asoma el guitarrista Pepe de Badajoz. Siguen la Niña de los Peines, el entonces pianista -y, en el futuro, matador de toros- Rafael Albaicín, Pastora Imperio, Argentinita, Agustina Escudero (modelo de Zuloaga y madre de los Albaicín), la actriz Catalina Bárcena, el bailaor Miguel Albaicín y Pilar López. En la cúspide de la pirámide, con gafas, el general Julio Mangada, responsable de la defensa de Madrid

La otra Generación del 27

Son dispuestos para el posado -aunque ellos no le vieran- por Ignacio Sánchez Mejías, algunos de los cantaores, toreros, bailaores y bailarines del 27, una generación mucho más que literaria y que días antes había perdido a Lorca

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POR JOAQUÍN ALBAICÍN

No hablan los anales, y quizá deberían, de la otra Generación del 27. Se menciona, sí, al Lorca compositor al piano, más a título anecdótico, sobreentendiendo fruto del puro amateurismo esa faceta musical suya -que se presupone subordinada a la poética- y obviando sus aleteos a busca de la miel del duende entre bailaores y bailarinas diestros en el manejo de flámula y capote o toreros que, como Cuco, Rafael Albaicín o Sánchez Mejías -mucho más que mero mecenas del parnaso en cuestión-, escribían también partituras, dramas y poemas de personal cosecha... Silencio extraño, pues. ¿Es que no está Aleixandre en la muleta del Domingo Ortega conferenciante... y viceversa? ¿O Alberti en las sevillanas de Argentinita? Incluso, ¿cómo entender a Mario Cabré si no como acabado producto veintisietista perdido en el tiempo?

Casi me caigo de espaldas, la otra tarde, al encontrarme cara a cara, en uno de los clasificadores menos visitados del archivo gráfico de ABC, nada menos que con el que bien podría ser el retrato de grupo de ese 27 no oficial. «Echa un vistazo», me había sugerido Santiago Castelo, no por casualidad bardo: «Hay una carpeta con fotos de festivales que se celebraron en la guerra y en las que seguro que puedes reconocer a gente...» ¡Vaya si pude! Yo a ellos y ellos, desde el otro lado del negativo, a mí.

El nexo: Sánchez Mejías

Cada foto alberga en su trastienda varias historias, veladas a menudo por las sonrisas de los rostros en ella impresionados y cuya continuidad -sutil o no- no se ve afectada por la desaparición física de éstos. En rigor, lo primero que, en una foto, resalta a la vista, raramente es lo esencial, lo en verdad hechizante para el objetivo de la cámara. Así, ésta -sobre la que durante su sueño de setenta años en el archivo no se ha posado una sola mota de polvo- es, en realidad, no otra cosa que... un retrato de cuerpo entero de Ignacio Sánchez Mejías, auténtico nexo último -al margen de los de sangre- entre los principales personajes encuadrados por el retratista, y que, dos años después de su muerte en Manzanares, parece haber sido quien dispuso a todos -«Tú aquí, Encarna. Tú allí, Miguel...»- para el posado.

Ésta -la dirección artística post mortem de Sánchez Mejías- es una de las historias subyacentes entre bambalinas de la foto. Mas no se trata de la única. Como cuando se abre una muñeca rusa, hay otra. Y es una trama de destinos cruzados, por cuanto varios de los retratados estaban -sin aún saberlo- destinados a vincularse por lazos familiares a no mucho tardar.

Y hay todavía una tercera historia: la de la alegría aparente de los artistas, que encubre sus esperanzas de fuga de un Madrid sitiado y cacheado cada noche por la Brigada del Amanecer, los Linces de la República y otras cuadrillas de ejecutores que habían ya amenazado de muerte a Joaquín Turina y asesinado de un disparo en la nuca, en la Puerta del Sol y a plena luz del día, a Rodero, el fotógrafo taurino de la calle del Príncipe. Quedaba apenas un mes para que dieran el «paseo» a Ramiro de Maeztu y dos para que acabaran con el comediógrafo Muñoz Seca. Y tres sólo para que mataran también vilmente a Valencia II, a quien no sirvió de nada torear en Alicante a beneficio del Frente Popular sólo un día antes de ser tomada esta foto... Sé por boca de mi tío Miguel, pareja artística por aquel entonces de Argentinita, en cuántos festivales a favor de «la causa» hubo de participar. ¿Cómo decir no? La otra opción era ser fusilado «por fascista».

El único que realmente tenía allí algo que festejar era el hombre con gafas que preside la foto y, paradójicamente, ostenta casi el único semblante grave del grupo: Julio Mangada, bastión de la defensa de Madrid, artífice de la estabilización del frente de Somosierra, ascendido por ello al generalato y a quien los artistas fueron «invitados» a tributar el homenaje al término del cual se impresionó esta fotografía, en el Teatro Calderón, el 21 de septiembre de 1936.

De la Argentinita a Manolo Caracol

Me cuesta trabajo, es la verdad, ahogar la emoción al repasar los rostros perlados de sudor y contorneados por el breve maquillaje que bastaba a esas facciones angulosas y rotundas para no empalidecer a la luz de los focos. Fijémonos en la fila principal del grupo e imaginemos nada más que lo irrepetible del cartel. Fragmentos de «El amor brujo», de Falla y «Las calles de Cádiz», de Ignacio Sánchez Mejías. Al baile: Pastora Imperio, Argentinita, Pilar López y Miguel Albaicín. Al cante: la Niña de los Peines y Caracol, padre e hijo. Al piano: Rafael Albaicín, matador de toros.

Porque el segundo por la izquierda es, sí, purito entre el anular y el índice, nada menos que Manolo Caracol, cuya hija, tiempo al cabo, contraería nupcias con el pianista Arturo Pavón, sobrino precisamente de la mujer que luce collar a su lado: la Niña de los Peines, Reina de Saba del cante gitano para quien Federico se inventara sus lorqueñas y que hizo a Joselito El Gallo, en vísperas de Talavera, peinarse con los peines de sus aires por tangos. Entre ambos, asoma la nariz el guitarrista flamenco Pepe de Badajoz. A continuación de la Niña, en una de las escasas fotos conocidas en que puede vérsele sonreír abiertamente, está mi abuelo: Rafael Albaicín. A sus diecisiete años, aún Zuloaga no le había pintado, ni había granado tampoco su vocación taurina. Daba por entonces los primeros pasos de su después frustrada carrera de pianista... Y tenía alguna razón más que el resto de los artistas del programa para encontrarse allí.

¿Cuál? Hacía poco que habían ido a buscar a su casa, para matarlo, a su amigo Armando Moreno, falangista y, luego, actor reputado que se casaría con Nuria Espert. Al no hallarle en su domicilio, los mastines obligaron a la familia a identificar y dar las señas de cuantos aparecieran con él en alguna foto, por inocente que esta fuera, para que ocuparan el lugar del que se les había escurrido de entre las manos. Entre ellos, mi abuelo...

...Junto a quien sonríe Pastora Imperio. Sonada fue en su día su boda con Rafael El Gallo, primo hermano del padre de Caracol. Su hija se había unido en matrimonio algo antes de la guerra a otro torero, Rafael Vega de los Reyes «Gitanillo de Triana», testigo en el futuro de la alternativa de mi abuelo y compañero suyo y de Cagancho en tantas tardes... La sigue Argentinita, el gran amor de Ignacio Sánchez Mejías -cuñado a su vez de los Gallos- y gran dama de la danza de aquel tiempo. A su lado, semioculto el rostro, la madre de mi abuelo: mi bisabuela Agustina, viva en los lienzos de Zuloaga, Anselmo Nieto, Benedito y Sorolla. A continuación, la actriz Catalina Bárcena, que esa noche había puesto en escena junto a Miguel Ligero una pieza de Arniches.

En el umbral de la muerte

Al lado de ella, mi tío, hermano de mi abuelo: Miguel Albaicín, pareja de baile -ya lo hemos dicho- de Argentinita y su hermana Pilar. Había logrado evitar su envío al frente gracias a su dominio del francés e inglés y a los buenos contactos de Pompoff y Teddy, que le recomendaron como intérprete al Ministerio de la Guerra. En virtud de aquel providencial enchufe, había salvado la vida mi abuelo días atrás. Un funcionario alertó a mi tío de que en la lista de los que en cierta checa iban a «pasear» esa noche figuraba uno con sus mismos apellidos: García Escudero. Gracias a aquel aviso pudo por los pelos y a costa de mucha porfía, sacar a su hermano del umbral de la muerte. La noche en que fue disparada la foto que motiva estas líneas, el filo de la guillotina pendía aún sobre la cabeza de Rafael... Y siguió pendiendo hasta el día en que Rojo entregó Madrid.

A la izquierda de mi tío, flor en lo alto, dos brazos para la historia del baile: Pilar López. Arriba del todo, pañuelo al cuello y con una mano de Mangada reposando en su hombro, juraría que está el guitarrista Víctor Rojas, hermano de Pastora Imperio. Ambos dieron a mi tía abuela, María D´Albaicin, su primer papel importante: en la primera versión de «El amor brujo», estrenada en 1915 en el Lara por Martínez Sierra. Y, abajo del todo, al pie mismo de la foto, un niño de atezado semblante y unos once años de edad: Fati, primo de mi abuelo y, después, prominente bailaor, puntal de la célebre dinastía de los Pelaos.

Son, en fin, dispuestos para el posado -aunque ellos no le vieran- por Ignacio Sánchez Mejías, algunos de los cantaores, toreros, bailaores y bailarines del 27, una generación mucho más que literaria y que días antes había perdido a Lorca en Fuente Grande, víctima del plomo de las bestias pardas del otro bando en una madrugada de regodeo e impiedad. Sólo Argentinita y Pilar conseguirían consumar, vía Orán, la anhelada evasión del Madrid cercado. Ninguno de los demás faranduleros de la foto se libró de casi tres años de miedo y privaciones.

Mas la contienda llegó a su fin un día, y la Cibeles fue rescatada de la prisión en que había sido confinada. A mi abuelo le esperaban su boda, los pinceles de Zuloaga, los ruedos y el cine. A mi tío, los escenarios de América. A Caracol, interminables giras, el Lazo de Isabel la Católica, su mítico tablao Los Canasteros y muchas juergas con Cagancho, Gitanillo de Triana y Curro Romero. A la Niña de los Peines, su reino sevillano de La Campana y un homenaje nacional en Córdoba. A Pastora, la que volviera loca a toda una generación de intelectuales y artistas, el retiro apacible... y presentar a Manolete a Lupe Sino. A Argentinita, el prestigio renovado hasta su pronta muerte en 1945. A Pilar López, una dilatada carrera, el montaje de Café de Chinitas con Dalí en Nueva York y el magisterio vertido sobre Mario Maya, Gades, El Güito... A Mangada, finalmente, el exilio.

Los descendientes

Los descendientes de los artistas gitanos de esta foto -Ortega, García, Escudero, Pavón, Vega...- coincidirían en los veraneos en San Rafael en los 50 y en los escenarios flamencos de los 60 en adelante. En cuanto a los hijos de éstos, seguimos a día de hoy cuidando la amistad y el cariño heredados en este Madrid que, apagadas las hogueras del odio, nuestros abuelos y bisabuelos contribuyeron a reconstruir y hacer más respirable con su arte. Nos vemos en Las Ventas cuando torean Aparicio, Antón Cortés, Manuel Amador o Javier Conde... Por ejemplo. En alguna que otra juerga memorable de las que todavía surgen. En Cardamomo o Casa Patas, al conjuro de las guitarras de Jerónimo Maya o Tomatito, o del cante de Ramón El Portugués...

Y nos vemos y reconocemos, sobre todo, reflejados en las pupilas de un tiempo que se fue y en las auras -que sí perviven- de quienes, de nuestra sangre, un día lo habitaron.