Fernando García de Cortázar firmó ayer en la Feria del Libro. Chema Barroso

Un once de gala analiza, desde la Feria del Libro, las relaciones entre literatura y fútbol

El planeta Tierra es un balón redondo. Todo el mundo habla del Mundial y al escritor no le es ajeno. Ayer elegimos un once de gala en la Feria del Libro para que analizara las relaciones o recelos entre el músculo y el intelecto. La conclusión, unánime: el libro no tiene celos del balón. Rueda el balón.

ANTONIO ASTORGA
Actualizado:

MADRID. Cuando Argentina ganó «su» Mundial, en 1978, alguien le informó al maestro Borges: «Don Jorge Luis, le hemos ganado a Holanda». El autor de «El aleph» saltó como un resorte y espetó: «¿Cómo? ¡Pero si yo no quiero ganarle a Erasmo!». ¿Hay recelos entre el fútbol y el creador? ¿Hace flexiones el pensamiento mientras el bíceps piensa? Antonio Mingote, que ayer firmaba y dibujaba ejemplares de obras como «Historia de la gente» o «Un hombre solo» en la caseta de Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, reconoce que el fútbol merece la admiración de muchos intelectuales: «Tengo una penosa limitación: no consigo entusiasmarme con él, pero no me aburre». Dice que sigue el Mundial y confía en que España continúe con «esa maravillosa manía de ganar por 3-1».

Churchill y el Arsenal

Alfonso Ussía explica que en el intelectual que rechaza el fútbol hay cierto complejo de inferioridad y espíritu «snob». Nos cuenta que Churchill, -«mejor escritor que casi todos los que estamos ahí»- era un hincha apasionado del Arsenal londinense y cuando su equipo perdía, limitaba las audiencias para no caer en las groserías. «El Papa, que es bastante más inteligente que todos los que le atacan, cuando juega Polonia difícilmente celebra audiencia». P. G. Woodehouse, uno de los más grandes escritores y humoristas de la época posvictoriana (el humor inglés aún está en el posvictorianismo, dice Ussía) era un forofo absoluto del Fulham -equipo que entrena ahora Tigana, quien, junto a Giresse, Platini y Fernández, integró una línea medular mítica de la selección francesa- y un día que su once cayó, Woodehouse se inventó a uno de sus grandes personajes, «el más odiado». Carpe diem.

Mario Vargas Llosa firmaba ejemplares como Raúl autógrafos: «A mí me gusta mucho el fútbol, pero no a todos los intelectuales les gusta -nos confiesa, mientras le perseguimos a la carrera por el Retiro y se fotografía con sus seguidores-lectores-. Me encanta la literatura y también paso muy buen rato viendo partidos de fútbol, pero algunos lo ven como algo incompatible». ¿Quién ganará el Mundial, don Mario?: «La cosa puede estar entre España, Inglaterra, Francia...» El ávido lector le susurra: «Maestro, Francia va a hacer las maletas». El autor asiente: «Sí, es verdad, está muy golpeada».

Fernando García de Cortázar sostiene que el fútbol es una representación de España y, como tal, se debe sentir: «Yo me identifico plenamente con nuestros colores futbolísticos». Añade que el balompié es uno de los grandes fenómenos sociales de nuestra época y épica, pero le encantaría que cuando suene el himno nacional se escuchara con máximo respeto y con la mano al corazón.

Dice Fernando Vizcaíno Casas que el intelectual mira con el rabillo del ojo al fútbol: «No hay más que recordar la Oda de Rafael Alberti al húngaro Platko que, a pesar de ser portero del Barcelona, era muy bueno. O Wenceslao Fernández Flórez, que hizo inolvidables y memorables crónicas en «De portería a portería», magnífico libro editado por Prensa Española». Manuel Vázquez Montalbán descree de la desconfianza balón/libro: «Cuando yo era joven no se confesaban las veleidades futbolísticas, pero ahora, desde que Javier Marías ha declarado que es partidario del Real Madrid y yo del Barcelona, ese problema está ya resuelto». ¿Una final del Mundial? «Ganará Senegal, yo creo», asegura. Juan José Millás, premio Mariano de Cavia, advierte que el Mundial y él viven en una dimensión distinta: «Hay muchísimos escritores fascinados por el fútbol, pero a mí no me interesa. Mire, no sé lo que son los octavos de final, aunque suena bien».

Cuando el fútbol se hace épica

Javier Marías, fastidiado por la patética difusión del Mundial en España -único país donde no se retransmiten todos los partidos-, subraya que la vieja idea de que al escritor no debería interesarle el fútbol, porque era un fenómeno de masas, ha pasado ya de moda: «Cada vez hay menos vergüenza». Le pasamos la pelota a Antonio Lobo Antunes, que confiesa no haber seguido las desventuras del Portugal de Figo, humillado por EE.UU.: «A mí los futbolistas me parecen once mercenarios. Me entusiasma el ciclismo, los esforzados de la ruta y el fútbol no me inquieta». Divorciado también de la pasión futbolera se confiesa Pere Gimferrer, que acude al homenaje a Eduardo Mendoza: «¿Qué tiene que ver el fútbol con esto? No me interesa nada, aunque hay muchos escritores a los que le apasiona». Antonio Gala concluye que no hay ninguna desconfianza entre el intelectual y el deporte: «El deportista sí tiene cierta desconfianza en el intelectual, porque el intelectual normalmente se porta mal, se ha portado mal en la historia y ha quedado como un tonto, pero nada más». Fin del partido.