Henri Cartier-Bresson, capturado antes de realizar una fotografía con su inseparable Leica II

Los ojos del siglo XX se cerraron

JUAN PEDRO QUIÑONERO/
Actualizado:

Henri Cartier-Bresson había abandonado la fotografía hace treinta y cuatro años. Pero era una leyenda desde mucho tiempo atrás. Había sido un testigo excepcional de las grandes convulsiones históricas del siglo XX. Había fijado un canon estético, entre el «instante decisivo» inmortalizado por la cámara y el gran arte universal. Había contribuido a echar los jalones de una norma ética para los oficios y las artes de la imagen.

Cartier-Bresson nació en Chanteloup en 1908, en el seno de una familia burguesa. Pero se educó en París, en el Liceo Condorcet. Siendo adolescente, soñó con ser pintor, en la estela de los postimpresionistas. Niño y adolescente delicado, frágil, soñador, descubrió accidentalmente la fotografía, que muy pronto lo alejó de su vocación original, el dibujo, la pintura.

Cartier-Bresson nunca fue surrealista, pero frecuentó los ambientes parisinos donde proliferaron todos los grandes «ismos» llamados a revolucionar la historia del arte: cubismo, dadaísmo, surrealismo le fascinan y le convencen de que, en definitiva, la suya no sería una carrera de dibujante y pintor, cuando la pintura se precipitaba en unos abismos vertiginosos.

Una ruta sin retorno

Equipado con una Leica II desde 1933, Cartier-Bresson había tomado una ruta sin retorno. Ser testigo y dejar huella imborrable de los cataclismos que debían cambiar la historia de nuestra civilización. A caballo entre el testimonio, el documento y el reportaje de urgencia, sus imágenes de España, antes, durante y después de la guerra civil, lo confirman como un gran maestro. Sus imágenes de un burdel alicantino, una ciudad desierta, unos niños jugando al balón en una plaza ocupada por la guardia civil, unos milicianos anarcosindicalistas, establecen definitivamente la norma estética del «instante decisivo»: la fotografía fija los contornos de un acontecimiento, una figura, un instante singular, sometido al tratamiento estético del gran arte.

Entre los fotógrafos de genio que cubren la guerra civil española, Cartier-Bresson está entre los primeros que teorizan y se imponen la norma ética y estética que deberá revolucionar la historia de su oficio y su arte. Las imágenes de Robert Capa, en el frente de Aragón y en Normandía, son sin duda capitales. Pero Capa sentía horror por el aspecto «artístico» de su arte, excepcional. En el caso de Cartier-Bresson, el artesano se impone la disciplina de los maestros del arte universal, que está cambiando de rumbo.

Tras la guerra civil española, Cartier-Bresson volvió a encontrarse con sus viejos amigos de la CNT y la FAI, en el París recién liberado por la Compañía número 9 de la División Leclerc, integrada por un centenar de españoles, que fueron los primeros soldados aliados que entraron en París todavía ocupado, anunciando la insurrección popular y la liberación de la capital. Las imágenes de Cartier-Bresson de la Liberación e inmediata posguerra son documentos excepcionales. En España, en los EE.UU. y en México, durante los años treinta, el fotógrafo había aprendido una técnica, reflexionado sobre su oficio y echado los cimientos de su propia ética artística. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, el antiguo joven burgués descubre los horrores de los campos de concentración nazis, donde estuvo prisionero.

Esa ya larga experiencia de la historia del arte (como testigo de la gigantesca eclosión de las vanguardias), el advenimiento de una nueva disciplina artística (como reportero gráfico) y el drama histórico (como prisionero en un campo de concentración), lo habían pertrechado para lanzarse a la gran aventura de una carrera meteórica. Entre los años cuarenta, cincuenta y sesenta del siglo XX, Cartier-Bresson fotografía la Rusia soviética, la liberación de Europa, la independencia de la India, la emergencia del Tercer Mundo, la eclosión de los movimientos de liberación. Y viaja por Birmania, Canadá, Cuba, México, China, Pakistán, Indonesia, la URSS. Se trata de una aventura decisiva para la historia de la fotografía.

Artesano magistral, Cartier-Bresson se había fijado unos cánones éticos y estéticos excepcionales. En su caso, la utilización de un objetivo de 50 mm. forma parte de una disciplina artística. Su recurso sistemático al blanco y negro es indisociable del arte de la composición. Su noción del «instante decisivo» es una norma ética capital: el gran arte está reñido con las argucias técnicas y el maquillaje visual. Cartier-Bresson ya había entrado en la historia del arte.

En 1947, el maestro se asocia a Capa, Saymour y Rodger para fundar la Agencia Magnum, que una parte tan sustancial ocupa en la historia del reconocimiento social del oficio de fotógrafo internacional. Cartier-Bresson ya había tratado y fotografiado a Picasso, Braque, Matisse o André Breton. A partir de los años 50 del siglo pasado contribuirá a crear una suerte de nobleza cosmopolita del arte fotográfico.

En 1970, Cartier-Bresson dio un nuevo rumbo a su vida. Abandona la fotografía, contrae matrimonio con otra fotógrafa excepcional, Martine Frank, y se consagra a su vocación original, el dibujo. Su muerte es una página de duelo para la historia de la fotografía. La Bibliteca Nacional anuncia un homenaje internacional de urgencia. El suyo es un legado majestuoso, en tiempos de crisis de todos los valores.