Los ojos del cine están en los barrios

Los ojos del cine están en los barrios

El cine se vive estos días de una manera muy especial en los barrios de Cartagena de Indias. Sobre todo en los más deprimidos, donde por una vez desaparecen los estratos. Es el Cine en los Barrios, la fiesta social de los más desfavorecidos.

INÉS MARTÍN RODRIGO I CARTAGENA DE INDIAS
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Hay pocas cosas más estremecedoras que observar la cara de un niño que lleva la tristeza grabada a fuego en sus ojos. Su rostro se muestra revelador ante la brutal realidad que le rodea y cuando te fijas en él, cuando reparas en que nunca se le encendió el brillo de la alegría en sus retinas, te das cuenta de que la vida casi siempre sigue la estructura de un dramático guión.

Es ésta la sensación que desprenden todos los niños que van al Colegio Pablo VI 2º, ubicado en uno de los barrios más pobres y deprimidos de Cartagena de Indias. En una febril esquizofrenia de clases sociales, esta bella ciudad del caribe colombiano se estructura alrededor de seis estratos, de menor a mayor capacidad social (de manera que los que ocupan los escalones más bajos tienen que pagar menos impuestos y a la inversa), y los escolares de este colegio pertenecen al estrato uno. Es decir, pobreza absoluta.

Pobreza material, no crean. Porque en espíritu y enseñanza estos niños son en estos días más ricos que cualquiera de sus compañeros de generación, que no de posición social. Y es que el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias acerca el cine, su joya cultural más preciada (es increíble lo que se venera al séptimo arte en esta ciudad) a los barrios más humildes. Gracias a la desinteresada labor de la coordinadora de Cine en los Barrios, Ángela Bueno, ésta es la 15ª edición en la que se lleva a cabo esta solidaria iniciativa que, como dice la propia Ángela, “es posible porque en el cine no existen los estratos”.

Muchos de los niños que hoy tienen la oportunidad de disfrutar delante de una pantalla no saben lo que es ir al cine y mancharse la camiseta con la mantequilla de las palomitas. Es más, ni tan siquiera han tenido opción de traspasar las fronteras que les separan de la gran urbe, cruzar las murallas y conocer el rico corazón de su ciudad natal (natal al menos según su carné de identidad). Pero hoy el sueño se ha hecho realidad y gracias a Cine en Los Barrios se convierten por fin en los protagonistas del cuento de hadas que siempre escucharon a lo lejos.

Protagonistas del cuento de hadas

Un cuento de hadas que se desarrolla en escenarios tan peculiares como este colegio (a él asisten 354 niños de edades comprendidas entre los 6 y los 10 años), otras escuelas oficiales, barrios, plazas... Cualquier rincón (son un total de 150 escenarios) en el que se pueda colocar una pantalla portátil y hacer funcionar el mágico cinematógrafo, como aquí lo llaman. En este caso Teresa, María Lucía o Gustavo miran extasiados las imágenes de un corto rodado por niños como ellos, habitantes del marginal barrio de Caño del Oro. Mientras tanto la directora del colegio (ahora “coordinadora”, como ella misma puntualiza), una robusta mujer con 39 años de docencia a sus espaldas llamada Raquel, intenta poner algo de orden en el desvencijado patio, poco acostumbrado a tan rutilantes visitas.

Después del corto verán una película de animación titulada “El cóndor”, de procedencia peruana y que por las azarosas manos de las distribuidoras aún no se ha estrenado en Colombia. Como el protagonista de la cinta, muchos de los niños que hoy se sientan en el suelo de la escuela sueñan con volar lejos de su destino, escapar de las garras de la pobreza y, por qué no, convertirse en cineastas tan comprometidos y queridos como el colombiano Harold Trompetero, cuya película “El Man” fue la encargada de inaugurar este año Cine en los Barrios. El problema es que, como el pequeño cóndor de la película, los niños de esta escuela no tienen alas y si las desarrollan terminarán cortadas por la crueldad del sistema.

Aunque para evitarlo están iniciativas como ésta, con la implicación no sólo de los profesionales del cine (son muchos los directores que nada más llegar al festival piden que les hagan partícipes de Cine en los Barrios), sino de la propia comunidad educativa que recibe formación especializada para atender las necesidades cinematográficas de sus alumnos (algunos hacen preguntas que bien enriquecerían muchas ruedas de prensa).

Pero como todo en esta vida, la película también tiene su final y es entonces cuando el rostro de los niños regresa a la cruda realidad y recupera el poso de nostalgia. Vuelves a mirarlos y sientes tu cuerpo, una vez más, estremecerse. Sólo te queda la esperanza de que alguien se atreva a escribir un guión mejor para ellos. Un largo guión (aquí no sirven los cortometrajes) cuyo final aún no está escrito.