Pilar de Valderrama, en su puesta de largo
Pilar de Valderrama, en su puesta de largo - ABC

Nieves Herrero novela la vida de Guiomar, amante de Machado

La periodista rastrea en «Esos días azules» el amor del poeta y Pilar Valderrama

MadridActualizado:

Guiomar tiene nombre y apellidos. No es fruto de la talento inventivo del poeta, Antonio Machado, que perdió pronto a la que fue su única mujer a los tres años de matrimonio. Es el resultado de un romance que mantuvo a escondidas con Pilar de Valderrama Alday, mujer que en sus años de matrimonio con el ingeniero Rafael Martínez Romarate no dejó de frecuentar el Lyceum Club de Madrid por sus inquietudes intelectuales y las amistades provechosas. Allí hizo migas con Victoria Kent, María de Maeztu, fundadora del club en el 26 del siglo pasado, y un largo etcétera.

Así, al menos, lo recoge la periodista Nieves Herrero en su última novela, «Esos Días Azules», en la que recupera la historia de amor entre el poeta Antonio Machado y la dramaturga Pilar de Valderrama, que en el ocaso de su vida confesó el secreto que le persiguió durante toda su existencia y que nunca consiguieron arrancar a Machado: era Guiomar, musa y amante del poeta sevillano. Fue su nieta, Alicia Viladomat, la que confió a Nieves Herrero la historia de Pilar de Valderrama al crédito de un puñado de manuscritos que le prestó merced a su manía de conservar todo lo que custodiaba de su abuela, y el motor que le renovó las ganas de escribir una novela sobre el autor de «Campos de Castilla». «Hasta el encuentro con su nieta, yo pensaba que Guiomar era una invención de Machado», confiesa Herrero.

El romance furtivo entre los dos protagonistas se remonta a principios de junio de 1928, cuando una Pilar despechada, por la aventura de su marido «con una chica 20 años más joven que acaba suicidándose», en palabras de Herrero, se escapa a Segovia para sobrellevar el duelo amoroso. Una amiga en común, de la estirpe actoral de los Calvo, precipita una cita con Machado en la que este último incluso llega a perder el habla —valga la paradoja—. A partir de ese momento, «inician una relación espistolar y personal», que se reduce a sus paseos por el Jardín de la Fuente (Moncloa) y los encuentros en un café de Cuatro Caminos, «barrio obrero por aquella época», revela Herrero, para burlar las posibles miradas incriminatorias de los parientes o conocidos de Pilar, que hacían vida en el centro. Éste era el lugar de ocio y recreo de la aristocracia española por aquellas fechas.

Romance espistolar

Para los amantes, «Tristán e Isolda», del compositor Wagner, es el espejo en el que mirarse para explicar los inconvenientes de su romance, una unión que pocas veces lo fue carnal y muchas otras espistolar. Uno, viudo y republicano declarado. Otra, desposada, monárquica y católica ferviente. Su ejemplo contraría la animosidad de las dos Españas irreconciliables de posguerra de la que aún hoy —paralelismos aparte— perduran los rescoldos. «En ellos las dos Españas se reconcilian», aventura la periodista.

Años más tarde, llegó la Guerra Civil y con ésta, el distanciamiento prematuro y el fin de la relación. Pilar de Valderrama, que nunca abandonó a su marido, emigró con él a Portugal por su condición de monárquicos al tiempo que Antonio Machado tomaba tierra en Colliure (Francia) en calidad de exiliado. Machado moriría en febrero del 39. En su gabán —gabardina— se olvidó un papel con dos versos que escribió en su última visita al mar de Francia: «Estos días azules / y este sol de la infancia». Para Nieves Herrero, «esos días azules son los que Pilar pasó junto a Machado por El Jardín de la Fuente».