Música para la paz

Por RAMÓN MARÍA SERRERA
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Éste del Teatro de la Maestranza era el concierto más esperado de los tres que programaba en España Daniel Barenboim al frente la joven orquesta del Eastern West Divan después de tres semanas de trabajo de la joven plantilla en la localidad sevillana de Pilas. Patrocinado por el Gobierno Andaluz a través de la Dirección General de Fomento y Promoción Cultural de la Consejería de Cultura, y con el auspicio de la Fundación Tres Culturas, se reunían ochenta jóvenes músicos israelíes, palestinos, de otros países árabes y quince españoles (doce de ellos andaluces) para demostrar que, por encima de conflictos y de confrontaciones bélicas en Oriente Próximo entre judíos y palestinos, la paz es posible. «Esto -expresó Barenboim antes de comenzar la segunda parte refiriéndose a la joven orquesta- es una prueba de que es posible vivir en paz y armonía por encima de fronteras étnicas, políticas y religiosas».

Quedó deslumbrado el público que llenó hasta la bandera el Teatro de la Maestranza con la actuación de Barenboim y su internacional plantilla. Fue un concierto marcado por la emoción y por la extraordinaria calidad musical de la orquesta. Desde los primeros compases de la «Obertura Leonora» nº 3 (de ópera de tema sevillano, no lo olvidemos) pudimos advertir que aquel sonido parecía provenir de una sólida orquesta profesional de contrastada categoría. Equilibrio entre las distintas secciones orquestales, favorecido por la original disposición espacial de las familias de instrumentos de cuerda; aquilatadísimo ajuste de la dinámica en la matización de cada frase; impecable prestación de los distintos atriles solistas y armonioso fundido del flujo sonoro en un «todo» orquestal, que llegaba claro, limpio y diáfano al espectador. La impronta de Barenboim, la sonoridad de la casa, ya familiar entre los aficionados, se percibía con claridad.

La «Quinta Sinfonía» de Beethoven, la gran metáfora musical de la libertad humana en su lucha contra el destino, fue expuesta con escalofriante perfección y gran fuerza expresiva, marcada por la robustez, densidad y contundencia del sonido, muy bien cohesionado y trabado, en la que se subrayaron y matizaron hasta lo indecible los acentuados contrastes dinámicos de la partitura en cada inflexión y en cada frase.

La primera parte nos había reservado como original novedad, por infrecuentemente programado, el «Concierto para tres pianos» KV.242 del joven Mozart (entonces también veinteañero). Curiosamente, Barenboim, aparte de dirigir, se sentó en el tercer piano, cuyo cometido se limita a reforzar armónicamente el discurso, y reservó el mayor protagonismo y lucimiento de los dos primeros teclados a los jóvenes pianistas Saleem Abboud Ashkar (palestino) y Shai Wosner (judío), espléndidos sin reservas en una partitura aparentemente sin grandes complejidades contrapuntísticas, es cierto, pero que requiere seguridad, acople y sincronía entre los tres teclados. Y ello, con una orquesta que sonó, arropando a los solistas, plena de fragancia y naturalidad mozartianas.

El público se entregó con calor e infrecuente entusiasmo al final del concierto, tributando a director y orquesta una de las ovaciones más sentidas que recuerda este comentarista. En respuesta, Barenboim anunció dos propinas de lujo: el ensoñador interludio de «Rosamunda» de Schubert, que le permitió exhibir la dulzura, el empaste y las suavidad de sus secciones de cuerda, y la popular Obertura de «El Barbero de...?». A Barenboim parece que se le olvidó el nombre de la ciudad de Fígaro. Fue un guiño simpático a pocos metros del Guadalquivir.