Música española exportada

Por José Luis GARCÍA DEL BUSTO
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Vengo de asistir en Múnich, al estreno allí de dos «Danzas sinfónicas» de José Luis Turina, orquestación —magistral, por cierto— de páginas para conjunto instrumental contenidas en su espectáculo «La raya en el agua». La composición era presentada en el concierto sinfónico anual que el madrileño Carlos Domínguez-Nieto promueve y dirige a una orquesta de jóvenes y espléndidos músicos agrupados bajo la denominación de Concierto München. Las «Danzas» de Turina fueron magníficamente interpretadas y muy aplaudidas por el abundante público muniqués congregado. Lo mismo había sucedido el pasado año con un estreno de Jesús Rueda.

En los últimos años he presenciado y contado en estas páginas éxitos muy grandes del propio Rueda en Amsterdam, de Palomo en Berlín, de Luis de Pablo en Bruselas y en Estrasburgo, de López López también en Estrasburgo, de Halffter en Dresde... Naturalmente, los brillantes resultados obtenidos por nuestra música en sus correrías europeas no me han sorprendido. Muchas veces he dicho que para que una música guste a un público abierto, basta con que ésta sea buena y esté bien interpretada. Nada menos, pero también nada más: repárese en que bastantes intérpretes, gestores de orquestas y promotores de conciertos piensan que también es necesario que la obra sea de determinada orientación estética. Ellos deciden lo que le puede o le debe gustar al público y hasta, si viene al caso, culpan al pobre público de que les obliga a programar siempre lo mismo. Quizás, antes de programar hacen un científico referéndum y yo no me entero.

Por mi parte, no pienso renunciar a cantar las glorias de los Albéniz, Turina, Falla y Rodrigo, pero aspiro a que nuestras embajadas musicales al exterior —especialmente las giras de nuestras orquestas— no insistan en que la música española «es» la de esos autores, como si en ellos hubiera empezado y acabado. Convendría plantearse seriamente lo de comenzar a presentar con naturalidad, con criterio, con rigor, con convicción la otra música española, la de la España de hoy, que es la nuestra. Y si la cosa es que la música española actual no gusta a quienes programan, díganlo. Pero, por favor, abandonen de una vez los cerros de Úbeda y dejen en paz al público, no proyecten en él sus propios fantasmas. El público, primero, no es idiota y, segundo, sabe defenderse sólo.