Día Mundial del Teatro

Adolfo MARSILLACH
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Pasado mañana se celebra el Día Mundial del Teatro y, para esta ocasión, el dramaturgo griego Iakovos Kampanellis ha escrito un optimista mensaje que se inicia con estas palabras: «Creo que el teatro nunca dejará de existir. Pienso, aunque esto pueda sonar paradójico, que este arte antiguo es también un arte para el futuro». ¿Opino yo lo mismo? Sí, sin duda. Y sin embargo... ¿Nuestra creencia se basa en datos objetivos o es, sobre todo, una afirmación de fe y de esperanza? ¿Quiénes somos nosotros para asegurar que la sociedad futura seguirá conservando esa hermosa ceremonia de ver y escuchar a una persona sobre un escenario? Tal vez sea imaginable una humanidad sin espectáculo, pero, ¿tenemos razones para asegurar que el Teatro nunca será sustituido? Hay síntomas alarmantes. Cada vez con mayor frecuencia la imagen intenta ocupar el espacio anteriormente reservado a la palabra. Se observa una lastimosa resistencia del público a pensar. No le echemos la culpa sólo a la televisión. Aceptemos que entre los espectadores y nosotros se ha producido una brecha difícil de cubrir. No quisiera utilizar el vocablo crisis porque el Teatro siempre ha estado en crisis, pero a veces parece como si ya no tuviéramos algo que contar. Ciertamente jamás fuimos mayoritarios —excepto con los griegos, los isabelinos y los españoles del Siglo de Oro— y nuestro oficio pertenece a una apasionante y fecunda artesanía. Tal evidencia no debería desanimarnos. Al contrario. Afortunadamente, no somos ni siquiera una industria. Somos grandes porque podemos conmover desde una escena diminuta y vacía. Es inútil echarle un pulso al cine o a los concursantes de «El gran hermano» o a los partidos de fútbol. No nos vamos a morir por estas cosas. Nos vamos a morir —si es que nos morimos— por falta de amor. Estoy harto de intérpretes que sólo piensan en enriquecerse utilizando una mal entendida popularidad; de directores —inclúyanme, por favor— dedicados a construir tenazmente el ridículo edificio de su fastuosa soberbia; de críticos ceñudos con vocación de maestros de parvulario; de políticos ilustrados que no van al Teatro porque lo consideran aburrido y, en cambio, se sienten en la obligación social de dormirse en el hombro de sus señoras durante las representaciones de ópera; de jóvenes literatos que nos ignoran o desprecian; de empresarios que confunden la cultura con la taquilla; y, por encima de todo, estoy harto de mí que escribo artículos que de nada sirven y, sin embargo, continúo escribiéndolos. Lo he dicho antes: sólo el amor nos salvará. Entre estar enamorado y ser subvencionado, elijo lo primero. Sólo así construiremos ese futuro que anticipa el bueno de Iakovos Kampanellis.