La muerte del teatro

Adolfo MARSILLACH
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Resulta fastidioso y bastante ofensivo advertir la agresividad con la que algunos de nuestros intelectuales tratan al teatro. Como si su propia existencia les irritara. Lo acaba de denunciar —a propósito de un artículo escrito por Javier Marías bajo el sabroso título de «Por qué detesto el teatro»— valientemente Vicente Molina Foix diciendo que el teatro «es la víctima favorita de los agoreros. Qué ganas de matarlo a toda costa». Sí, qué afán de enterrarlo y calcinarlo. ¡Qué vesánico deseo de acabar con Eurípides, con Shakespeare, con Calderón, con Goldoni, con Molière, con Schiller, con Ibsen, con Pirandello, con Strindberg y hasta con O´Neill, Albee, Pinter y Buero Vallejo, si pilla de paso! Aunque, eso sí, todos bien publicados, encuadernados y numerados en las bibliotecas, lejos del enrarecido —e inverosímil— aire de los escenarios. Según mi amigo Molina Foix, el señor Marías (don Javier) ha confesado: «Me molesta que los decorados se noten tanto, que las puertas se perciban tan falsas, que cuando se abre un grifo no siempre salga agua». Pero, bueno, ¿desde cuándo no pisa un patio de butacas nuestro insigne novelista y cuál es la última obra teatral que ha visto? Hace muchos años que los decorados «que se notan tanto» han sido sustituidos por espacios que sugieren pero que no explican y en los que las puertas no son verdaderas ni falsas porque todo depende del significado que adquieran durante la representación. (¿O es que la puerta del infierno no es creíble porque no suena a madera?). En cuanto a los grifos sin agua, ¿de veras mi respetado escritor va al cine a admirar la fontanería de los cuartos de baño que salen en pantalla? Que de una cañería salga agua, es una consecuencia obvia, pero que brote una serpentina de colores en la que los intérpretes se laven las manos, ésa es una imagen poética que sólo algunos desmandados como Buñuel o Cocteau podrían haber sido capaces de incorporar a sus películas. Tal vez por ahí vayan las diferencias entre el cine y el teatro. Desde este punto de vista, el teatro ha superado los límites del realismo para instalarse en el mágico mundo de lo imaginario. Escribo esta columna sin acritud, aunque con algún dolor. Ciertamente, los profesionales —y los aficionados— de la escena hemos hecho muchas tonterías y sometido a los espectadores al sopor de nuestras «moderneces». Bien caro lo hemos pagado. Pero no generalicemos. También hemos inventado espectáculos maravillosos y no es justo que don Javier Marías nos ahogue con su desprecio. Como escribe Vicente Molina Foix: «El teatro me parece hoy un humilde pero fortalecido refugio de veracidad a la medida del confuso hombre futuro».