Muere Manuel Fernández Álvarez, el césar y el hombre de la Historia de España

ANTONIO ASTORGA
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Manuel Fernández Álvarez, el césar y el hombre de la Historia de España, vivía para cuidar de Marichún, su esposa, enferma, y escribía como un titán para evadirse de la angustia que le cercaba. En una Salamanca de plateresco y frío, cada mañana se le veía a don Manuel caminar a esa catedral del dolor que es una residencia de alzhéimer. En casa, Marichún se le moría a jirones, y él no quería que padeciera. Una caricia, un beso, unos buenos días y el huir del dolor que es ese edificio del sufrir. Él estaba completamente seguro de que ella percibía su trabajo. Ella quería estar a su lado, acariciarle, y ver cómo escribía. A él siempre le quedó la eterna duda de tenerla allí, por eso no faltaba ni un día para arroparla.

Marichún le ayudó a volver a nacer en marzo de 2002, cuando el historiador que quiso ser novelista combatió la sombra de la muerte, apretando sus dientes y aguantando, apoyado por sus hijas María y Susana, y por su gran amor, su guía, su ángel de la guarda. Marichún le tendió su mano en silencio dulcemente sonriendo. Don Manuel venció a dos infartos. Una mañana en la que tenía que ir a conferenciar a la «Ponti» [la Pontificia de Salamanca], él mismo avisó a urgencias: «Soy un hombre ya mayor, que me encuentro fatal. No quisiera exagerarle, pero me da la impresión como si me hubiera tragado un felpudo». Bajó por su propio pie y se posó en la camilla de la ambulancia. Cuando despertó en la UVI se vio con un puño amenazador sobre su pecho. Allí sintió como si su espíritu levitara: «Mi cuerpo seguía en la cama de la UVI, pero yo lo veía todo desde arriba, flotando». Desde las alturas todo le parecía indiferente. Refugiado en la casa familiar, otro día fue en taxi al Hospital de la Santísima Trinidad. De allí, al Clínico, y a la mesa de operaciones. Él firmó el consentimiento. Quería ser el responsable máximo. «¿Cómo iba a dejarle esa papeleta a mis hijas? Si algo hubiera salido mal, lo llorarían toda la vida». Nadie daba un duro por él. Pero resistió. Al despertar, con el cuerpo tan magullado como si hubiera sido corneado por un toro salvaje, habían pasado más de siete horas. Ayer la muerte le embistió a traición.

A él, nacido en Madrid en 1921, que de barbilampiño era un revolucionario sempiterno y ansió tanto la libertad que la hizo estallar en el movimiento universitario de los años 70. A él, que perdió en la incivil guerra a uno de sus seres más queridos, su hermano mayor, Enrique. Perdonó pero con reservas, porque a los verdugos no se les perdona.

Decíamos ayer... que no, que no fue una parte de España la única enloquecida. Fue toda España. Algo que hace llorar sólo de pensarlo. Y entonces, don Manuel miró la última hoja de su Diario y la notó rugosa y emborronada, como si alguien hubiera llorado sobre ella hace mucho tiempo. «Dolor y lágrimas: esa es la verdadera historia de la Guerra Civil española, la verdadera historia de una España inmolada en una espantosa y terrible hoguera». Por ello advertía del peligro de recuperar sólo una memoria histórica: «Los represaliados por Franco y por la República. Jamás la Historia se debe utilizar como arma arrojadiza».

Éxito tardío en España

Como abominó de las camarillas franquistas que se repartían la piel del oso de la educación, a Fernández Álvarez no le dieron la cátedra de Historia Moderna (número 1) hasta 1965 en Salamanca, ya reconocido en Europa. Cuando detenían a uno de sus alumnos, era de los pocos profesores que arriesgaba el cuello por ir a verlo a prisión enfrentándose a grises, azules o rojos, a todo el arco iris del poder tardofranquista. Humilde, se definía como «el triste personaje del humorista que decía que no hay cosa más triste que un escritor sin lectores». En la época de Franco, don Manuel escribió un artículo en el que defendía una postura socialista y se publicó porque no llegó a pasar por la censura: «No me leía nadie». Cuando trabajaba en la figura de Felipe II un colega, sin haber leído una línea de su trabajo, le preguntó si era carca. ¿Dónde están los que le llamaban carca? y dónde él, césar y hombre de la Historia. «¡Qué le vamos a hacer. Yo era un típico carca que seguía la tesis de los carcas!», ironizaba.

Ninguneado en su patria -perdió unas oposiciones frente al protegido de Vicens-Vives-, sus méritos no se reconocen hasta 1985, con el premio Nacional de Historia, y dos años después entra en la Academia de la Historia (RAH). Entonces, el césar y el hombre del Siglo de Oro habría de recordar el día que su padre le consiguió una beca para estudiar Medicina. «Pero yo, padre, no quiero ser médico, quiero estudiar letras». El progenitor se horrorizó, pero le dejó libertad para estudiar Historia en Valladolid.

Era un sabio de otro siglo. En su conspicuo peregrinar por la Historia de España de los últimos 500 años, don Manuel peregrinó a Yuste en busca de los pasos perdidos del Emperador Carlos V (siete días y siete noches); se encerró en El Escorial (con Felipe II), desempolvó los archivos de Simancas y Tordesillas (por Juana la Loca); reveló que Isabel y no Fernando el Católico apoyó a Colón. Arrojó nueva luz sobre Garcilaso, Cervantes, Lope, Quevedo...

Cuando don Manuel vio por primera vez a Marichún en silla de ruedas le causó una gran impresión, y luego regresando a su casa se decía: «¡Bueno, Manolo, piensa que por lo menos no sufre dolores. En fin, qué manera de dejarme llevar porque la estampa no puede ser más dolorosa». Hoy Marichún tendrá su beso: le llegará desde el cielo.