Ana María Martín Gaite, en la presentación del libro de su hermana «Cuadernos de todo»
Ana María Martín Gaite, en la presentación del libro de su hermana «Cuadernos de todo» - ABC

Ana María Martín Gaite, una mujer libre en tiempos oscuros

La hermana de la escritora Carmen Martin Gaite ha fallecido a los 95 años en el hospital de Villalba (Madrid)

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Ha muerto con 95 años, pero en su siempre extraordinaria conversación uno no le habría echado más de treinta. Era la memoria de un tiempo vivido a cada instante y era la energía, la fuerza, el ánimo y la voluntad de seguir hacia adelante, porque, además, no hay otra baza que jugar. Tras la muerte de Carmen en 2000 todo su empeño fue que por la obra de la autora de «Caperucita en Manhattan», no pasara el tiempo jamás y se dedicó a cuidar, editar, conservar y mimar el legado de su queridísima hermana.

Como bien contó en más de una ocasión, tuvo presente para ello estas palabras de Carmen, ya enferma: «Hay que tener cuidado con los papeles que quedan y con el “pelirrojo de Ohio” (refiriéndose al anónimo hispanista) y que no entren a saco y se publiquen cosas que el autor no quería», sobre todo, la correspondencia.

Así, Ana María, separó las cartas más personales, con su padre, con su marido Rafael Sánchez Ferlosio y con su hija Marta (fallecida a la edad de 29 años). Le dedicó más de ocho años a ordenar y documentar las carpetas y escritos. La atención, el rigor, el cuidado, la extrema sensibilidad y el buen sentido hicieron de ese Archivo uno de los más completos y formidables de la Generación de 1950.

Valga una sola anécdota, del centón que uno podría contar aquí, para destacar ese lugar de Ana María. Cuando su cuñado Sánchez Ferlosio tomaba notas para escribir «El Jarama», fue Ana María, que ya entonces conducía, algo poco habitual en la triste España de entonces, quien le llevaba los domingos a orillas del río madrileño para que, entre el gentío que allí iba a pasar el día, anotara dichos y expresiones que después aparecerían en su ya clásica novela. Y Ana María, cuando quien esto escribe le preguntó qué hacía mientras, me contestó, con su maravilloso desparpajo castellano, de una llaneza desconcertante, qué iba a hacer, oír la radio del coche, un Citroën al que llamaban «Pato».

Salmantina, estudió, o comenzó, el Bachillerato en el Instituto Escuela de Madrid en 1935. Esto le supondría que, tras la Guerra Civil, le fuera prohibido cursar estudios universitarios. No se arrugó. Menuda era.

Funcionaria de la ONU, organismo del que afirmó en una excelente entrevista de Miguel Ángel Domínguez en 24 Horas de RNE: «Naciones Unidas nunca ha resuelto nada». Creó la Fundación para el Estudio de los Escritores de la Generación del 50 que presidía y allí acudía a cada seminario y congreso, que organizaba hasta anteayer junto a Miguel Anoz.

No, no tenía 95 años, si uno la escuchaba hablar con ese vigor, esa inteligencia y esa ironía, sí, de verdad, ni treinta años la echaba. Una mujer libre, en tiempos oscuros; singular, brillante, cariñosa, cercana, hizo de la maravillosa casa familiar de El Boalo su lugar en el mundo.