Esteban Vicente, en Bridgehampton, en el verano de 1985. Rameshwar Das

Muere a los 97 años el pintor Esteban Vicente, último exponente de la Escuela de Nueva York

Esteban Vicente, figura destacada del expresionismo abstracto, murió a las seis y veinte de la tarde del miércoles con la misma elegancia con la que vivió. El día 20 cumpliría 98 años y hace una semana terminó sus dos últimos collages. Rodeado de los suyos, sin luchar contra la muerte, oyendo música clásica y en su casa de Bridgehampton, adonde llegó en 1936 para quedarse, Vicente se apagó de viejo.

NUEVA YORK. Alfonso Armada, corresponsal
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Ingresado en un hospital hace diez días, fue devuelto a casa porque no padecía ninguna enfermedad y porque quería morir entre su gente. A su casa de verano de Long Island fueron a despedirle su galerista de los últimos 15 años, Elvira González, y la directora del museo Esteban Vicente de Segovia, Ana Martínez de Aguilar, que ayer, en uno de esos días de luminoso invierno neyorquino, que con tanta sutil exactitud supo recrear este pintor abstracto enamorado del realismo, evocaban los últimos instantes del artista con emoción por la muerte, pero sin sombra de dramatismo o de amargura: «Ha sido todo muy sereno. Elegante hasta en la forma de morirse».

«A MIS SOLEDADES VOY»

Esteban Vicente se ha muerto literalmente entre dos exposiciones. Ayer por la tarde, con la presencia de su viuda, Harriet, a quien ha dedicado sus dos últimos collages llenos de color, se inauguró en la New York School of Drawing, Painting and Sculpture, donde fue profesor de pintura desde 1964, una colección de diez grabados acompañados de diez poemas de sus escritores favoritos: Góngora, Lope de Vega, Garcilaso de la Vega, Cervantes… con un título que resultó toda una premonición: «A mis soledades voy, de mis soledades vengo». La muestra tiene su origen en el regalo en forma de libro que para su 96 cumpleaños le preparó Elvira González. El próximo 9 de febrero se inaugura en el Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente de Segovia, «El color es la luz», donde no sólo tendrán cobijo los últimos cuadros y «collages» que este pintor incansable elaboró entre 1999 y 2000, sino la publicación de los escritos de toda una vida, depositados en el museo y en gran medida inéditos, en los que Vicente destiló su sabiduría de la pintura, su certeza de que «el color tiene una cualidad, que es la luz» y que lo que la pintura busca y a veces logra es «convertir el color en luz».

Precisamente en Segovia serán depositadas finalmente sus cenizas porque, como recordó ayer Ana Martínez de Aguilar, cuando vio emocionado el jardín del museo creado en 1998, dijo: «Cómo me gustaría descansar aquí». El museo fue la culminación de la recuperación para España de un pintor, nacionalizado estadounidense en 1940 y con una clara postura política antifranquista, que para muchos sólo había sido descubierto tardía y clamorosamente gracias a la formidable antológica que el Reina Sofía le dedicó en 1998. Porque fue en Estados Unidos donde desarrolló una carrera de la máxima exigencia, junto a sus amigos pintores de la Escuela de Nueva York de la envergadura de Willem de Kooning (el 21 de marzo de 1997 escribió el propio Vicente su necrológica para ABC), Franz Kline, Jackson Pollock, Mark Rothko o Barnett Newmann.

ORGULLOSO, DISTINGUIDO Y CÁLIDO

El fotógrafo Arnold Newman, cuyo estudio lindaba con el de Vicente, recibió ayer como un puñetazo en el estómago la noticia que le proporcionó este periódico. Vicente había posado para un fotógrafo que supo reflejar el gesto y la mirada de artistas como Picasso o Mondrian y que al hablar del pintor segoviano empleó tres adjetivos, «orgulloso, distinguido, cálido», y lamentó que «no tuviera el reconocimiento en Estados Unidos que un artista de su talla se merece». Para otro fotógrafo, el sefardí Víctor Laredo, que lo trató menos, «Esteban Vicente encarnaba el espíritu de los conquistadores españoles: áspero y duro». Su galerista, que considera un privilegio haber tenido la oportunidad de trabajar con alguien «que sabía perfectamente lo que quería y cómo lograrlo», la fama de difícil que ante algunos tenía Vicente se debía a su falta de paciencia con la tontería: «Era intransigente con la estupidez».

Segovia también se conmocionó ayer con la noticia del fallecimiento del pintor segoviano, según informa Cristina Rosado, y con el deseo de Vicente de que sus cenizas reposen en el jardín de su museo. A él llegarán lo antes posible y se depositarán en un acto discreto e íntimo, pues la viuda del pintor no quiere realizar ningún servicio religioso: «Creía en Dios, pero no era un hombre religioso. Para ser una buena persona no se necesita ir a una sinagoga o a una catedral. Y no pediré misas».