Los misterios de Rowling, las gafas rotas de Woody Allen y el «Señor Hache» de Goodall

A. A.
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OVIEDO. «Oviedo es una ciudad deliciosa, exótica, bella, limpia, agradable. Tranquila y peatonalizada... Es como si no perteneciera a este mundo... Oviedo es como un cuento de hadas, con su Príncipe incluido». Woody Allen cautivó hace un año a Vetusta y sus gentes. Comió sus fabes con almejas, bebió su sidra y dejó para la «posteridad» el arroz con leche. El genial hipocondríaco prometió que volvería para filmar. El Ayuntamiento, en agradecimiento, le dedicó una escultura, obra de Vicente Santaura, en la calle de las Milicias Nacionales.

En Vetusta, todos le siguen diciendo «I love you». Las gentes se fotografían junto al bronceado Allen y alaban su buen gusto: «¡Qué majo es este chico! ¡Qué cosas más preciosas dice de nuestra ciudad!», comentaba una de las personas que rinden culto a la estatua del neoyorquino llueva, nieve, haga calor o frío. Un año después, todo el mundo se acuerda de Woody.

Pero ayer estaba triste. Alguien -¿un desalmado?- o algo -¿las inclemencias meteorológicas?- le habían partido el corazón. Woody se miró en los espejos laterales de la calle por la que camina hacia el parque y se dio cuenta de que le faltaba la parte derecha de sus gafas de bronce. Una ciudadana halló un trozo en el suelo y lo entregó a una patrulla de la Policía Local. Se desconoce cómo se produjo el desprendimiento.

Pero Harry aún no está aquí. Su llegada es uno de los secretos mejor guardados de Hogwarts (perdón, de Vetusta). Es la piedra filosofal de esta semana. ¿Estará prisionera en Azkaban? ¿Alguien la habrá encerrado en la Alacena Debajo de la Escalera, Privet Drive, 4, Little Whinging, Surrey y tirado las llaves al río?

Se anuncia que su creadora, J. K. Rowling (Príncipe de Asturias de la Concordia), cuya fortuna supera a la de la Reina de Inglaterra, no va a conceder entrevistas. Desea que se le respete su privacidad. Ella sólo quiere escribir y no va a hacer declaraciones, salvo en la ceremonia de entrega de los premios, mañana, donde pronunciará unas palabras, según ha confirmado la Fundación Príncipe de Asturias. Dejará, eso sí, que los niños se le acerquen.

Recepción para pottermaniacos

Se asegura que recibirá a una delegación de pottermaniacos en una recepción privada, a la que sólo tendrán acceso un puñado de elegidos y, tal vez, un fotógrafo. ¿Y los chicos de la Prensa? ¿Se podrán colar en la fiesta de Harry? Ni en pintura. Tal vez alguien tenga miedo de que aquello se convierta en un mercadillo medieval de intercambio de autógrafos de la señora Potter, cuya firma se cotiza (en Internet) al alza cada vez más: a cuatrocientas libras (esterlinas) la pieza.

Cuando hoy llegue a Oviedo desde el andén nueve y tres cuartos, J. K. Rowling se encontrará con un clima muy parecido al de Hogwarts. La lluvia es muy fina. Tenemos, incluso, campo de «quidditch» (¿por qué no el vetusto estadio del mítico Real Oviedo?), esa especie de fútbol aéreo que se juega montado sobre escobas, del que Potter es también un mago: campeón escolar con la casa Gryffindor. En el «quidditch» hay setecientas formas de cometer una falta, hay golpes de «bludger», «quaffle» y goles que son amores, como el de Potter hacia Hermione. Pero esa es otra historia.

Fascinante, como la de la etóloga Jane Goodall (Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica), primera autoridad mundial en el estudio, protección y salvamento de los chimpancés, que viaja por el mundo amarrada a uno de peluche: «Señor Hache». Se lo regaló un amigo que se quedó ciego y quería aprender la magia, como Potter. «Señor Hache» ha visitado 49 países. Dos millones de personas lo han tocado, «porque da inspiración», dice Goodall, que siembra continuamente semillas de paz, esperanza y libertad con su programa «Roots and shoots» (brotes y retoños).