Medina Azahara: visita al «Ikea de la arqueología»

ABC entra en los talleres, almacenes y laboratorios de la ciudad palatina, que guardan miles de piezas fascinantes

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Cae el sol con furor casi veraniego mientras decenas de turistas se agolpan a las puertas del Centro de Recepción de Visitantes de Medina Azahara. Algunos se protegen con parasoles y otros buscan la sombra de algún arbolillo. Los aparcamientos están atestados a media mañana -es puente en Madrid y eso mueve a miles de personas- y la zona de autobuses ofrece un curioso colorido posmoderno. Hay algarabía, jubilados que se hacen «selfies» con mano experta y un grupo de adolescentes franceses con las hormonas revueltas que bromean entre ellos mientras esperan que les recoja el bus para volver a la ciudad. Todo ello da muestras de la atención que despierta la vieja ciudad palatina, en la que las visitas turísticas se han multiplicado en los últimos años y especialmente después de que la Unesco la declarase en 2018 Patrimonio de la Humanidad.

Contrasta ese ajetreo, sin embargo, con el silencio que se escucha en otra zona no muy lejana y situada en el interior del Centro de Recepción. Concretamente en sus talleres, laboratorios y zonas de restauración, conservación y almacenaje, un espacio del que los turistas pueden ver una parte a través de cristaleras, pero cuya entrada está restringida. ABC solicitó el acceso para realizar un reportaje de estas «entrañas» de Medina Azahara durante un año, pero no ha sido hasta ahora, tras el cambio de Gobierno, cuando se ha logrado la autorización. Y allí, al entrar, lo primero que se descubre es la soledad de unas dependencias espaciosas, modernas y limpias, pero en las que a día de hoy tan sólo trabajan tres personas: el director y arqueólogo Alberto Montejo y dos restauradoras, pues la cuarta plaza que hay en plantilla, de arqueología, está vacante y a la espera de reposición. Un personal escaso para la tremenda tarea investigadora que requiere un yacimiento de estas dimensiones, como certifica el propio Montejo cuando explica que «hacen falta manos y cabezas», en referencia a la necesidad de personal cualificado. Nos acompaña durante el recorrido la nueva delegada de Cultura de la Junta, Cristina Casanueva, que revela que ya se han remitido a la Consejería las necesidades para «desarrollar cuanto antes un plan de choque» que palíe en lo posible la situación que dejó el anterior Gobierno de la Junta y hasta ahora poco conocida.

En silencio y soledad

Montejo ejerce de cicerone durante la visita, aunque pronto se le suman las dos restauradoras, Inmaculada M. Matute y Alejandra del Pino. Ambas, un poco sorprendidas, según cuentan, pues están acostumbradas a trabajar aquí en silencio y soledad, sin interrupciones periodísticas o institucionales. Aún así, contentas ambas de tener cerca a la delegada, a la que le muestran sus preocupaciones por las carencias de personal y de reposición y arreglo de maquinaria. Entusiastas a la hora de contar un trabajo como el suyo, fascinante para cualquiera que le guste la arqueología y en especial el embrujo que emana de las viejas piedras de Medina. Montejo resume que lo que allí se ve es como «un Ikea de la arqueología», en el que se realiza una labor científica «que parece de la serie CSI». Y así es porque, en realidad, aquí hay de todo, para perderse. Nada más entrar, un taller de atauriques con miles de fragmentos dispuestos sobre grandes mesas y que las conservadoras tratan de recomponer en un trabajo que requiere paciencia en grandes dosis. Sus avances están a la vista y ellas muestran con lógico orgullo una celosía que han logrado recomponer en un alto porcentaje y que ahora les ha solicitado para su exposición el Museo de Arte Islámico de Berlín. En total, según explica Montejo, en Medina Azahara puede haber cerca de un millón de fragmentos, muchos aún sin recoger, y lo que aquí se hace es catalogarlos, intentar la recomposición para exponerlos en el museo y, si esto no es posible, almacenarlos con un protocolo exhaustivo.

Resulta curioso ver cómo ha ido evolucionando el sistema de identificación, desde los puntos de colores que utilizó hace décadas el arquitecto Félix Hernández, descubridor del Salón Rico de la ciudad palatina, hasta los mínimos guarismos que se utilizan en la actualidad. También sorprenden los trabajos que están realizando para conocer qué colores tuvieron estas piezas y, en general Medina Azahara, en la que se cree que dominó el pan de oro, el rojo almagra y el azul, bien egipcio, malaquita o lapislázuli. El director del yacimiento cree que ese colorido debió de ser fascinante en su día, aunque quizá resultaría algo kitsch para nuestros ojos contemporáneos.

Pero el taller de atauriques es solamente el primero de los muchos que existen en estas dependencias. Otro está dedicado, por ejemplo, a la cerámica y allí lo que se recomponen son piezas que han aparecido habitualmente en la red de tuberías de plomo, donde se sospecha que los habitantes de Medina echaban las piezas de loza que se les rompían. La conservadora Alejandra del Pino, mientras enseña un recipiente reconstruido y decorado con el típico verde manganeso de Medina, explica que ella y su compañera se alternan entre unas recomposiciones y otras, pues en realidad se trata de puzles que hay que reconstruir y se necesita despejar la mente. Junta a ellas también se puede ver en ocasiones por la zona a una profesora e investigadora externa, con plaza fuera de la capital cordobesa, que está realizando en Medina Azahara, y en colaboración con el Centre National de la Reserche Scientifique de Francia, una reconstrucción de piezas de vidrio. Aquí los fragmentos son aún más pequeños, minúsculos, y la recomposición de una simple copa se convierte en alarde de paciencia.

La zona más espectacular, sin embargo, quizá sea el almacén de piedra y mármol, donde cobra todo su sentido la frase de Montejo sobre el Ikea de la arqueología. Una estancia de techos altos y grandes estanterías, cuya parte superior es visible para el visitante ya que se puede observar desde las pasarelas acristaladas superiores que diseñaron en su día los arquitectos Nieto y Sobejano. Lo que ahí se ven son capíteles magníficos, algunos de ellos casi intactos a pesar del paso de los siglos, y también fustes perfectos.

Sillares labrados y tuberías de plomo de diversas dimensiones. Como elementos exóticos también sobresalen en este espacio los restos de una veintena de sarcófagos de la Corduba romana que han ido apareciendo en Medina y que, según explica Montejo, se reutilizaban para decorar y dan cuenta del valor que allí se le daba a la cultura romana. «La dinastía de los Omeyas procedía de Siria y traía también la influencia del imperio», explica el director de Medina. Llamativo es uno de ellos que en su relieve representa la leyenda de Meleagro canzando el jabalí de Calidón, algo raro en un recinto musulmán, si se tiene en cuenta la aversión al cerdo en la cultura islámica.

Nuevo modelo de gestión

Los hallazgos y las sorpresas no cesan para el paseante curioso en la visita a estas dependencias muy poco conocidas, que disponen también de un laboratorio para el tratamiento químico a gran escala y un taller para piezas metálicas, con las que Medina Azahara alcanzó alta fama. Todo un mundo por el que a diario se pasean muy pocas personas y en el que resuena un silencio similar al que durante siglos reinó en las ruinas de la ciudad palatina. La sensación, una vez se sale de nuevo a la algarabía exterior de los turistas, es que algo aquí esta descompesado entre la divulgación del monumento y la investigación sobre el mismo que la misma Unesco recomienda. Da la sensación de que todos ahí saben que no hace falta sólo un plan de choque, por más necesario que sea en el corto plazo, sino un modelo distinto de gestión y de captación de recursos si se quiere apostar de verdad por recuperar el aroma de la «ciudad brillante» que Medina Azahara fue hace un milenio.