¿Por qué matar a Hamlet?

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El arte gratuito es caro, y más caro cuanto más gratuito, es decir, innecesario. Ha montado un carísimo «Hamlet» el visionario esloveno Tomaz Pandur con un vistoso juego de cortinas que se deslizan por unos infinitos rieles en el formidable peine del Matadero, suerte de tren eléctrico que transforma un espacio digno de Gargantúa convertido en un híbrido de laguna Estigia y Venecia danesa. Es ahí, entre haces, estruendos, desollado de personajes y asesinato de las palabras de Shakespeare donde naufraga estrepitosamente este «Hamlet» tan espectacular como prescindible si no fuera por mi querida y admirada (ex compañera de clase con maestros como Adela Escartín y Pepe Estruch) Blanca Portillo, que no sólo encarna a Hamlet sino que pronuncia su «ser o no ser» en cueros vivos y, jugándosela, sale viva.