Diosas y monstruos

Marilyn Monroe, amargo erotismo

La rubia platino consta de una mitad de fama planetaria y otra mitad de orfandad incurable

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El año de Marilyn lo celebramos hace cuatro tardes, aunque el año de Marilyn es cualquier año, porque no hay otra. Rubias hay muchas, incluso demasiadas, pero Marilyn sólo hay una. Triunfó como si hubiera fracasado, y eso se recoge en biografías numerosas, desde «My story» hacia arriba, o hacia abajo. Guillermo Cabrera Infante estaba seguro de que no había rubia de mejor opulencia, y Groucho Marx la vio bailando sólo para él, en la película «Amor en conserva». Marilyn, biográficamente, viene de un padre al que nunca conoció, y de una madre que frecuentó el psiquiátrico. De modo que estamos ante una huérfana que no pocas veces resultó también una huérfana de sí misma. Fue modelo, antes de actriz, y sobrevivió a las depredaciones de quienes manejaban el negocio de las hembras hermosas. Marilyn consta de una mitad de fama planetaria, y otra mitad de orfandad incurable, y alrededor de esas dos mitades orbitan sus maridos, y florecen películas. Da casi pudor citar algunos de sus trabajos, por sonorísimos, pero aquí van algunos, para deleite nostálgico de iniciados en nuestra rubia, o no tan iniciados: «La tentación vive arriba», «Cómo casarse con un millonario», «Bus stop», «Con faldas y a lo loco».

Logró superar las largas épocas de empleos de figuración, donde exploraban y explotaban su belleza de voltaje, y fue la primera portada de la revista «PlayBoy». Nos referimos a esas fotos históricas del género, sobre un cubrecamas de color rojo, donde Marilyn es un desperezo de joven electricidad exótica. De vez en cuando se publican por ahí desnudos de Marilyn, que suelen presentarse bajo el morbo de lo inédito. Todas las fotos, en rigor, se parecen a las citadas de Play Boy, o bien a otras fotos que firmó el fotógrafo Lawrence Schiller, a quien Marilyn confió su desnudo porque andaba en aquel tiempo de seria rivalidad con Elisabeth Taylor, y quería presentar contienda de popularidad.

Marilyn, en vida, fue una estrella con depresión, y luego ha sido una muerta vitalísima, con todo el pasado por delante, porque sus películas no naufragan, y porque a cada paso sale un jirón de su ajuar en las subastas. Por el vestido imborrable con el que cantó «cumpleaños feliz» a John F. Kennedy se alcanzó una puja de dos millones de euros. Alguna de sus fotos históricas se vendió por más de 25.000 dólares, quizá la más alta cifra pagada por el reportaje de una artista. Marilyn consta de una mitad de amargura, y de una mitad de erotismo. Pudieran acreditarlo sus maridos de naufragio: James Dougherty, Joe di Maggio, y Arthur Miller. Su bestia fue también su gloria, esa estampa de chica de cadera peligrosa y temperatura inocente. Creó escuela de lámina: la rubia platino. Muchas famosas, hoy, viven bajo su magisterio, con máster en peluquería interior, y de la otra. Como la propia Marilyn, que se fue, que no se ha ido.