«La Mancha es ya una palabra imperecedera de la Literatura»

MADRID. A. A.
Actualizado:

«El enigma de la poesía», «La metáfora», «El arte de contar historias», «La música de las palabras y la traducción», «Pensamiento y poesía» y «Credo de poeta» son los títulos que Borges dio a sus conferencias, con las que deslumbró a la audiencia estadounidense recitando en perfecto inglés poemas enteros y páginas completas de obras inmortales, como el Quijote. Borges se refiere a la obra cervantina como uno de los más famosos libros del mundo y lo analiza palabra a palabra. De «hidalgo» sostiene que en aquella época (finales de los años 60) el término poseía una peculiar dignidad por sí misma, pero cuando Cervantes escribió la palabra «hidalgo» significaba «un señor del campo». En lo que respecta al nombre «Quijote», era tenido más bien como una palabra ridícula, como los de muchos de los personajes de Dickens (Pickwick, Twist, Quilp...) Y esgrime que «de la Mancha» —noble en castellano, dixit el maestro— Cervantes lo escribió pretendiendo que sonara como «don Quijote de Kansas City».

EL RETORNO DE LA ÉPICA

Borges se levanta y pide disculpas a cualquier ciudadano de la Mancha que estuviera escuchándole. Todas esas palabras, añadió Borges, han cambiado y han sido ennoblecidas. Antes, ahora y siempre, La Mancha forma parte de las palabras imperecederas de la Literatura. Sobre las metáforas opinaba que estimulan la imaginación, pero añadía que podría sernos concedida la invención de metáforas que no pertenecen a modelos aceptados. Según Borges, el hombre empezó a inventar tramas a fines del siglo XVIII o principios del XIX. Tal vez la empresa partió de Hawthorne y Edgar Allan Poe, aunque siempre hay (y ha habido) precursores. Como señaló Rubén Darío, nadie es el Adán literario. Sin embrago, fue Poe quien legó que un relato debe ser escrito atendiendo al último verso. Ello degeneró en el relato con truco y en los siglos XIX y XX la gente ha inventado toda clase de tramas, que son más ingeniosas que las tramas de la épica. Pero Borges nota en ellas algo artificioso. O mejor, algo trivial. Y pone dos ejemplos: «Jekyll y Hyde» y la película «Psicosis». Puede que la trama de la segunda sea más ingeniosa, pero intuye que hay más detrás de la trama de Stevenson. Y hay algo que siempre perdurará, sostiene Borges. Él no cree que los hombres se cansen nunca de oír y contar historias. Junto al placer de oír historias está el placer adicional de la dignidad del verso. La épica volverá a nosotros (y no se equivocaba).